Por:Rafael Rodríguez Cruz
En la guagua que va de la estación del metro El Silencio hasta la populosa parroquia 23 de enero en Caracas, hay un letrero dirigido a los opositores al gobierno de Chávez, que no puede pasar desapercibido: ! A sufrir brujas! El conductor de la guagua -ante mi insistencia y curiosidad- explica que “brujas” es un término genérico que aplica por igual a hombres y mujeres. Una bruja es una persona que se dedica al chisme y la envidia, especialmente en contra de los pobres y desposeídos.
Pero la guagua que sube a las colinas del noroeste de Caracas no parece, a primera vista, poder ser objeto de la envidia de nadie. Es más bien un pequeño camión de carga, al cual le han hecho algunas ventanas rectangulares y le han soldado bancos de metal con colchones baratos por encima. No lleva más de once o doce pasajeros, pero el chofer cuenta con un ayudante que cobra el importe y que, de paso, va cambiando las estaciones del radio para asegurar la música más pegajosa; sea salsa, reguetón o bachata. No obstante, en el aire y en la actitud de la gente es visible un sentimiento de orgullo bien marcado, propio -diría yo- de personas tan y tan seguras de sí mismas que no se detienen para nada a valorar las palabras de los envidiosos.
Lo cierto es que, cuando se trata de las cosas importantes en la vida, la parroquia 23 de enero no tiene mucho que enviarle a nadie. Carmen Reyes, una líder de la comunidad y ex-campesina del estado de Sucre, me explica en pocas palabras la raíz del orgullo patente que hoy sienten los habitantes de este barrio pobre de Caracas: “Antes éramos estúpidos. Pero entonces llegó el señor comandante Chávez. La parroquia 23 de enero fue el primer lugar de Venezuela en ser declarado territorio libre de analfabetismo”. Doña Petra, una octogenaria que se nos ha parado al lado, abre bien los ojos y comienza a moverlos en forma circular como si describiera rápidamente una rueda perfecta. Explica que hace par de años la operaron de cataratas uno médicos cubanos y ahora ve perfectamente. De hecho -dice- en la parroquia 23 de enero hay médicos gratuitos en todos los bloques. Hay centros de diagnóstico, de tratamiento y rehabilitación, así como misiones de médicos cubanos y clínicas ambulantes. Ahora van a comenzar con la “misión sonrisa” para dar tratamiento gratuito a los problemas dentales de todo el mundo.
Mientras Carmen y Dona Petra hablan, observo con detenimiento las calles, tiendas y estructuras de vivienda de la parroquia 23 de enero. Me recuerdo de mis años de infancia en Guayama. En los barrios pobres de Caracas hay perros satos por todas partes. Es difícil no querer a un pueblo que trata así a estos humildes canes. Me siento, pues, de veras en mi casa. No obstante, la realidad es que la parroquia 23 de enero cuenta con una arquitectura y arreglo espacial único, quizás en toda América.
El asunto comenzó en 1954 bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Al igual que algunos gobernantes previos de Venezuela, Pérez Jiménez soñaba con europeizar a Caracas; es decir, con borrar toda huella de sus orígenes indígena, negro y mestizo. Para ello, promovió activamente la inmigración, entre otros, de pobladores italianos, portugueses y alemanes. Mas, su obra de gracia sería la creación de una comunidad urbana modelo en las colinas al noroeste de Caracas, colindando con Catia, donde vivían precisamente miles de personas pobres y de sangre mestiza. Pérez Jiménez la bautizó en los planos de diseño con el nombre “parroquia 2 de diciembre”, en honor al aniversario de su llegada la poder, el 2 de diciembre de 1952. La misma contaría con treinta y ocho bloques o edificios de quince pisos, nueve mil ciento setenta y seis (9,176) apartamentos, veinticinco centros comerciales, 5 escuelas primarias, ocho guarderías y dos centros culturales. Todo diseñado para la clase media y los pudientes que poblarían en sus sueños el lugar. Arquitectónicamente es un calco de una urbanización francesa llamada Le Corbusier. En total, Pérez Jiménez quería ubicar en el lugar a 60,000 personas de alcurnia y “sangre buena”. La construcción de la parroquia modelo comenzó en 1954 poco después de la remoción de los pobres que vivían en las colinas y culminó en diciembre de 1957, para el aniversario de la dictadura.
