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06 diciembre 2007

Los demonios de la Corte

Muchas gracias ministro, por haberle dado un coscorrón a esa vieja cabrona –se escucha una voz opaca al otro lado de la línea telefónica.

--Al contrario, ya sabe usted que es nuestro héroe, chingao --responde entre risas el jurista.

--Ustedes son mis ministros preciosos.

--Bueno, hay que agradecerle a Olga Sánchez que cambió el sentido de su voto y a Margarita Luna Ramos que salió a leer un comunicado de prensa para explicar la resolución de la Corte. Para que no digan. Es la primera vez que la Suprema Corte explica así su sentencia.

--Es que ya estuvo bien de tanta difamación y tanta infamia.

--Así es… Estos temas nos gustan.

--Y para celebrar les mandaré a todos unas botellas bellísimas.

--Muchas gracias, pero no hace falta.

--Ja, ya lo sabíamos… De todas maneras, la Corte ya tiene aprobado un presupuesto precioso para el 2008.

Un diálogo imaginario de este estilo bien pudo haberse dado en algún momento de las horas de infamia que acompañaron a la sentencia de los seis ministros de la Suprema Corte que echaron por la borda la frágil línea de credibilidad y de esperanza que quedaba en el circuito de la justicia mexicana para analizar el caso de Mario Marín.

Los demonios del edén no se quedaron sólo en Cancún. Una vez más se demostró lo que Lydia Cacho sugirió en su libro: las redes del tráfico, abuso sexual y pornografía infantil constituyen una de las mafias político-financieras más poderosas y perniciosas en el país. Se estima que después del tráfico de armas y del narcotráfico, aquel constituye el crimen organizado que moviliza más recursos y establece pactos de complicidad e impunidad más difíciles de romper. Los propios ministros tuvieron en sus manos la escalofriante cifra de más de 9 mil menores que han sido víctimas de estas redes.

La mafia de los preciosos le demostró a todo el país que son capaces de cualquier ignominia con tal de defender la omertá que los vincula. Luego de la sentencia quedó muy claro que no se trata sólo de defender a Mario Marín ni a Kamel Nacif sino lo que ambos representan: el pacto de impunidad entre camarillas priistas y grupos del panismo que mantienen atenazado al gobierno de Felipe Calderón; el menosprecio permanente ante las violaciones documentadas de derechos humanos; una nueva doctrina que coloca a los periodistas que se atreven a investigar y a indagar en el papel de acusados; la misoginia institucionalizada y ahora teorizada por el ministro Mariano Azuela, que tuvo la desgracia de argumentar que lo que le sucedió a Lydia Cacho no fueron violaciones “determinantes” ni graves; el oscuro secreto de los pederastas que, como vimos desde el caso del padre Marcial Maciel y en las recientes denuncias contra un sacerdote de la Arquidiócesis de México y contra maestros en el Distrito Federal, Michoacán y Oaxaca, encontrarán la fórmula eficaz para salirse con la suya.

A pesar de la impudicia, el verdadero problema para los ministros que le dieron entrada a los demonios en la Corte es lo que ellos nunca calcularon: la ola de indignación y enojo de una sociedad que ya no está dispuesta a quedarse sólo a la expectativa y a tragarse los argumentos leguleyos que amparan la impunidad.

Esa es la peor sentencia para Mario Marín, para su abogado Alonso Aguilar Zinser --ave de múltiples tempestades--, para los seis ministros, para un impávido Calderón Hinojosa que olvidó su promesa de justicia ante los poblanos y para toda la cúpula priista –desde Beatriz Paredes hasta Manlio Fabio Beltrones-- que cerraron filas en torno del gobernador poblano. Los demonios quedaron desnudos ante la opinión pública. Y ésta ya sabe de qué tamaño es el infierno.

24 julio 2007

>> en pocas palabras <<

NO HAY JUSTICIA PARA OAXACA

El caso Oaxaca quedó en la congeladora de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Tal y como están las cosas, el tribunal no sólo tendrá que investigar los hechos ocurridos en 2006 en la capital del estado, sino por qué siguen paradas las pesquisas, nos explican.

Usted recordará que desde hace un mes la Corte ordenó investigar presuntas violaciones graves de derechos cometidas por las administraciones del ex presidente Vicente Fox y del gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, durante los hechos violentos registrados en la entidad. Pero ni siquiera se ha nombrado a la comisión del caso, porque todavía se está a la espera de que los ministros aprueben las reglas conforme a las cuales se debe realizar la indagatoria. Y para que eso ocurra, nos aseguran en la misma Corte, no hay para cuándo.

