Eduardo Ibarra Aguirre | Utopía Como es habitual desde hace 18 años, el congreso del perredismo estuvo antecedido por múltiples anuncios y apuestas de “los agoreros de lo peor”, como denominaba Jesús Reyes Heroles a los comunistas en los años 70.
Visto desde la anterior perspectiva, a los dirigentes y militantes del partido del sol azteca les fue muy bien, pues no sólo no se dividieron –como anticipaban intelectuales orgánicos y publicistas del grupo gobernante-- sino que incluso ampliaron los márgenes para el acuerdo en aspectos políticos, programáticos y estatutarios.
En palabras del doctor Luis Javier Garrido: “El gobierno calderonista, en todo caso, a pesar de las amenazas y el dinero ha fracasado en estos nueve meses de manera estrepitosa en su objetivo por ‘dividir al PRD’ y lograr que dirigentes perredistas de las diversas corrientes, y en especial los de Nueva Izquierda, se alejasen de López Obrador...” (La Jornada, 17-VIII-07, p. 25).
En medio de una tenaz campaña mediática para alentar a la llamada izquierda moderna que sus pregoneros aún no se atreven a definir, seguramente porque mostrarían el cobre, y una persistente manipulación informativa para aislar al de la Revolución Democrática, no es poca cosa que el anunciado choque de trenes –parecido al que inventó Demetrio Sodi de la Tijera para reciclarse políticamente en 1994-- no haya pasado de la toma de la tribuna por las delegadas, el arrebato del micrófono a moderadores y gritos destemplados a Zeferino Torreblanca Galindo.
Mas es necesario observar la cumbre de los perredistas desde el ángulo de las expectativas de los militantes –que cuantifican en seis millones aunque el padrón es tan desastroso que sólo puede sufragar uno de cada dos afiliados-- y los 15 millones de votantes reconocidos oficialmente a la coalición Por el Bien de Todos –la más alta en la historia de las izquierdas casi nonagenarias-- y el movimiento social.
Respecto a los sufragios conquistados del 2 julio de 2006, como en las tres jornadas previas, no es omitible el papel desempeñado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y por Andrés Manuel López Obrador, seguramente superior al del mismo partido. Y por ello mismo ambos, proponiéndoselo o no, complicaron el funcionamiento de la institucionalidad y de las dirigencias partidistas. Esto seguramente alentó la creación de corrientes políticas como una forma de hacer contrapeso al enorme espacio que ocupaba el michoacano y que fue decisivo en la inoportuna formación del partido del 6 de julio.
Las corrientes devinieron en grupos de presión para disputar candidaturas, presupuestos y cargos de gobierno. Es decir: resultó peor el remedio de las corrientes frente a la enfermedad de liderazgos fortísimos. Ahora hasta Jesús Ortega Martínez propone que “desaparezcan como grupos de presión”.
Puede apreciarse que los 2 mil 195 delegados y sus dirigentes, particularmente el discurso unitario del tabasqueño, la aptitud para ceder del hidrocálido y la capacidad negociadora de Alejandro Encinas Rodríguez permitieron sortear con éxito puntos espinosos, como retirar del apartado de la autocrítica “la inasistencia de AMLO al primer debate televisivo de los candidatos presidenciales”.
Pero enseguida prometen “una reflexión institucional, objetiva y pormenorizada de la experiencia de 2006”, que los 15 millones de votantes esperan desde hace un año y que poco servirá dentro de un lustro.
Tiene razón el otrora señor López al exigir a sus compañeros: “No rehuyamos el debate y la autocrítica... no hay partido democrático en el mundo sin grupos y sin discrepancias internas, la unanimidad es sólo un sueño del autoritarismo”.
Sólo que el temor a “dar argumentos al adversario”, a convertirse en “una izquierda legitimadora” de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, podría mutarse en freno para el debate que entre más tarde en darse más daño causará al PRD, sus aliados y votantes.
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