Pero entonces llegó el 23 de enero de 1958. Una huelga general impulsada por varios sectores de la sociedad venezolana -sindicatos, comunistas, militares, estudiantes, empresarios y periodistas- puso término ese día a la dictadura de Pérez y Jiménez, y éste huyó del país. Los habitantes pobres de la ciudad de Caracas, quienes habían jugado un papel clave en la caída de la dictadura, optaron entonces por ocupar los apartamentos, edificios y estructuras de vivienda recién creados en las colinas. Le cambiaron el nombre de 2 de diciembre a parroquia 23 de enero y se adueñaron de todos y cada uno de los bloques; o sea, de treinta y ocho edificios de quince pisos cada uno, con nueve mil ciento setenta y seis apartamentos, veinticinco centros comerciales, cinco escuelas primarias, ocho guarderías y dos centros culturales. Todavía están allí, en un gran barrio proletario con vista al Avila majestuoso y al centro de Caracas.
Al enterarme del origen tan interesante de la parroquia, decido caminar libremente por sus calles y cuestas. Me acompañan Gamal, Marcel y Juan Pablo, miembros todos del Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela. Dicen tener una sorpresa para darme. Después de bordear la curva del sector La Piedrita, llegamos al Liceo Manuel Palacio Fajardo. Este lugar cumple de día las funciones de escuela pública para niños y niñas y, de noche, es centro educativo comunitario. Está inmaculadamente limpio. Tres perros satos, con muy buena salud y mejor actitud, descansan en la entrada misma del liceo. En el patio exterior le han construido a éstos una casita para que se resguarden de la lluvia y el mal tiempo. Un mural adorna la pared principal de la estructura educativa. Tiene la imagen de Bolívar y un mensaje tan sencillo como implacablemente cierto: “La única batalla que no puede perderse es la última”.
Pues bien, hoy es el 4 de agosto de 2007 y en el Liceo Manuel Palacio Fajardo se lleva a cabo la segunda asamblea de batallones socialistas de la parroquia 23 de enero. Los batallones son la unidad de base del propuesto Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Cada batallón está integrado por 200 militantes vinculados a un área territorial específica. En la parroquia 23 de enero hay, como es de esperarse, numerosos batallones organizados en función de los distintos bloques o edificios. En el salón en que me encuentro hay miembros de tan sólo cuatro. La organización del PSUV -por lo que veo en la poca literatura que reparten- se encuentra aún en sus etapas iniciales. Por toda Venezuela se están llevando a cabo en estos días asambleas regionales para elegir a los delegados al Congreso Fundacional del Partido. Se espera que a fin de año se realice una consulta nacional aprobatoria del PSUV.
Como llegamos a la asamblea sin dar previo aviso, nos piden que nos identifiquemos; cosa que hacemos de inmediato. Gamal, Juan Pablo, Marcel y yo firmamos el libro de asistencia. Entro al salón del Liceo cargando todos mis estereotipos de la lucha socialista en Puerto Rico y Estados Unidos, lugares en que se demasiadas veces se toman las decisiones de arriba para abajo y donde los programas políticos se generan de antemano por las cúpulas de dirigentes y los intelectuales de izquierda. Así, ocupo enseguida uno de los pupitres humildes de la escuela y espero a que alguien me facilite una copia de la propuesta de programa. Varias vecinas de la parroquia 23 de enero, que están a cargo de la asamblea, aclaran de inmediato todo el asunto, al decir a manera de introducción a la asamblea: “Aquí no hay programa escrito. Nos toca a nosotros y nosotras decirle al comandante Chávez qué tipo de partido queremos para Venezuela y cuáles han de ser sus lineamientos”. Acto seguido escribe en la pizarra en letras grandes: “Tema: El partido que queremos”.
