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19 septiembre 2008

Su amorosa llama

Rosario Ibarra

La conocí hace tiempo. Me la presentaron unos amigos de la cuarta Internacional. Fuimos a un sitio en donde ella daría una conferencia y no he olvidado la calidez de sus palabras, ni su rostro de sonrisa tierna, ni su mirada vivaz, ni la imposición naturalmente fuerte de su presencia. Se llamaba Celia Hart Santamaría.

No la había vuelto a ver; sólo sabía de ella y la recordaba con admiración y cariño y anhelaba encontrarla de nuevo.... El día llegó.

Hace apenas unos meses fui invitada a Cuba, y en La Habana, en el vestíbulo de un enorme auditorio, se acercó con los brazos abiertos a saludar a Edgard Sánchez Ramírez, que me acompañaba, amigo y compañero de tantos años y de tantas luchas por la libertad de los presos y los desaparecidos en México.

Después del efusivo saludo al viejo camarada, me tocó el turno: me alzó en vilo al tiempo que gritaba “¡Rosario, Rosario!”, y en un remolino de efusividad, me puso al tanto de su vida desde nuestro anterior encuentro y siguió después la inagotable lista de preguntas sobre mi vida y lo que había hecho y hacía. Hablaba de prisa, reía de recuerdos con Edgard y de anécdotas de nuestras vidas y luchas, de afanes y desvelos, de dichas y de fracasos...

Pero... hado terrible, siniestro mandato del destino, Celia Hart, ese “huracán militante”, murió en un accidente. el pasado día 7 de este mes en calles de La Habana, junto a su hermano Abel. Al conocer la infausta noticia, brotó en mi mente la imagen de su tío materno, de nombre Abel, que fue torturado y asesinado en 1953 por las hordas de Batista.

Recordé también la figura esplendorosa de su madre, Haydé Santamaría, quien murió en 1980, y a su padre, el revolucionario como todos ellos, que aún vive y a quien tuve el privilegio de saludar en esa mi reciente visita a la admirada isla. ¡Cuánto dolor ha de sentir el viejo y heroico luchador!... ¡Cuánta falta le va a hacer su hija a la que no sólo quería, sino admiraba!...

Vaya para él, desde este modesto espacio, un abrazo fuerte, como creo que quieren dárselo millones de ciudadanos del mundo que admiran su revolución y aman a Celia, por las cataratas de ideas que derramaba, por su fina ironía, por su ternura y su bondad, por su perenne rebeldía, por su amor a los niños de su patria, por su internacionalismo inclaudicable y por muchísimas cosas más que harán que siga encendida esa su amorosa llama.

Dirigente del comité ¡Eureka!

15 abril 2008

¿Y el sindicato...?

Rosario Ibarra
15 de abril de 2008

No hace mucho, en este mismo espacio me hacía otra pregunta: “¿Qué pasa en Cadereyta?”.

Me refería a Cadereyta Jiménez, Nuevo León, municipio cercano a Monterrey, en donde se encuentra una refinería de Pemex y en donde han sucedido hechos muy graves, de los cuales muy poco se han ocupado los medios de comunicación, y mucho menos, las instancias gubernamentales en donde han sido hechas las denuncias, empezando por la Procuraduría General de la República.

Cómo no preguntar qué pasa en Cadereyta, una y otra vez, cuando no hay respuesta del gobierno a las denuncias de los familiares de los trabajadores petroleros desaparedidos desde mayo de 2007.

Tengo ante mí una carpeta con nombres y fotografías de algunas de las víctimas de ese crimen de lesa humanidad que es la desaparición forzada: Víctor Manuel Mendoza Román, edad: 35 años, ocupación: empleado de Pemex, 16 de mayo de 2007. Jorge Alejandro Hernández Faz, edad: 28 años, ocupación: empleado de Pemex, 16 de mayo de 2007. Félix Sánchez Torres, edad: 44 años, jubilado de Pemex, 16 de mayo de 2007. David Sánchez Torres, edad: 33 años, ocupación: empleado de Pemex, 16 de mayo de 2007. David Fernando Vega Zamarripa, edad: 40 años, ocupación: empleado de Pemex y comisionado Nacional del STPRM, 17 de mayo de 2007. Hilario Vega Zamarripa, edad: 47 años, ocupación: empleado de Pemex y secretario general de la Sección 49 del STPRM, 17 de mayo de 2007. Luis Enrique Martínez Martínez, edad: 51 años, jubilado de Pemex, 20 de mayo de 2007. José Luis Zúñiga García, jubilado de Pemex, 20 de mayo de 2007. José Luis Lozano Fernández, edad: 52 años, ex alcalde del municipio, 20 de mayo de 2007...