«Bajo reserva» | El Universal | 23 julio 2007

22 mayo 2007

>> en pocas palabras<< La Ley TELEVISA

(c) el enmascarado en el exilio
"DEMOCRACIA SIN TV"
El proceso electoral del 2 de julio pasado ha dejado un gran número de lecciones y de consecuencias en todos los ámbitos de la vida de los mexicanos. Aunque un balance de primera vista pudiera indicar un notable retroceso en la credibilidad de las instituciones electorales, en el marco legal y en el sistema político hay otros signos saludables que presagian una mayor participación de la sociedad en su conjunto en la vida política y cultural de México.
Al margen de que el tiempo y los damnificados en el proceso electoral federal vayan presentando pruebas de las irregularidades e ilícitos ocurridos, los hechos van delineando un nuevo país cuyas principales características son la división interna en dos grandes facciones irreconciliables: una pequeña oligarquía, que es al mismo tiempo la dueña del capital y del poder público; y un sistema económico atrapado en su propia paradoja de desarrollo social al margen de la otra mitad del País cuya pobreza va en aumento.
Aunque los poderes fácticos de México seguirán controlados por un pequeño grupo de grandes capitalistas, tendrán que ampliarse con los amigos y colaboradores de la paradigmática profesora Gordillo, que incluyen desde la primera dama de la nación y sus familiares, hasta gobernadores priistas que la apoyaron en su lucha para salvar a México del peligro, funcionarios electorales federales que le permitieron registrar un partido político (Panal) violando casi todas las disposiciones legales, los priistas que traicionaron a Madrazo y los "mapaches" que ejecutaron la operación de ceder al PAN votos del PRI e inventar diputaciones a desconocidos miembros del Panal.
A la lista anterior habrá que añadir los conductores de noticieros de Televisa convertidos en politólogos, el sector confesional del PAN y los "torquemadas" del clero nacional para crear un gobierno de la derecha radical que hará crecer la división y la iniquidad ya existentes en la sociedad mexicana. No obstante, se advierte en ambas facciones la determinación de convertir a la política en una actividad permanente y no circunscrita, como hasta ahora, a los periodos electorales.
Esto significaría que los mexicanos empezarían a hacer política en el sentido real del término y no simulaciones como hasta ahora, al haberse adoptado instituciones e ideologías de otros países, con otras realidades y otras historias. Al reconstituirse los partidos políticos sobre la base real de sectores de la sociedad que comparten una misma visión del mundo, los mismos sueños e intereses, la representatividad en el poder público de sus líderes tendría sentido y sería legítimo todo lo que plantean y todo lo que exijan.

© Alfonso Elizondo >>> Democracia sin TV<<< ||| El Norte; Sábado, 19 de Agosto de 2006

05 mayo 2007

>> en pocas palabras<< RUBOR

Varias de las figuras emblemáticas de la clase política tendrían que ruborizarse frente a la exhibida que les dio el Ministro Aguirre Anguiano. Ahora, a ver cómo se comporta el conjunto de la Suprema Corte. Rubor, define el diccionario, es "el color rojo que aparece en el rostro por afluencia de sangre, debido a un sentimiento de vergüenza".

Vale reproducir la definición por si algún político resuelve ensayar, durante el fin de semana, cómo ruborizarse después de la encuerada que les puso el Ministro Salvador Aguirre Anguiano. Al menos, ese juez considera inconstitucional la reforma a la Ley Federal de Radio y Televisión que el año pasado aprobaron los legisladores y que cede, sin condición alguna, el espectro radioeléctrico a los actuales concesionarios de medios electrónicos para que presten servicios adicionales.

El proyecto de dictamen del Ministro Aguirre Anguiano es favorable parcialmente a la acción de inconstitucionalidad promovida por los senadores Manuel Bartlett y Javier Corral junto con otros 45 legisladores que, a diferencia de sus compañeros, resistieron la idea de doblar las manos ante el interés privado de los concesionarios y aparecer como cómplices de un despojo más al Estado.

Es de todo punto de vista apreciable la postura del Ministro, como la de aquel reducido grupo legisladores. Ellos, sólo ellos y quienes de un modo u otro los acompañaron, no tienen por qué ruborizarse. A ver cómo se comporta el pleno de Ministros de la Suprema Corte cuando tome su decisión final.

Cualquiera que sea el destino de ese proyecto -de momento no es más que un documento de trabajo-, reivindica por lo pronto al derecho frente a los poderes fácticos que, por la vía de la presión y el chantaje, lo vulneraron dándole trato de empleados o lacayos a la mayor parte de los integrantes de los poderes Legislativo y Ejecutivo.