No puedo evitar escudriñar a las personas que se encuentran en el Liceo. La noche antes, precisamente, había estado en una fonda típica de la clase media y pudiente venezolana, en un lugar llamado Las Mercedes. Casi todos los comensales en el lugar eran blancos, con rostros marcadamente europeos, y estaban vestidos con tela fina. Comían y bebían, a mi entender, de forma bastante indisciplinada, como si fueran gente acostumbrada a los excesos y liviandades. La indisciplina y la inconsciencia, por alguna razón, me parecen rasgos grotescamente visibles de las clases privilegiadas de nuestra América. Lo pude notar en el año 2004 en una visita a la ciudad, por cierto no muy progresista, de Valencia. Y lo he podido constatar nuevamente ahora en Las Mercedes. Sea como sea, el ambiente social y humano en el Liceo Manuel Palacio Fajardo es completamente diferente. Se trata -en la asamblea- de gente humilde de barrio, que impactan por la seriedad con que tratan la encomienda de trazar los lineamientos del partido socialista. Como la verdadera Venezuela, son representativos de todos los grupos étnicos y razas; hay blancos pobres, negros, y mestizos. Parece gente con sobrada disciplina, como lo es su presidente Chávez.
Apenas comenzada, la asamblea se divide en sub-grupos para tratar el tema de los lineamientos del partido. El debate se extiende por varias horas, y yo me acerco discretamente a cada uno de los grupos. Quiero escuchar de qué conversan. Oigo que hablan del imperialismo, de los derechos de las mujeres y de la necesidad de un partido que sirva de veras a los intereses de la mayoría. Mencionan a Marx, al Che, a Bolívar, a Chávez y Fidel Castro. Me parece maravilloso, pues se trata de gente muy parecida a la de cualquier caserío o barriada pobre de Puerto Rico. Casi no creo lo que veo. Al final del debate, escogen portavoces y se reconstituye el pleno de la asamblea. Una joven, que anda con su niñito, hace uso de la palabra y enumera las cosas que su grupo quiere del partido: 1) que no sea un partido de cogollos; 2) que coloque la igualdad social en primer plano; 3) que sea marxista y bolivariano; 4) que sea democrático y que respete los deseos de las mayorías organizadas en asambleas; 5) que sea amplio e incluya a los trabajadores, las clases medias y los indígenas; 6) que sea ético y no permita a los mentirosos, y 7) que limite los cargos oficiales en el partido a tan sólo dos años. Otro portavoz, en este caso un señor en su tercera edad, enumera lo que su grupo considera derechos fundamentales a incluir en la plataforma del PSUV: a) el derecho a la información veraz; b) el derecho a la salud, la educación y la vivienda; c) la igualdad plena para las mujeres; d) la no discriminación por raza y edad. En eso, alguien lo interrumpe para proponer la eliminación de la burocracia y el derecho de revocación inmediata de los funcionarios del partido que no se muestren competentes. La asamblea se expresa en un aplauso que ensordece. Empiezo a pitar fuertemente. Estoy alegre de que Gamal, Marcel y Juan Pablo me hayan dado tan grata sorpresa.
