>> PECADO PAPAL: Estructura de Engaños <<
Garry Wills | New York: Doubleday (2000).
LA MAYORÍA DE LAS GRANES ORGANIZACIONES tienen un procedimiento para rechazar las acciones del Director General que hace decisiones autocráticas y desastrosas. En teoría la Iglesia Católica Romana lo tiene también: Un Concilio General que tiene la facultad de cambiar la doctrina o política de la iglesia. Pero en los dos últimos siglos, la dominación de los Papas ha reducido la importancia. Así que los Católicos que piensan, como Garry Will, que el Papado está desprestigiando a la Iglesia, no tienen a donde voltear excepto a sus compañeros congregantes.
Wills, eminente historiador y uno de los miembros mas distinguidos de los Católicos laicos en los Estados-Unidos, ha escrito una denuncia devastadora, sin miramientos. En la Primera Parte del «PECADO PAPAL»—“Deshonestidades históricas”—demuestra como la jerarquía ha persistido en mentir y esconder información sobre el papel de la Iglesia durante el Holocausto. La Segunda Parte—argumenta que los Papas recientes se han vuelto Leninistas: Se preocupan más en consolidar su poder y autoridad que en las necesidades de los que supuestamente deben ayudar.
En las dos últimas partes del libro—La cuestión de la deshonestidad” y “El resplandor de la verdad”—Wills escribe acerca de sus héroes: Lord Acton, el Cardenal Newman y San Agustín. Los ofrece como ejemplos de que la Iglesia debería seguir para escapar de la “estructura de engaños” Orwelliana que actualmente se ha puesto en práctica por los Papas.
En 1864, Pío IX denunció a aquellos que aseveraban que “el Pontífice Romano puede y debe reconciliarse y aceptar los términos del progreso, liberalismo y la civilización moderna.” Lord Acton—así como Wills, ambos historiadores y académicos reconocidos tienen la capacidad y conocimientos para ponerse al tú-por-tú con los teólogos del Vaticano en su propio terreno— demostraron que Pío IX estaba haciendo al Catolicismo verse ridículo. Consecuentemente, Lord Acton hizo todo lo posible para persuadir al Primer Concilio Vaticano que no le otorgara a Pío IX lo que más codiciaba—la ratificación de la doctrina de la infalibilidad del Papa. Lord Acton perdió esa batalla, después de que Pío IX utilizó todos los trucos a su alcance para someter a todos los prelados al redil.
Pío IX es, según Wills, “una presencia en el Vaticano todavia aún en nuestros días.” La arrogancia y las maquinaciones del Papa fueron, para Wills, puestas en evidencia cuando Paulo VI arrebató la cuestión del control de la natalidad de las manos del Concilio Vaticano Segundo. Paulo VI, escribe, estaba atemorizado de que los prelados en el Concilio repudiaran los pronunciamientos anti-conceptivos de Pío XI, quien en 1930 aseveró lo que “Monty Pitón” describiera como el punto de vista de que “todos y cada uno de los espermatozoides son sagrados.” (“La Majestuosa Divinidad,” escribió Pío XI, “considera con gran reproche este horrible crimen,” es decir, el desperdicio de la semilla en terreno infértil, o en un preservativo.) Por lo tanto Paulo VI decidió mejor hacer la vida miserable para las generaciones venideras de Católicos que permitir que el Concilio admitiera que su predecesor había cometido un error. Wills dice que “Humanae Vitae”, la encíclica que Paulo VI emitió en 1968 reafirmando la prohibición de los métodos anti-conceptivos, “no es realmente acerca del sexo. Es acerca de la autoridad infalible. Paulo VI decidió esta cuestión basado en esa consideración solamente.”
Wills usa este capítulo para plantear su punto principal: “Tan sólo el Papa, nos piden que aceptemos, es el competente para decirle a los Cristianos como vivir… La Santísima Trinidad se comunica con una sola persona en la tierra, la cabeza omnipotente de la Iglesia, una Iglesia que es todo cabeza y no tiene cuerpo ni extremidades. Si eso es así, entonces el cuerpo de Cristo se verá vergonzosamente disminuido.” Pero tiene muchos otros ejemplos de deshonestidad: Interpretaciones intrincadas de las Escrituras, distorsiones manifiestas de la historia eclesiástica, y quejas hipócritas y simples mentiras. Él escribe con extrema franqueza sobre temas que la mayoría de los autores Católicos evitan, como cuando dice: “De hecho la admisión de hombres o mujeres al sacerdocio—lo que está destinado a pasar—puede darse por la razón equivocada, no porque las mujeres y la comunidad se lo merecen, pero por el pánico a la percepción de que el sacerdocio se está convirtiendo en refugio de homosexuales predominantemente.” Igualmente es crítico del Papa de entonces [Juan Pablo II], a quien describe en los mismos términos que Lord Acton usó para Pío IX: “El resto de la Iglesia debe vivir en una estructura de engaños porque este hombre es reacio en su visión intensamente personal.”
