Patricia Romana, Revoluciones
Después de ejercer la docencia por más de 28 años, tanto en el sistema oficial como en el particular, me atrevo a presentar esta propuesta basada, precisamente, en los innumerables problemas que enfrenté con mis autoridades por la falta de una sana comunicación. A partir de mi cargo como directora intenté no reproducir los errores de las personas que me impusieron una autoridad irracional; que me llevó a desaprovechar el valioso tiempo de los niños en la escuela. Puedo asegurar que lo único que me ayudó a no repetir esos patrones fue la aceptación de la crítica. Es por eso que hoy abordaré este recurso maravilloso para mejorar la comunicación y el crecimiento de los servidores de la educación.
La palabra crítica evoca muchas ideas. Algunos la identifican con censura o descalificación, otros piensan que es propia de los inconformes o de quien busca incomodar al interlocutor. Pero la crítica puede, y debe, constituirse en el eje y la directriz de la experiencia, ya que representa la opción del conocimiento liberador que hace posible una vida con autodeterminación creciente, donde nuestros deseos e intereses más genuinos y dignos pueden encontrar satisfacción en serena armonía con nuestro entorno.
La crítica pertenece al ámbito de las actividades mentales, no al de las funciones; sin embargo, conviene precisar que la crítica es mucho más que una actividad intelectual, ya que entraña el “conjunto” de actividades del intelecto que se entrelazan, organizan y orientan a partir de la experiencia reflexiva del sujeto para constituirse en una aptitud polifacética y diversa, necesaria y decisiva en la elaboración del conocimiento. La crítica tiene, o debe tener, un carácter metodológico predominante, precisamente, porque su razón de ser es la construcción del conocimiento, que tiene como horizonte y referente la superación de la condición humana.
La crítica se hace posible cuando se reflexiona sobre la experiencia, cuando meditamos lo que hacemos, sobre el cómo y el porqué lo hacemos. La experiencia reflexiva es la condición para que la crítica surja y se desarrolle; sin embargo, no se trata de cualquier tipo de reflexión, no es un mero ejercicio especulativo, ya que se desarrolla a partir de la experiencia de cada quien. La reflexión, en fases incipientes dentro del camino de la crítica, nos lleva a cuestionarnos acerca de nuestro proceder sobre las razones profundas y el sentido de lo que hacemos, sopesándolos y confrontándolos con otros puntos de vista; esto nos conduce, necesariamente, a cuestionarnos a nosotros mismos. He aquí la auténtica sustancia de la crítica: develar y cuestionar los supuestos del conocimiento que configuran
y orientan nuestra experiencia.
Cuestionar los supuestos del conocimiento es la clave de toda crítica fecunda y de alcances. En ausencia de este tipo de cuestionamiento permanecerán en la oscuridad las razones profundas de nuestro proceder, y poco avanzaremos en nuestra pretensión de superar las situaciones indeseables que afrontamos todos los días.
En la comunicación existen tres elementos fundamentales: emisor, receptor y mensaje. Eso lo sabemos todos, pero acaso no hemos profundizado en que el emisor debe elaborar y fundamentar bien su mensaje para que el receptor esté interesado en recibirlo (de otra manera le entrará por un oído y le saldrá por el otro); el mensaje recibido provoca un efecto en el receptor (esto es bueno). El receptor no puede ser siempre receptor, debe participar como emisor también, y elaborar su mensaje dando respuesta al recibido. Sólo así hay intercambio y comunicación. Pero sucede que en nuestro incipiente aparato educativo la comunicación se interrumpe al no permitir que el receptor participe en la comunicación, en este caso el receptor es el que ejerce un cargo inferior. Por ejemplo: el maestro de grupo, quien es el que realiza el acto educativo, no tiene posibilidad de respuesta, sólo debe recibir información y actuar con sus alumnos en base a ella. Pero sucede que cada ser humano es distinto, cada alumno, cada grupo, cada escuela, cada región del país presentan necesidades específicas de educación, y esto parece ser ignorado por los emisores o autoridades, que al no convivir con estas necesidades dictaminan desde un escritorio lo que se debe hacer. Si consideráramos los beneficios, que antes mencioné, de la reflexión a la que nos lleva la crítica, tal vez las autoridades podrían modificar su experiencia, y aprender de los niños y de los maestros la realidad que desconocen. De todos es sabido que la educación en México no responde a las necesidades, ni de cobertura ni de calidad, que hoy requiere satisfacer el país. Ningún gobernante le ha apostado a la educación, para ellos lo que importa son las cifras que pueden engordar su informe presidencial: tantos libros de texto, tantas escuelas construidas, tantos millones invertidos en salarios de gente que no hace nada para mejorar el trabajo dentro de las aulas. No necesitamos una evaluación internacional para conocer el resultado de la educación en México, el verdadero resultado está en las calles plagadas de basura, incivilidad, delincuencia, ignorancia, drogadicción; el verdadero resultado está en la pobreza del campo, la falta de asistencia pública a los más necesitados, la lucha por el poder y, lo más terrible, la falta de identidad de aquellos que lograron terminar sus estudios en el extranjero y vuelven al país dispuestos a hacer alianzas con la cúpula del poder, en una palabra, dispuestos a vender el territorio nacional.