Finalizada la actividad, un hombre setentón se me acerca y comienza a hablar de Albizu Campos. Dice que los venezolanos se alegrarían de que Puerto Rico fuera independiente. El hombre tiene un color de piel entre rojizo y marrón. Su nariz es exageradamente aguileña; es decir, fina y muy, muy prolongada. Me cuenta algo de la tradición de combatividad de la parroquia 23 de enero. Dice que en la asamblea no hay nadie que no haya sido víctima personalmente -o través de un familiar- de la represión por parte de los gobernantes que precedieron a Chávez. Otro hombre, que estuvo preso por 16 años, lo confirma. Y es que la parroquia 23 de enero siempre ha estado a la vanguardia de las luchas revolucionarias y reivindicaciones democráticas. En 1989, por ejemplo, miles de vecinos de la parroquia bajaron las colinas para participar en las protestas que llevaron al fatídico “caracazo”. El 27 de febrero de ese año, Caracas entera se movilizó en contra de las políticas neoliberales implementadas por el gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien actuaba a encargo del Fondo Monetario Internacional. Lo que siguió, dice, fueron largos días de una represión terrible. El gobierno militarizó la ciudad y masacró a cientos y cientos de caraqueños, especialmente de comunidades pobres. Estas últimas, sin embargo, no se quedaron de brazos cruzados y crearon numerosas organizaciones de lucha, entre las que se encuentran las siguientes: el Círculo Bolivariano La Piedrita, La Fundación Simón Bolívar, el Movimiento Revolucionario Tupamaros, la Coordinadora Simón Bolívar, la Brigada Muralista Che Guevara, Remadel, la Comunidad Organizada del Bloque 17 y el Círculo Bolivariano Abrebrecha. La historia de esos cruentos días de represión está plasmada, artísticamente, en los numerosos murales políticos que adornan la parroquia 23 de enero y que han dado fama internacional a sus muralistas. [Ver: Caracas, Los murales del 23; prensadefrente.org]. Además, durante el fallido golpe de estado de abril de 2002 se puso en evidencia de nuevo la combatividad de la parroquia. En ese momento, miles de vecinos se movilizaron para resistir a los militares golpistas, particularmente en el área del Puente Llaguno. El 11 de abril de 2002 Alexis González -uno de los combatientes revolucionarios de la parroquia- fue asesinado por la policía metropolitana de Caracas, opuesta Chávez. Hoy su nombre sirve de inspiración al Colectivo Alexis Vive, que insertado en la comunidad lucha por las reivindicaciones populares, desde la perspectiva de los jóvenes y el poder popular.
Son las cuatro de la tarde. Mientras el hombre sigue narrando eventos que trato lo mejor que puedo de anotar en un papel, noto que una gigantesca nube se ha posado sobre el Cerro Avila. Este es visible desde el patio exterior del Liceo Manuel Palacio. Es imposible no dejarse seducir por la belleza y masividad de esta gran montaña, hoy protegida como parque nacional. De repente, el cielo entero se ilumina con un gran rayo que azota la cima del Avila poderoso. Juan Pablo me explica que eso no es nada, que por allá por los campos Chile, de donde viene su familia, hay rayos de kilómetros y kilómetros de ancho. El agua empieza a caer entonces con la fuerza propia de las grandes cataratas.
Cansados de esperar a que el diluvio cesara, Gamal, Marcel, Juan Pablo y yo bajamos de las colinas del 23 de enero hacia el centro de Caracas, mojándonos en la larga travesía que incluyó, dicho sea de paso, una buena caminata. Ya en el hotel, encendí la televisión, y sin querer tropecé con uno de los canales de la llamada oposición a Chávez. Un hombre insoportable, cuya existencia no merece -como diría Cantinflas- ni tan siquiera ignorarse, estuvo hablando por largo tiempo de que le negaban de forma absoluta el derecho a hablar. Parecía una cotorra. En otro canal de los opositores (que dicho sea de paso controlan la mayoría de los canales y la prensa escrita), tildaban a Chávez de dictador, de no permitir ningún tipo de disidencia. No paraban de hablar del mismo asunto, y decidí no seguir escuchando el reclamo completamente falso de que en Venezuela no hay plena libertad de expresión. Al fin y al cabo, era el último día de mi viaje, y sentía en mi corazón el mismo deseo que quizás sintió un tío mío, treinta y cinco años atrás, cuando llegó a Caracas un día y se quedó para siempre. Así, porque sí, sin darle explicaciones a nadie; porque le dio la real y pura gana. Ahora es chavista.
Avergonzado en parte de mi falta de coraje, miré al Avila de reojo para darle así una despedida aparentemente seca y fría, lo que en realidad no correspondía a mis verdaderos sentimientos. El cerro estaba maravilloso. Me sentí enamorado de su esplendor natural. Ya se había desprendido, entre otras cosas, de la gigantesca nube que llevaba encima y lucía su usual traje de gala verde. El día anterior, precisamente -o sea el 3 de agosto de 2007-, la prensa opositora había atacado a Chávez por la no renovación de la licencia de la compañía privada que hasta entonces venía operando el teleférico que va al Hotel Humbolt, en la cima del monte. Ahora, por primera vez en la historia del moderno teleférico, el viaje podría hacerse completamente gratis. “A sufrir brujas -dije para mis adentros- que esta revolución socialista es como el Avila: una verdadera fuerza imponente”. De Caracas no hay forma de despedirse sin que no se le salga a uno el corazón en el aliento….
