(c) Jose Guadalupe POSADA
Todos los pueblos han pasado por una etapa de supersticiones en que la gente cree en la existencia de fantasmas. Pocos países se han liberado totalmente de esas supercherías y México, por desgracia, no está entre ellos. Por desgracia, por una parte, pero por fortuna, por otra, pues estas creencias han dado y siguen dando, motivo a muy interesantes leyendas. La más popular era hasta pocos años “La Llorona;” antes fue “El Nahual;” en la actualidad han gozado sucesivamente de renombre distintos entes sobrenaturales, inventados por personas poco respetuosas que, aprovechándose del ascendiente que los espectros ejercen sobre las masas, los han utilizado para propaganda—¡hágame usted favor!—de sorteos de la Lotería Nacional.
A esa desatinada publicidad se debe que muchos creyentes hayan perdido el respeto que los aparecidos gozaban en épocas idas. En efecto, por los incontables relatos de antaño de González Obregón y de Valle-Arizpe consignan en sus libros, tocante a los espantosos seres de ultratumba, hemos de inferir que éstos tendrían asustados a nuestros asombradizos predecesores, en grado tal, que suponemos sería punto menos que desconocido, en aquellas épocas, el estreñimiento. Antes bien. Con tantas terríficas brujas y ánimas del purgatorio nuestros infelices abuelos cumplirían esa humilde función fisiológica, sin la cual no hay dicha posible en este mundo, con más frecuencia que la estrictamente requerida.
Pero hagamos a un lado impúdicas cuestiones escatológicas, que a nada bueno conducen, y continuemos con nuestros fantasmas.
Las leyendas coloniales relacionadas con aparecidos son, en la gente del pueblo, continuación de las existentes entre los antiguos mexicanos y, en los habitantes de la ciudad, reflejo o reproducción de costumbres españolas. El mito de La Llorona tiene infinidad de versiones; una la relaciona con pronósticos que anunciaron a los Aztecas el arribo de Cortés; otra la encarna en la Malinche; Sahagún la remonta a la tradición de la diosa Cilhuacóatl. El propio Sahagún dice que unas estantiguas sin pies ni cabeza, que andaban rodando por el suelo y gimiendo como enfermo asustaban a los medrosos, pero que los indígenas valientes se enfrentaban a esos espíritus malignos y aun salían a su encuentro. Si alguno se topaba con el espectro arremetía y lo sujetaba fuertemente; el ánima le pedía libertad y el indio accedía a condición de que le proporcionara púas de maguey que, según nuestros antepasados, traían fortaleza y valor y hacían cautivar tantos adversarios cuantas espinas diese el aparecido. Otro espectro surgís en los tecorrales, en forma de mujer enana y con andar semejante al de un pato. Otro, con apariencia de calavera, saltaba como bola de hule del juego de pelota; uno más, que parecía difunto, tendido, amortajado, sin embargo se quejaba y gemía. Ellos eran la hechura del maligno dios Tezcatlipoca, quien merece un voto de censura de todo buen mexicano por haber dejado transcurrir su vida sin provecho para él ni para la patria; carecía totalmente de sentido comercial; con la habilidad de que disponía habría conseguido en los días que corren cuando menos el cargo de jefe de publicidad de la Lotería Nacional, y quién sabe si hasta el de gerente.
Ahora dejemos las cosas de la historia en santa paz e incursionemos en una popular narración, hecha en verso, que trata del espeluznante asunto de fantasmas. ¿Adivina usted, culto lector, cuál es? Claro que sí. ¡cómo no lo va a saber!; es la que escribió Margarito Ledesma, poeta ingenuo, con visión muy estrecha del mundo, dado que sólo en dos ocasiones abandonó Chamacuelo, “la bendita tierra que lo vio nacer y donde vio la luz primera;” una para dirigirse a Celaya, con motivo de “un negocio del juzgado,” y otra para ir a San Juan de los Lagos, a cumplir una manda por haber salido con bien cuando cayó en las profundidades de un excusado de pozo.
Seguramente que usted, culto lector, pensó en ella porque ha tenido gran divulgación.
Pues bien, esa poesía del genial Margarito no es a la que me refiero; no, sino a otra que aunque poco difundida entre gente refinada, tiene la virtud de ser más conocida en nuestro país que las de Sor Juana, López Velarde, Amado Nervo y Antonio Plaza. Miles de hombres del pueblo la recitan de memoria, sin haber visto ni el forro de un ejemplar, y lo que es más, a pesar de que algunos no saben leer.
Está usted enterado, culto lector, que nos referimos a El Ánima de Sayula, obra de Teófilo Pedroza cuyo original es punto menos que desconocido. Durante casi tres lustros se han publicado muchas versiones; el autor del presente libro, por no quedarse atrás ofrece la suya:
© A. Jiménez, Picardía Mexicana, LIV Edición (1975), pp. 153 et seq.
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