Si supiéramos aprovechar la crítica para modificar la experiencia y construir a partir de ella un nuevo conocimiento, aprenderíamos todos de todos; estableceríamos una verdadera comunicación basada en el conocimiento, no en la especulación de que lo sabemos todo y nada podemos aprender de los demás. Recibir la opinión de los maestros, sus ideas, sus sugerencias metodológicas surgidas del trabajo diario con los niños, traería mayores beneficios a la educación que seguir copiando modelos educativos extranjeros ajenos a nuestra idiosincrasia y a nuestra historia cultural.
Pero esta carrera hacia el poder ha dado un mal ejemplo y lo ha generalizado, el maestro aspira a abandonar su grupo para obtener un puesto administrativo que le de mayor remuneración económica, pues la satisfacción personal de sacar adelante a sus alumnos queda frustrada ante la negligencia de sus autoridades. El maestro que llega ilusionado de la normal a ejercer su profesión, poco a poco se va insensibilizando pues la carga administrativa, el abandono de sus alumnos por cumplir con comisiones o
talleres absurdos en los que nada aprende, le van dando la sensación de que el camino de la superación es otro. La falta de comunicación con su director, con su supervisor, con su coordinador, etc. le quitan la posibilidad de que sus aportaciones sean tomadas en cuenta.
Cuando ocurre lo contrario. Cuando a un maestro se le permite transmitir su experiencia, cuando siente que aporta algún conocimiento a los demás, cuando demuestra su capacidad para resolver los problemas o desarrolla un programa con libertad, suceden cosas maravillosas en una escuela. En estos casos la comunicación se da de igual a igual, nadie tiene la verdad absoluta, se trabaja en equipo en busca de ella; los alumnos perciben el respeto y asumen compromisos.
La autoridad, dijo Ikram Antaki, la da el conocimiento. Una autoridad que se asume por poder sólo tiene como respaldo la ley, y de ella se vale para someter a sus subalternos a su voluntad absoluta. En tanto que la autoridad ganada por el conocimiento impacta de tal manera a quien la sigue y la respeta que no sólo se deja guiar sino que se enriquece en cada oportunidad de contacto con ella. Me pregunto cómo podemos llegar al conocimiento si no hemos aprendido a utilizar la crítica para formularlo.
La educación es un trabajo social y en todo trabajo social, en determinado momento histórico, predominan ciertas ideas, métodos, procedimientos y técnicas, de la misma manera como en otros tiempos prevalecían otras ideas y otras formas de llevarlo a cabo. La razón del predominio no radica, como pudiera pensarse, en la supuesta superioridad sobre otras ideas, métodos o procedimientos, sino en su sintonía con los intereses sociales dominantes de la época en que se vive.
En los tiempos que corren los intereses que predominan abrumadoramente y que condicionan toda la vida social son los que se relacionan estrechamente con las necesidades de ese ente impersonal: el capital. En manos de quienes forman las nuevas generaciones está la posibilidad de que los intereses que nos muevan sean otros; no el negocio jugoso, no la carrera hacia el poder, no la dependencia a la tecnología y al consumismo. En manos de maestros libres está la formación del nuevo hombre que revindique los valores universales.
Tenemos el gran compromiso de dar a los jóvenes un buen ejemplo. Empecemos por una comunicación que nos permita, mediante la crítica, transformar la experiencia para conquistar el conocimiento que nos lleve a tener un mejor destino.