Los legisladores que aprobaron esa reforma y el presidente Vicente Fox que la publicó hicieron del derecho un trapeador, y de su representación y mandato popular un servicio privado a domicilio. Sabían de la coyuntura electoral en que planteaban una reforma de esa envergadura y, a sabiendas de ello y de la debilidad en que se encontraban, jugaron a obsequiar la ambición de los grandes concesionarios de radio y televisión.

A partir de lo ocurrido, un cierto rubor debería aparecer en el rostro de los entonces candidatos presidenciales Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo que, frente al despojo que se cometía, se hicieron de la vista gorda. A su modo y estilo -fingiendo demencia, presionando en corto a quienes cuestionaban su postura o simulando el más absoluto desconocimiento-, en vez de marcar sus diferencias, subrayaron su más profunda coincidencia. Se hicieron guajes: resultaron iguales.

El interés de los entonces candidatos presidenciales no estaba puesto en defender al Estado sino en no malquistarse con los concesionarios porque, estando en campaña, no querían perder pantalla ni sufrir eventuales represalias. Por ningún lado apareció la honestidad valiente ni las manos limpias. Su interés personal estaba por encima del interés público.

Rubor debería tener Vicente Fox y su muñeco Rubén Aguilar, que fueron claramente advertidos del atropello. De distintas maneras fueron prevenidos de lo que representaba esa reforma, pero la disculpa estaba a la mano. El portavoz explicó que el presidente de la República no había leído las reiteradas advertencias. Así de simple.

Algo más que rubor debería tener Emilio Gamboa que, a todo lo largo de ese debate, actuó—en su calidad de senador de la República-—no como representante popular sino como representante privado. Jugó abiertamente a favor de los concesionarios y, ahora, debería asumir las consecuencias. En cualquier otra democracia, la descalificación que le supone el proyecto de dictamen del Ministro Aguirre implicaría la presentación de su renuncia al menos como coordinador, ahora, de los diputados tricolores.

Es prematuro, desde luego, echar las campanas a vuelo. El documento del Ministro Aguirre no es más que un proyecto de dictamen. Viene ahora la parte difícil del proceso. En principio, los ministros de la Suprema Corte han resuelto concentrar su atención en ese sólo asunto para emitir su sentencia el próximo día 21. Su agenda de trabajo ha sido limpiada, pero más allá del tiempo que dediquen al estudio del proyecto, los ministros sentirán y sufrirán la presión de los concesionarios que tienen muy claro el tamaño del negocio que, ahora, se les está tambaleando. En su sentencia, dejaron ver al servicio de quién está la Suprema Corte de Justicia.

Los ministros, sin embargo, deben tener muy claro que no es el negocio de unos particulares lo que está en juego, es mucho más. En la decisión que tomen se juega parte de la soberanía nacional -en tanto que el espacio aéreo es parte de ella- y se juega también la fortaleza de la democracia y el Estado de derecho. Si la presión del poder fáctico y mediático que encarnan los grandes concesionarios los doblega, como doblegó a los otros dos Poderes de la Unión, sobra mencionar el estado en que quedará el Estado de derecho y la debilidad de nuestra democracia.

Cada vez es más evidente que la incipiente democracia mexicana corre el peligro de caer en la vertiente de las democracias defectuosas que no acaban de establecerse como el espacio expresamente construido para resolver, civilizadamente y conforme a derecho, las diferencias del conglomerado de los ciudadanos. Los poderes fácticos de la más diversa índole han sometido a una enorme tensión el juego democrático y han hecho del Estado de derecho, en complicidad con buena parte de la clase política, un ariete para defender sus intereses o vulnerar a sus adversarios. Más de una vez, esos poderes informales han sometido a los poderes formales de la Unión.

Salvo contadas excepciones, en este caso los 47 legisladores que presentaron la acción de inconstitucionalidad y, en su decisión, asumieron el riesgo de enfrentar a uno de los mayores poderes informales del país, el conjunto de la clase política no ha estado a la altura de la circunstancia nacional o, lo que es peor, ha resuelto asegurar su sobrevivencia hipotecando su actuación pública a favor de éste o aquel otro interés privado.

El nombre del juego frente al cual los ministros de Suprema Corte fijarán postura es ése. Ahí se verá si, efectivamente, los pesos y contrapesos de la democracia mexicana funcionan o no. Se verá de qué están hechos los ministros y qué poderes cuentan.

Más allá de filias y de fobias, es menester reconocer a los legisladores que se la jugaron y se la están jugando al promover aquella acción de inconstitucionalidad. En la pluralidad del grupo que integraron al estampar su firma en el recurso, reivindican algo de credibilidad en las siglas de los partidos donde militan y reponen algo de esperanza en las instituciones.

