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13 junio 2007

El poder y la ideología


El viernes 1 de junio, una vez más –por citar sólo ése entre los acontecimientos graves que se vienen dando uno tras otro–, hubo marchas y protestas masivas, esta vez contra las reformas a la Ley del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, que modifican el régimen de pensiones y jubilaciones de los afiliados al ISSSTE. Funcionarios del gobierno, líderes sindicales y legisladores se cierran ante las necesidades populares, se niegan a escuchar, más aún a negociar con los inconformes, y tratan de minimizar la protesta. A la tormenta le llaman brisa del atardecer y creen que con eso se la quitan de encima. Lo real es que el gobierno castiga a la clase trabajadora y la sume cada vez más en la miseria.

Por supuesto, descalifican las manifestaciones y se rasgan las vestiduras ante la audacia de los trabajadores que demandan una vida más plena y más justa. Así hizo Miguel Ángel Yunes, director del ISSSTE. Y así reaccionaron gobierno y PAN. Y Felipe Calderón, desde el buque de guerra Usumacinta, llamó a la unidad: los mexicanos “hemos hecho juntos grandes cosas y queremos hacer otras más... Ante las divisiones internas de los mexicanos, los enemigos de la patria entraban impunemente, como en su casa”, y llamó a la unidad como requisito para defender la soberanía del país. No para sacar de la pobreza por lo menos a la mitad de los mexicanos, a pesar de que buen número de extranjeros acumula y se lleva riquezas del país.

Las marchas y las protestas de los mexicanos que no participan en “las grandes cosas que hemos hecho juntos”, se dieron en el curso de la convocatoria al tercer paro cívico nacional emplazado por la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación), y paralizaron, de entrada, la Ciudad de México. No fueron sólo locales, como dijo Yunes. Se realizaron también en Michoacán, Oaxaca, Jalisco, Guerrero, Zacatecas, Chiapas, Morelos, Aguascalientes, Tlaxcala, Veracruz y Baja California. Hubo bloqueos de carreteras, suspensión de labores, toma de oficinas públicas y casetas de peaje. Todos lo supimos y lo vimos. Y el Ejército, metido en lo que no es lo suyo, ni le corresponde ni sabe hacer.

El poder en México no es sino la aplicación de diversas formas de fuerza para lograr y mantener un dominio económico y político que, además, intenta confundir la unidad de metas con la unanimidad de caminos.

En todos los partidos políticos se da siempre una historia de luchas internas e intensas. De ahí que la unidad de los partidos sea exclusivamente pragmática y que por eso estén siempre en busca, si no en lucha perenne, de una unidad ideológica y de una sumisión política, por el peligro constante de una crisis teórica y de intereses que terminan en división, en rompimientos y en autoritarismos, como está pasando en el PAN, que le puso un imán a su brújula y perdió su misión original y verdadera. O, como pasó con el PRI, que llegó a un anquilosamiento incapaz de proseguir su desarrollo interno, su adaptación ideológica y su significado original. Ni el PRI ni el PAN han aceptado esa realidad con espíritu crítico. La autoridad del gobierno debería apoyarse en el restablecimiento del sentido de nación, pero ni el PAN ni el PRI ni el PRD lo entienden y lo intentan. Y menos aún esos chipotes políticos a los que llaman partidos menores.

De otro modo no llegaremos siquiera a la visión de un nuevo y verdadero orden político y, sobre todo, económico–social, en un México ordenado, en vez de este conglomerado caótico convertido en nota roja, de esta política malsana y autoritaria, de esta economía despiadada que estamos viviendo, gobernados con el Ejército, con la policía y con la Iglesia, en un país mayoritariamente pobre y con un número vergonzoso y despiadado de personas en la miseria. Sólo un nuevo orden justo –económico, político y social– sería alternativa hacia una nación unida y ordenada.

No se tendría entonces que guardar silencio sobre el modo como se quiere reconstruir la nación a partir de una ideología autoritaria que quiere dominarlo todo en favor de poderes económicos que saquean a la nación y que están brutalizando la vida política y económica, despedazando la vida social y arruinando las vidas humanas. México se ha empezado a deslizar por la pendiente del odio. Y no es el Ejército el que nos va a salvar ni el que va a dar respuesta a la pregunta que nos hacemos los mexicanos, en especial los pobres, sobre nuestro hoy y nuestro mañana.

Los dictadores de Europa oriental y de Centro y Sudamérica gobernaron con ayuda de los militares, de la policía y de la Iglesia, pero nunca llegaron adonde imaginaron ir y debieron haber ido. Es necesaria alguna articulación entre el poder, la inteligencia, la sabiduría política, la claridad de metas y la comunicación, para que ideas, rectitud y eficacia conduzcan verdaderamente a la nación.

Sólo si analizamos a fondo los casos particulares podremos descubrir la magnitud del miedo y del odio que las elites le tienen a la democracia. Lo tuvimos frente a nuestros ojos, durante la pasada campaña presidencial, en los esfuerzos que se hicieron para aniquilar a López Obrador. Esos esfuerzos y esas canalladas no fueron dictados por la razón, sino por el odio y el miedo. El más hiriente crimen fue haber destruido la esperanza de los sectores mayoritarios de México –los que tienen pobreza, hambre, desempleo, desnutrición, escasez educativa, salarios raquíticos y nulos horizontes de vida digna–, crimen que se consumó con el fraude electoral, del que fueron parte importante los monopolios de televisión y de radio. El impulso hacia la democracia ha sido un verdadero desastre.

Lo que en México existe hoy es una población desmoralizada y herida, que se va hundiendo cada vez más en la impotencia, en la miseria y en la desesperanza, cuya protesta va creciendo en magnitud, intensidad y fuerza. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar la desesperación. Lo que ha triunfado –sobre todo desde Miguel de la Madrid hasta Calderón, los presidentes neoliberales– es el interés económico y político de las elites nacionales y de los intereses extranjeros. La democracia de hoy consiste en proteger y engrandecer los intereses de una pequeña parte de la ciudadanía mexicana y de ciudadanías extranjeras, sobre todo estadunidense, que gozan de todos los privilegios a costa de los demás.

No pueden hablar más claro las manifestaciones de los trabajadores contra la nueva ley del ISSSTE, a las que sólo responde una sordera calculada y despectiva, que puede ser anuncio de la represión abierta. Esa es la realidad, pero el lenguaje político va por el otro lado, para mecer en la cuna de las promesas y de los engaños la tragedia que vive la mayoría de los mexicanos. No existe el vínculo necesario entre el poder y la comunicación para que sean las ideas y la justicia las que conduzcan a México. El problema con la comunicación en este país es precisamente que no tiene ideas. Sólo tiene, defiende y explota ideologías forradas de mentiras y adecuadas a las ansias de dinero y de poder. Televisa y Televisión Azteca son el paradigma. Y la ley Televisa fue la sublimación del cinismo. Por fortuna, la Suprema Corte puso el freno antes de llegar al precipicio. Vienen a la mente versos del Diluvio de Fuego, de Enrique González Martínez, poeta contemporáneo de Amado Nervo:


Os ofendió la desnudez augusta de la Verdad;
os irritó la casta
blancura de sus miembros;
contra el suelo
rompisteis el espejo de su gracia...
¡E hicisteis el poema triunfal del heroísmo y de la patria!

Fuente de la info:
Enrique Maza, Proceso 1597.

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