Los rayos del sol pegaban en su rostro. Los pies avanzaban por el pavimento. Los ojos no prestaban atención a nada de lo que transcurría alrededor, ni aun sus oídos parecían escuchar algún grito conocido. El objetivo era llegar a su casa, arrojar la mochila y mirar por la ventana a Annete: la causa de su desvelo.
Desde la primera vez que la había visto por la ventana, peinando su cabello negro y rizado, había quedado cautivado. Día y noche imaginaba cruzar alguna palabra con ella y al fin, cuando se había decidido, el camino a casa se hacía largo; pese a todo intento por llegar, cada paso hacia adelante parecía dos hacia atrás.
Un punto azul indicaba la llegada a la unidad habitacional. Entró, no pudo dejar de mirar la mudanza estacionada a un costado de la calle, pero no le prestó mayor atención y continuó dirigiéndose con emoción a su casa.
Al llegar, su madre le impidió aventar la mochila y en cambio le colocó otra del lado contrario al que tenía la primera. Desesperado se dirigió a la ventana comprendiendo que era el final, el tiempo no le alcanzó para visualizar a Annete, la pequeña que desde hacía medio año era su mayor ilusión.
Tomándolo de la mano en silencio, su mamá cerró la puerta detrás de ellos y dio la llave a una nueva familia que esperaba con suma ansia ocupar el lugar, y con la llave, entregaba la posibilidad de que otro niño observara a Annete por la ventana, en donde tantas veces él había soñado estar para siempre con ella.
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16 diciembre 2007
La ventana
Quiero agradecer de forma muy especial a la profesora Karla Montalvo de la UACM que me apoyó en la corrección del texto. Además a mis amigos y compañeros de diferentes licenciaturas que me regalaron algo de su tiempo para leer el cuento y decirme sus observaciones. Finalmente, a la persona que fue la inspiración de esta historia y que me permitió plasmarla. Dios los bendice.
Por Guadalupe Hernández
Tema:
revolución educativa
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