Después de ejercer la docencia por más de 28 años, tanto en el sistema oficial como en el particular, me atrevo a presentar esta propuesta basada, precisamente, en los innumerables problemas que enfrenté con mis autoridades por la falta de una sana comunicación. A partir de mi cargo como directora intenté no reproducir los errores de las personas que me impusieron una autoridad irracional; que me llevó a desaprovechar el valioso tiempo de los niños en la escuela. Puedo asegurar que lo único que me ayudó a no repetir esos patrones fue la aceptación de la crítica. Es por eso que hoy abordaré este recurso maravilloso para mejorar la comunicación y el crecimiento de los servidores de la educación.
La palabra crítica evoca muchas ideas. Algunos la identifican con censura o descalificación, otros piensan que es propia de los inconformes o de quien busca incomodar al interlocutor. Pero la crítica puede, y debe, constituirse en el eje y la directriz de la experiencia, ya que representa la opción del conocimiento liberador que hace posible una vida con autodeterminación creciente, donde nuestros deseos e intereses más genuinos y dignos pueden encontrar satisfacción en serena armonía con nuestro entorno.
La crítica pertenece al ámbito de las actividades mentales, no al de las funciones; sin embargo, conviene precisar que la crítica es mucho más que una actividad intelectual, ya que entraña el “conjunto” de actividades del intelecto que se entrelazan, organizan y orientan a partir de la experiencia reflexiva del sujeto para constituirse en una aptitud polifacética y diversa, necesaria y decisiva en la elaboración del conocimiento. La crítica tiene, o debe tener, un carácter metodológico predominante, precisamente, porque su razón de ser es la construcción del conocimiento, que tiene como horizonte y referente la superación de la condición humana.
La crítica se hace posible cuando se reflexiona sobre la experiencia, cuando meditamos lo que hacemos, sobre el cómo y el porqué lo hacemos. La experiencia reflexiva es la condición para que la crítica surja y se desarrolle; sin embargo, no se trata de cualquier tipo de reflexión, no es un mero ejercicio especulativo, ya que se desarrolla a partir de la experiencia de cada quien. La reflexión, en fases incipientes dentro del camino de la crítica, nos lleva a cuestionarnos acerca de nuestro proceder sobre las razones profundas y el sentido de lo que hacemos, sopesándolos y confrontándolos con otros puntos de vista; esto nos conduce, necesariamente, a cuestionarnos a nosotros mismos. He aquí la auténtica sustancia de la crítica: develar y cuestionar los supuestos del conocimiento que configuran
y orientan nuestra experiencia.
Cuestionar los supuestos del conocimiento es la clave de toda crítica fecunda y de alcances. En ausencia de este tipo de cuestionamiento permanecerán en la oscuridad las razones profundas de nuestro proceder, y poco avanzaremos en nuestra pretensión de superar las situaciones indeseables que afrontamos todos los días.
En la comunicación existen tres elementos fundamentales: emisor, receptor y mensaje. Eso lo sabemos todos, pero acaso no hemos profundizado en que el emisor debe elaborar y fundamentar bien su mensaje para que el receptor esté interesado en recibirlo (de otra manera le entrará por un oído y le saldrá por el otro); el mensaje recibido provoca un efecto en el receptor (esto es bueno). El receptor no puede ser siempre receptor, debe participar como emisor también, y elaborar su mensaje dando respuesta al recibido. Sólo así hay intercambio y comunicación. Pero sucede que en nuestro incipiente aparato educativo la comunicación se interrumpe al no permitir que el receptor participe en la comunicación, en este caso el receptor es el que ejerce un cargo inferior. Por ejemplo: el maestro de grupo, quien es el que realiza el acto educativo, no tiene posibilidad de respuesta, sólo debe recibir información y actuar con sus alumnos en base a ella. Pero sucede que cada ser humano es distinto, cada alumno, cada grupo, cada escuela, cada región del país presentan necesidades específicas de educación, y esto parece ser ignorado por los emisores o autoridades, que al no convivir con estas necesidades dictaminan desde un escritorio lo que se debe hacer. Si consideráramos los beneficios, que antes mencioné, de la reflexión a la que nos lleva la crítica, tal vez las autoridades podrían modificar su experiencia, y aprender de los niños y de los maestros la realidad que desconocen. De todos es sabido que la educación en México no responde a las necesidades, ni de cobertura ni de calidad, que hoy requiere satisfacer el país. Ningún gobernante le ha apostado a la educación, para ellos lo que importa son las cifras que pueden engordar su informe presidencial: tantos libros de texto, tantas escuelas construidas, tantos millones invertidos en salarios de gente que no hace nada para mejorar el trabajo dentro de las aulas. No necesitamos una evaluación internacional para conocer el resultado de la educación en México, el verdadero resultado está en las calles plagadas de basura, incivilidad, delincuencia, ignorancia, drogadicción; el verdadero resultado está en la pobreza del campo, la falta de asistencia pública a los más necesitados, la lucha por el poder y, lo más terrible, la falta de identidad de aquellos que lograron terminar sus estudios en el extranjero y vuelven al país dispuestos a hacer alianzas con la cúpula del poder, en una palabra, dispuestos a vender el territorio nacional.