No sobra decir que no son estos todos los trabajadores petroleros de la refinería de Cadereyta desaparecidos desde 2007; son muchos otros más... y es aquí cuando nace con fuerza la otra pregunta: y el sindicato... ¿qué?...

¿Qué hace o qué ha hecho el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) por sus agremiados? ¿No le importan las vidas de sus compañeros? ¿Qué tal si fueran ellos, lo habrán pensado siquiera? Más les valdría recordar o leer lo que escribió Bertolt Brecht acerca de llegar “tarde”, cuando ya no hay remedio..

El noble y generoso pueblo de México, que además de eso es muy inteligente, piensa que no es ni será posible que la PGR haga cosa buena alguna por los trabajadores de Pemex desaparecidos, ya que es parte integrante del mal gobierno que no sólo pretende vender nuestro petróleo, sino quitar del derrotero que se ha trazado, todo lo que le estorbe en sus siniestras intenciones.

Estos oscuros síntomas son propios de las tiranías... y “ frente a la tiranía, no hay lugar a la vacilación, porque todo el que la ejerce es cruel y todo el que la sirve es vil”. La tiranía que mata todos los derechos nos obliga a un deber: el de combatirla. Por eso le preguntamos a los compañeros de los petroleros desaparecidos: ¿qué han hecho por ellos?... Por eso es que decimos: Y el sindicato, ¿qué?

Dirigente del comité ¡Eureka!

04 abril 2008

¡Qué país!

Rosario Ibarra

El viernes por la noche, en el largo regreso de Hermosillo al Distrito Federal, pensaba en el pasado, en mi infancia, en mis primeros años de escuela, cuando los maestros nos decían cosas muy bellas de nuestro suelo, que hacían henchirse de gozo nuestras almas párvulas. Cómo me gustaba imaginarme al país cual si fuera el “cuerno de la abundancia” colmado de frutas y de flores en una amalgama de esplendorosa policromía...

El viaje era largo, más de dos horas en aquella aeronave que surcaba el cielo tranquilamente, y mi pensamiento seguía sumergido en aquel mar de recuerdos de días felices, mientras contemplaba la comba oscura del cielo salpicado de estrellas...

De pronto, densos nubarrones lo cubrieron y fuertes sacudidas intermitentes borraron mis recuerdos. La dura realidad actual se aposentó en mi mente y la imaginé más oscura que el cielo que entonces veía...

Pensé en Sonora y en las injusticias que allí se viven, desde las amenazas de muerte hasta la represión y la cárcel con sentencias hasta de 300 años (¡válganos Dios!)...

Después, como cuentas negras de un roto collar agorero, veía caer los males que aquejan a mi pueblo: la miseria y el hambre como amos y señores en millones de hogares; el campo abandonado, el éxodo interminable hacia el norte en busca del trabajo que en México nuestros hermanos no encuentran; las invasiones extranjeras, los modernos filibusteros saqueadores de la riqueza de nuestro suelo, como el oro que buscan en San Luis Potosí y en Madera, Chihuahua, a costa de lo que sea, hasta de la muerte de quienes se oponen a ello.

Ensuciar nuestra tierra con lo que les estorba, los desechos tóxicos que pretenden tirar en Zimapán, como ya ha sucedido en otras partes del país.

La muerte con su guadaña galopando por todo México y dejando más cadáveres que la peste, y el mal gobierno culpando de todo al “crimen organizado”. “Ajuste de cuentas” —dice—, pero nunca se sabe quiénes son los muertos, a menos que sea alguien “relevante”; los demás no les importan...

¿Y las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez? ¿Y los hermanos centroamericanos que huyen también de la miseria y ansían llegar al norte, qué trato reciben? Habrá que indagar qué pasa con el llamado “tren de la muerte”...

¿Y las leyes enemigas del pueblo: ISSSTE, “judicial” y todas las demás? ¿Y el Ejército fuera de los cuarteles?...

