Ignoro si aquel periódico italiano ha seguido titulando de igual forma las amenazas llovidas desde entonces o si otros periódicos en el mundo han sucumbido alguna vez, con parecidos titulares, al breve y fugaz impulso de la franqueza pero, si así hubiera sido, obviamente, no ha sido en España.
Para “normalizar” las relaciones, como corresponde a dos estados “amigos y aliados”, con “tantos intereses en común”, es que la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, iba a venir a España.
Eso fue al menos lo que los grandes medios de comunicación insistieron en explicar, antes, durante y después de la fugaz visita de la “diplomática” estadounidense.
Sin embargo, no parece que ocho horas escasas que se fueron en protocolarios saludos y sonrisas forzadas, fueran tiempo y maneras suficientes como para que dos “amigos y aliados, con tantos intereses en común” salven las diferencias y renueven su complicidad. Y tampoco da la impresión de que el tono de la secretaria, tan seco como imperativo, se corresponda con un reencuentro de “amigos y aliados, con tantos intereses en común”… a no ser que, por más que el concepto pueda resultar caduco y trasnochado, volviéramos al principio de esta reflexión ratificando la penosa vigencia de aquel mensaje a una provincia del imperio.
Porque sólo a eso vino su embajadora, a “normalizar” el vasallaje que “tradicionalmente” ha existido entre la provincia y el imperio, a colocar edictos en las puertas de nuestros pretendidos parlamentos, a dictarnos lecciones de moral y decoro. De ella era la última palabra y nunca renunció a su privilegio.
Y eso que el agraviado, así fuera monarca o ministro de Exteriores, puso especial empeño en no contrariar a la visita con algún inadecuado desencuentro, como mencionar los vuelos clandestinos o interesarse por las cárceles secretas. Fuera el presidente de gobierno o quien aspira a sucederle, nadie la importunó con un recuerdo sobre Couso asesinado impunemente, nadie la contrarió con un sarcasmo guantanamero o con una sutil reflexión sobre la tortura, nadie se puso un lazo negro en callado homenaje a los centenares de miles de muertos que sigue provocando la ambición del imperio y sus “amigos y aliados, con tantos intereses en común”, nadie, que no fuera la calle, se atrevió a responder con dignidad.
Hasta Garzón, tan diligente a veces, desperdició el momento para encausarla por crímenes contra la humanidad.
Fuente: Koldo Campos Sagaseta, Rebelión
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