Varios de esos políticos ya resienten la consecuencia de haber encarado al poder de los grandes concesionarios de radio y televisión: no aparecen más en las pantallas y son contadas las radiodifusoras que les dan entrada. Saben lo que es la mediocracia, el poder de los medios y, aún así, se la jugaron como, ahora, se la ha jugado parcialmente el Ministro Salvador Aguirre Anguiano.

Es de agradecerse su resistencia porque en el fondo supone una postura de principios. Y eso, en un momento, donde el reino es de los intereses particulares o personales, no es cualquier cosa. Gracias, no tienen por qué ponerse rojos.

© Rene Delgado | El Norte | Reforma } 5 mayo 2007

30 diciembre 2006

Iniciará la SCJN el año con la renovación de su presidencia


Jorge Carrasco Araizaga

El 2007 comienza con la renovación en la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). El martes 2 de enero los once ministros que integran el pleno del máximo tribunal elegirán a quien los representará en los próximos cuatro años.

Será el primer acto político trascendente del año, pues quien quede como presidente de la Corte al mismo tiempo será el presidente del Consejo de la Judicatura Federal (CJF), lo que lo convertirá en máximo representante del Poder Judicial de la Federación, que junto con el Ejecutivo y el Legislativo integra los poderes de la Unión.

La elección del nuevo presidente de la Corte dejó de ser un acto protocolario desde la reforma de 1995, cuando la SCJN se constituyó de hecho en un tribunal constitucional encargado de dirimir las diferencias al interior y entre los otros dos poderes a través de las controversias constitucionales y las acciones de inconstitucionalidad.

De manera que el nuevo presidente de la Corte que habrá de acompañar hasta el 2010 la gestión de Felipe Calderón, estará en condiciones de avanzar hacia la autonomía del Poder Judicial, a menos de que siga los pasos de su antecesor, Mariano Azuela Güitrón.

El nieto del escritor jalisciense Mariano Azuela –autor de una de las principales novelas de la Revolución Mexicana, Los de Abajo– fue incapaz de abandonar la inercia de ponerse al servicio del Ejecutivo.

Convertido en ministro de la SCJN hace 23 años por el gobierno de Miguel de la Madrid, Azuela asumió la presidencia de la Corte en 2003 sin asumir el derrumbe del régimen autoritario en el que se formó y en el que el Poder Judicial era sólo una oficina más del titular del Ejecutivo.

La etapa de Azuela como presidente de la Corte quedó marcada por su cercanía con Vicente Fox, no sólo porque como juez casi invariablemente le dio la razón en los juicios en los que estaba involucrada la Presidencia de la República o el gobierno federal, sino porque como actor político se alió con el entonces titular del Ejecutivo para actuar en contra del entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador.

Esa disposición de quien hasta el 31 de diciembre pasado fue representante máximo del Poder Judicial provocó molestias en sectores más allá de la oposición, pero, sobre todo, generó el enojo y fuertes críticas entre varios ministros de la Corte, porque el comportamiento de Azuela dejó en entredicho la incipiente autonomía e independencia de ese poder de gobierno.

La elección de Calderón como presidente dejó a la sociedad y a los poderes de gobierno confrontados y a la Corte seguirán llegando los asuntos que los actores políticos no puedan o no quieran resolver.

Mientras se avanza en la necesaria reforma política, el máximo tribunal estará en esa condición de arbitraje. Pero la Corte no está sólo para resolver las diferencias de los actores políticos, sino para sentar jurisprudencias encaminadas a dignificar la impartición de justicia, uno de las deficiencias históricas de México.

El nuevo presidente de la Corte no tendrá que esperar a que haya cambios legislativos para avanzar hacia esa pretensión, reorganizando el trabajo en la propia Corte, y en los juzgados y tribunales federales o favoreciendo los juicios orales en los casos donde sea posible.

No es tampoco un mero asunto de más recursos, pues la Corte los tiene y, lo peor de todo, los derrocha, pues la administración del máximo tribunal está al vaivén de quien se convierte en su presidente.

Pero lo que debe ser la Corte descansará, en buena medida, en las características del nuevo presidente en momentos en que las posiciones conservadoras prevalecen en muchos de los ministros, lo que hará fácil un mayor acercamiento –o por lo menos una mayor identificación– del máximo tribunal con el Ejecutivo, en manos de la derecha.

El peligro de que Azuela deje su herencia y la Corte siga al servicio del Ejecutivo es latente.