Si supiéramos aprovechar la crítica para modificar la experiencia y construir a partir de ella un nuevo conocimiento, aprenderíamos todos de todos; estableceríamos una verdadera comunicación basada en el conocimiento, no en la especulación de que lo sabemos todo y nada podemos aprender de los demás. Recibir la opinión de los maestros, sus ideas, sus sugerencias metodológicas surgidas del trabajo diario con los niños, traería mayores beneficios a la educación que seguir copiando modelos educativos extranjeros ajenos a nuestra idiosincrasia y a nuestra historia cultural.
Pero esta carrera hacia el poder ha dado un mal ejemplo y lo ha generalizado, el maestro aspira a abandonar su grupo para obtener un puesto administrativo que le de mayor remuneración económica, pues la satisfacción personal de sacar adelante a sus alumnos queda frustrada ante la negligencia de sus autoridades. El maestro que llega ilusionado de la normal a ejercer su profesión, poco a poco se va insensibilizando pues la carga administrativa, el abandono de sus alumnos por cumplir con comisiones o
talleres absurdos en los que nada aprende, le van dando la sensación de que el camino de la superación es otro. La falta de comunicación con su director, con su supervisor, con su coordinador, etc. le quitan la posibilidad de que sus aportaciones sean tomadas en cuenta.
Cuando ocurre lo contrario. Cuando a un maestro se le permite transmitir su experiencia, cuando siente que aporta algún conocimiento a los demás, cuando demuestra su capacidad para resolver los problemas o desarrolla un programa con libertad, suceden cosas maravillosas en una escuela. En estos casos la comunicación se da de igual a igual, nadie tiene la verdad absoluta, se trabaja en equipo en busca de ella; los alumnos perciben el respeto y asumen compromisos.
La autoridad, dijo Ikram Antaki, la da el conocimiento. Una autoridad que se asume por poder sólo tiene como respaldo la ley, y de ella se vale para someter a sus subalternos a su voluntad absoluta. En tanto que la autoridad ganada por el conocimiento impacta de tal manera a quien la sigue y la respeta que no sólo se deja guiar sino que se enriquece en cada oportunidad de contacto con ella. Me pregunto cómo podemos llegar al conocimiento si no hemos aprendido a utilizar la crítica para formularlo.
La educación es un trabajo social y en todo trabajo social, en determinado momento histórico, predominan ciertas ideas, métodos, procedimientos y técnicas, de la misma manera como en otros tiempos prevalecían otras ideas y otras formas de llevarlo a cabo. La razón del predominio no radica, como pudiera pensarse, en la supuesta superioridad sobre otras ideas, métodos o procedimientos, sino en su sintonía con los intereses sociales dominantes de la época en que se vive.
En los tiempos que corren los intereses que predominan abrumadoramente y que condicionan toda la vida social son los que se relacionan estrechamente con las necesidades de ese ente impersonal: el capital. En manos de quienes forman las nuevas generaciones está la posibilidad de que los intereses que nos muevan sean otros; no el negocio jugoso, no la carrera hacia el poder, no la dependencia a la tecnología y al consumismo. En manos de maestros libres está la formación del nuevo hombre que revindique los valores universales.
Tenemos el gran compromiso de dar a los jóvenes un buen ejemplo. Empecemos por una comunicación que nos permita, mediante la crítica, transformar la experiencia para conquistar el conocimiento que nos lleve a tener un mejor destino.
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