Y sobre todo, las cárceles llenas de presos políticos que se ven orillados a la huelga de hambre contra la injusticia que sufren y los presos pobres que no han cometido delito alguno... Y la simulación y la corrupción y la impunidad y la tormenta que se avecina... ¡El hurto mayúsculo! Nos quieren robar “la leche negra que da vigor al mundo”: la sangre oscura de las entrañas de la tierra: el petróleo.

Luchemos con denuedo contra el daño que nos hacen: logremos ante todo la libertad de los presos políticos y con uñas y dientes defendamos nuestro petróleo, que no se diga más.

¡Qué país!

Dirigente del comité ¡Eureka!

18 marzo 2008

¡La patria no se vende!

Rosario Ibarra
18 de marzo de 2008

Los recuerdos danzan en mi memoria y contras- tan con la sensación de amargura y de rabia que hoy agobia al pueblo mexicano... ¡Qué enorme diferencia! Sí, los recuerdos lejanos de júbilo y de gozo se enfrentan a la mal contenida justa ira del pueblo... Hoy, la defensa de lo nuestro ante las amenazas de robo, nos agobia y pone en tensión nuestros espíritus... entonces, en aquel año de 1938, aquel 18 de marzo, un estentóreo grito de alegría, llenó el suelo patrio....

Aquel día de alegría infinita, todos los integrantes de la familia nos reunimos en lo que aún quedaba de la casa de mi abuela Adelaida; nos sentamos junto al viejo aparato de radio para escuchar el “Manifiesto” de la expropiación petrolera, que por cierto, el presidente Lázaro Cárdenas encargó que redactara su amigo y compañero de muchas batallas, el general Francisco J. Múgica, a quien poco reconocimiento se ha hecho y a quien mi padre, y yo con él, a mis recién cumplidos 11 años, queríamos de sucesor de Cárdenas en la presidencia de la República.... ¡Lástima que no lo fue!

Días felices aquellos, cuando en las escuelas de ambiente renovado y fresco, cantábamos a coro el Himno a la Revolución y junto a los discos de Lucha Reyes, nuestras voces párvulas entonaban con ella aquello de “marchemos agraristas a los campos, a sembrar la semilla del progreso...”. porque el reparto agrario estaba en su apogeo, como antes, en 1916 lo estuvo con Carranza. La superficie de la Patria estaba cubierta del verde esmeraldino del maíz y las manos callosas de los campesinos estrechaban las manos de quienes cumplían con su deber de entregarles la tierra... y mi bondadoso padre, ingeniero agrónomo, era uno de ellos. Cuánto orgullo me daba verlo partir tempranito en las mañanas con sus botas fuertes, su “pantalón de montar”, el paliacate rojo ( como el de Morelos) en su cabeza calva y el sombrero grande de esos que les dicen “de cuatro pedradas”... (A veces, cuando no iba muy lejos, lo acompañaba.)

Hoy, los ejidos ya no existen; el éxodo hacia el norte no termina; la tierra fue convertida de nuevo en latifundios por la rúbrica siniestra de Salinas de Gortari; el hambre y la miseria se aposentan en los hogares de millones de mexicanos... y revestidos de inmoralidad y llenos de codicia, los encaramados en el Poder pretenden robarnos lo nuestro... pero este noble y generoso pueblo no lo va a permitir. Este pueblo despreciado por los ilegítimos; este pueblo al que quieren sumir en la ignorancia, no es tonto, es muy inteligente y sabe que lo engañan y sabe muy bien de los hurtos y de la inmoralidad de cada uno de los que han pasado por el Gobierno y no va a permitir este nuevo atraco... Ya se alzan sus voces con fuerza, ya se escucha el ruido de sus pasos, un nuevo y estruendoso grito defiende el valioso legado que nos “escrituró” el diablo: ¡El petróleo es nuestro!.. ¡La patria no se vende!

Dirigente del comité ¡Eureka!

12 diciembre 2007

La promesa

Rosario Ibarra

Muy temprano en la mañana del día 8, sentada en mi modesta sala, rodeada por la semipenumbra del amanecer, pensaba en mi madre. Era el día de su santo y no pude viajar a Monterrey a dejar unas flores sobre su tumba, como en otros años lo he hecho, porque múltiples tareas me lo impidieron... Una enorme tristeza se aposentó en mi mente, me resigné a quedarme y fui repasando una a una las quejas de amargura infinita que había recibido durante la semana y que, como parte de mi trabajo, estaba obligada a atender.

