Un día, a la pregunta de cómo se podía averiguar si un hombre era realmente un genio, Salvador Dalí contestó:
- Muy sencillo: si ese hombre se llama Dalí y ha nacido en Figueres, seguro que lo es.
Otra vez, en París, cuando le presentaron a la eminente actriz Madeleine Renaud, como esta dijese al pintor ampurdanés que lo admiraba mucho, él respondió:
- Yo también, señora
- Ah, ¿sí? ¿Me ha visto trabajar?
- No me refiero a usted, señora, sino a mí, a quien también admiro profundamente.
Fuente: Félix Cortés A.; en “Los secretos de la humildad” Estos fueron los valientes
El orgullo, la vanidad y la soberbia son características que más que atraer un beneficio a las personas; poco a poco las destruye. Contrariamente lo sencillo, lo humilde y lo servicial se desvanece más y más; formando solo un recuerdo de los valores que algún día dijo tener el ser humano.
La megalomanía pareciera estar presente en todas las personas. Se nos ha olvidado que lo valioso de todo lo que hacemos es cuando la boca de un extraño lo reconoce, y no nosotros mismos. Ojo, la vanidad, el orgullo y la humildad pueden ser palabras no conocidas por nuestro vocabulario, pero que probablemente deberíamos de empezar no solo a usarlas sino a practicarlas.
Lo importante de una acción que se realiza es con el fin no de ser reconocido y exaltado por todo el mundo, sino saber que pese al anonimato esa acción perdurará porque lo hiciste pensando en un bien general y no en uno particular. Que el objetivo de nuestra vida no sea ser exaltados ni reconocidos; pues el mayor reconocimiento que se puede tener es aquél resultado de lo que se hizo.
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