A través de su historia, el Estado mexicano se ha caracterizado por su proclividad a mentir, no solamente a sus ciudadanos, sino a las demás naciones y a sí mismo. Tanto los poderes republicanos como los poderes fácticos de los medios y de la élite que gobierna son mentirosos o eufemísticos, cuando se trata de enfrentar la realidad. Los grandes problemas nacionales e internacionales no sólo se ocultan, sino que se distorsionan para que parezcan hechos positivos y no cunda la desesperación y la violencia. Eso produce un efecto narcisista en los líderes políticos, quienes suponen que las décadas de paz posrevolucionaria se atribuyen a su sagacidad para engañar a la mayoría de los incultos y torpes mexicanos.
Pero México no ha sobrevivido en paz por esa reprobable actitud de sus líderes que se sienten superiores, sino porque las circunstancias o el azar han conjurado o diferido los grandes problemas nacionales durante la segunda mitad del Siglo 20 y lo que va del 21. La gran crisis del 68 y el largo periodo de atonía de los años 70 se resolvieron con el descubrimiento de los yacimientos petrolíferos más grandes de la historia, mientras la crisis de liquidez y la devaluación de principios de los 80 se calmó con la pérdida de la soberanía financiera del País y su supeditación -hasta la fecha- al Consenso de Washington.
Salinas resolvió el problema de la deuda con un tratado comercial (TLC) que le impusieron los Estados Unidos, donde acataba todos los términos que permitían que su industria manufacturera contaminante e ineficiente pudiera venir a México con regulaciones laxas en materia laboral, fiscal y ecológica, pero que generaron empleos e hicieron pensar que el País alcanzaría el nivel de las naciones desarrolladas. No obstante, el saqueo inmisericorde de la familia Salinas y amistades volvió a ocasionar otra crisis económica que se extendió hasta el siguiente gobierno de Zedillo. De nuevo surgió la circunstancia afortunada de que Clinton -un individuo carismático e inteligente- fuese el Presidente de los Estados Unidos y presionó a su Congreso para que el departamento del Tesoro le otorgara un préstamo de 34 mil millones de dólares al Gobierno de México y el problema se conjuró.
México no explotó en el sexenio de Fox porque las maquiladoras habían dado empleo a millones de mexicanos, pero cuando éstas emigraron a China y la India surgió de nuevo el desempleo. Por fortuna para México, en el 2003 culminó la invasión de Iraq y los precios del petróleo se quintuplicaron. Con las ventas del petróleo de Cantarell se ocultaron los problemas reales y Fox dilapidó toda esa fortuna circunstancial y efímera en multiplicar la burocracia federal, en frivolidades y en negocios familiares.
En estos primeros nueve meses del Gobierno de Calderón, la diosa fortuna se ha alejado de México y todas las fuentes de divisas de los gobiernos anteriores han desaparecido: hacia fines de este año la balanza de hidrocarburos quedará casi empatada y para el 2011 tendrá un déficit de más de 17 mil millones de dólares. Las remesas de emigrantes son la segunda fuente de divisas y van decayendo al mismo ritmo que se desacelera la economía estadounidense, inmersa en una crisis sin precedentes en el sector de la vivienda, donde se genera el mayor número de empleos para los mexicanos.
No es visible una solución racional a esta crisis ya presente con los torpes proyectos fiscales, ni con los risibles impuestos al lavado de dinero y ni siquiera con los jugosos decomisos del Ejército a la economía criminal. Al Gobierno de Calderón y a la élite que lo patrocina no le queda otro recurso sino mentir y esperar a que venga un ángel salvador.
Alfonso Elizondo | Grupo REFORMA | 08 Sept 2007
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