Una vez terminada la lectura de aquellas acerbas misivas, cuando los rayos tempraneros del sol dibujaban arabescos en la alfombra, alcé la vista para recorrer las fotografías que enriquecen las paredes de mi casa: mis padres, mis hijos y mis nietos, mis abuelos también, entre los que destaca mi abuela Adelaida, la única que conocí y a la que quise tanto...

En esa colección maravillosa de los que quiero hay fotografías recientes y otras muchas de antaño, desvaídas, pero cargadas de recuerdos de afecto a compañeros y amigos entrañables. Se detuvo mi vista en una que —si mal no recuerdo— fue tomada en 1936, en la que me veo de nueve años, al lado de la maestra de declamación, junto a niñas y jóvenes con bellos atuendos, serias y solemnes, y se fue mi memoria a aquella mañana de primavera en Monterrey, cuando, en recuerdo de un recital, la maestra María Garza nos llevó a que se tomara esa fotografía. Y vaya si sirvió para guardarlo en la memoria... nunca he olvidado a ninguna, recuerdo todos sus nombres y apellidos con un sentimiento lleno de ternura.

Entre todas se alzó el recuerdo de Irma Salinas Rocha, que debe haber tenido en esa fecha 15 años y a quien yo, desde mi minúscula humanidad, solía ver como una muñeca gigantesca. Aunque la foto es en blanco y negro, recuerdo su vestido de encaje color verde Nilo, su cabello rubio ensortijado y sus grandes ojos que se me antojaban canicas de vidrio. ¡Cómo reía muchos años después cuando le platicaba todo esto!

La pasada mañana del día 8, pensé mucho en ella porque uno de sus nietos me dijo hace poco que estaba enferma y hoy que escribo estas líneas me enteré de que esa mañana en la que tanto la recordé murió... ¡Adiós, amiga! Adiós, admirada, respetada y querida amiga. Hoy he recordado mucho de lo que hablamos y compartimos. Recordé el día en que me dijiste que te sentiste emocionada por lo que escribí cuando murió el ingeniero Clouthier y me pediste que escribiera también cuando murieras. Te dije que sí, pero que si yo me iba primero, tu escribirías en mi memoria... “¡Sale!” —dijiste— y sellamos la promesa con un abrazo.

Partiste antes que yo por ese sendero que no tiene retorno, pero dejaste huellas que no se borran. Dejas el recuerdo de tu belleza interior que superaba la que por fuera los años respetaron. Contagiabas tu alegría de vivir; repartías el don de tu sencillez y prodigabas solidaridad a manos llenas. Como todo ser humano bello y generoso, despertaste envidias, incomprensiones y recelos.

Hubo quienes no entendieron que tenías el espíritu libre de ataduras y convencionalismos.. ¡Dichosa tú que fuiste así! Pobres mediocres los que no pueden serlo. Amaste a tus hijos por sobre todas las cosas y comprendiste mi pena cuando me arrebataron al mío. Aunque no nos viéramos seguido, tu amistad se mantenía firme, sabías muy bien que el cariño no muere en la lejanía como no pocos piensan.

Fuiste de las primeras en llegar a verme cuando murió mi esposo y aun en ese triste momento compartimos la alegría de vernos juntas, porque ambas sabemos que la muerte para algunos es el olvido, pero que para nosotras es el recuerdo de las alegrías que sepamos sembrar y de la prodigalidad de nuestras buenas acciones. Allí, ella me dijo que mi esposo, ella lo sabía, era un buen médico y mejor ser humano... No se equivocaba; por eso, aun allí, pudimos sentir alegría.

Hoy, igual que entonces, se ha ido disipando mi tristeza porque estoy segura de que tu bondad llenará tu ausencia de amables recuerdos. Tu memoria permanecerá altiva y enhiesta como el cerro de la Silla o la cordillera de la Sierra Madre que tanto amaste... y quiero que sepan tú y los que te aman que estas mal pergeñadas palabras brotan del raudal de recuerdos amables de nuestra amistad y no lo hago por la promesa.

Dirigente del comité ¡Eureka!