Alguien que no es Católico podría tal vez ignorar los primeros 15 capítulos del libro de Wills—los capítulos que se ocupan de la investigación de pistas y de los prelados que encubrieron o sirvieron de tapaderas. Pero únicamente alguien profundamente conocedor de la historia de la Iglesia, y un participante asiduo de la Misa, pudo haber escrito los últimos seis capítulos. En ellos, Wills instiga a sus compañeros Católicos no tan solo en acabar con la tiranía Papal, pero renunciar a la convicción de que su Iglesia es la única que tiene las llaves del Paraíso.
Wills no encuentra ningún uso a la doctrina de la Sucesión Apostólica—que sostiene que sólo Roma, y no Canterbury o Salt Lake City, pueden preparar ministros de culto que son herederos de los Apóstoles con la facultad de la transubstanciación de la Eucaristía, que permiten a los fieles compartir el cuerpo y la sangre de Cristo. Él hubiera querido que la doctrina de la transubstanciación nunca se hubiera concebido, y que los sacerdotes y los Obispos fueran seleccionados por las comunidades de entre sus fieles (como sucedía en tiempos de San Agustín), en lugar de ser designados por la Oficina de Personal de la Curia. La Iglesia ideal de Wills “no restringiría el sacerdocio a los sacerdotes—los magos de la transubstanciación de la Eucaristía. Esto permitiría a las comunidades tener sus propios ministros de culto, sin necesidad de imponer el requisito de celibato que nunca fue exigido por los Apóstoles.
En el capítulo que el Cardenal Joseph Ratzinger y otros dinosauros del Vaticano consideran como lo máximo de la imprudencia, Wills deplora el culto a la Virgen. Él sugiere que los Católicos deberían buscar el elemento femenino de la divinidad en la Tercera Persona de la Trinidad—a quien él se refiere como “ella” en lugar de “el.” Muchos creyentes aunque no seguidores de Ratzinger, piensan que ésto es demasiado drástico. Pero de todas maneras se sorprenden que Wills demuestra la ausencia de doctrina Católica contemporánea (incluyendo a la doctrina Mariana) de las Sagradas Escrituras y de las creencias de los fieles en las primeras cuatro siglos después de Cristo—tan sorprendido como lo estuvieron los Católicos en los tiempos de Lutero al escuchar las mismas cosas. No obstante, Lutero no tenía la intención de dividir a la Iglesia, como tampoco lo desea Wills. Él confía en una reforma interna y no en un rompimiento. Él quisiera que el próximo Papa haga el papel de “Gorbachev” en contraste con el papel de Lenin que jugó Pío XI.
Wills toma con suma seriedad el texto (Juan 14:6) que establece que Cristo es le verdad. Valora a San Agustín como el teólogo que mejor entendió y explicó esta aseveración, como sustento para la opinión de que el “nuevo pecado Papal, de engaño, es peor que los antiguos pecados de avaricia, orgullo, ambición o sexualidad licenciosa. Es un pecado espiritual, en conflicto interior que impide el acceso del Espíritu al alma.” Pero Wills encuentra dificultades para encontrar sustento en San Agustín cuando dice: “No creo que la Iglesia tiene el monopolio del Espíritu, que vive en donde quiera, en cada uno de los Cristianos y denominaciones. De hecho, el Espíritu vive en cada vida religiosa, siempre y cuando responda al llamado divino de la vocación, entre los judíos, budistas, musulmanes y todos los demás.” Estas son las opiniones de Lord Acton en el siglo XIX, y no de San Agustín en el siglo IV.
Wills es un historiador que ha investigado la “libertad” en el contexto Norteamericano y que ha contribuido a descifrar el pensamiento de Jefferson y Lincoln. Es comprensible que desee una Iglesia Católica democrática, que no se dedique a perseguir herejías, y en el que el Papa se dedique a hacer honor a su título original: “siervo de los siervos de Dios.” Sin embargo no hay que olvidar que San Agustín dedicó mucho de su tiempo a denunciar y perseguir herejías, como lo hacen todas las instituciones que se ostentan como especiales, que tienen el privilegio de la comunicación con la divinidad. Si Dios de verdad es generoso para aceptar que los judíos y los budistas siguen su mensaje, entonces no queda claro para que necesitemos una Iglesia de Cristo. Pero si necesitamos de dicha Iglesia, entonces podrá incluir así como excluir, y las herejías serán parte inevitable de la estrategia exclusionaria.
La opinión tradicional de la Iglesia es que Dios no es tan generoso, y que los Cristianos deben de creer en que los Apóstoles de Cristo y sus Sucesores autorizados—pero no en de Buda, Joseph Smith o Mohamed—proporcionan los medios necesarios para la salvación. Para bien o para mal, San Agustín estaría de acuerdo. Wills no lo está. El momento de esta apasionada polémica nos deja confrontando la pregunta: ¿Si una Iglesia de Cristo idealmente honesta podría existir como tal?
© Por Richard RORTY, The New York Times, 11 junio 2000. El Sr. Rorty es professor de Filosofía en el Depto. de Filosofía Comparada de Stamford University, California.
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