* El autor estuvo en Caracas del 30 de julio al 5 de agosto de 2007 como invitado del Programa Palabras en Puerta vinculado a la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad y al Ministerio de Cultura de las República Bolivariana de Venezuela. Participó en varias actividades comunitarias en Catia, San Agustín y la parroquia 23 de enero. Aquí narra lo que vio y le contaron en las calles de Caracas. Cualquier error es del autor.
En la guagua que va de la estación del metro El Silencio hasta la populosa parroquia 23 de enero en Caracas, hay un letrero dirigido a los opositores al gobierno de Chávez, que no puede pasar desapercibido: ! A sufrir brujas! El conductor de la guagua -ante mi insistencia y curiosidad- explica que “brujas” es un término genérico que aplica por igual a hombres y mujeres. Una bruja es una persona que se dedica al chisme y la envidia, especialmente en contra de los pobres y desposeídos.
Pero la guagua que sube a las colinas del noroeste de Caracas no parece, a primera vista, poder ser objeto de la envidia de nadie. Es más bien un pequeño camión de carga, al cual le han hecho algunas ventanas rectangulares y le han soldado bancos de metal con colchones baratos por encima. No lleva más de once o doce pasajeros, pero el chofer cuenta con un ayudante que cobra el importe y que, de paso, va cambiando las estaciones del radio para asegurar la música más pegajosa; sea salsa, reguetón o bachata. No obstante, en el aire y en la actitud de la gente es visible un sentimiento de orgullo bien marcado, propio -diría yo- de personas tan y tan seguras de sí mismas que no se detienen para nada a valorar las palabras de los envidiosos.
Lo cierto es que, cuando se trata de las cosas importantes en la vida, la parroquia 23 de enero no tiene mucho que enviarle a nadie. Carmen Reyes, una líder de la comunidad y ex-campesina del estado de Sucre, me explica en pocas palabras la raíz del orgullo patente que hoy sienten los habitantes de este barrio pobre de Caracas: “Antes éramos estúpidos. Pero entonces llegó el señor comandante Chávez. La parroquia 23 de enero fue el primer lugar de Venezuela en ser declarado territorio libre de analfabetismo”. Doña Petra, una octogenaria que se nos ha parado al lado, abre bien los ojos y comienza a moverlos en forma circular como si describiera rápidamente una rueda perfecta. Explica que hace par de años la operaron de cataratas uno médicos cubanos y ahora ve perfectamente. De hecho -dice- en la parroquia 23 de enero hay médicos gratuitos en todos los bloques. Hay centros de diagnóstico, de tratamiento y rehabilitación, así como misiones de médicos cubanos y clínicas ambulantes. Ahora van a comenzar con la “misión sonrisa” para dar tratamiento gratuito a los problemas dentales de todo el mundo.
Mientras Carmen y Dona Petra hablan, observo con detenimiento las calles, tiendas y estructuras de vivienda de la parroquia 23 de enero. Me recuerdo de mis años de infancia en Guayama. En los barrios pobres de Caracas hay perros satos por todas partes. Es difícil no querer a un pueblo que trata así a estos humildes canes. Me siento, pues, de veras en mi casa. No obstante, la realidad es que la parroquia 23 de enero cuenta con una arquitectura y arreglo espacial único, quizás en toda América.
El asunto comenzó en 1954 bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Al igual que algunos gobernantes previos de Venezuela, Pérez Jiménez soñaba con europeizar a Caracas; es decir, con borrar toda huella de sus orígenes indígena, negro y mestizo. Para ello, promovió activamente la inmigración, entre otros, de pobladores italianos, portugueses y alemanes. Mas, su obra de gracia sería la creación de una comunidad urbana modelo en las colinas al noroeste de Caracas, colindando con Catia, donde vivían precisamente miles de personas pobres y de sangre mestiza. Pérez Jiménez la bautizó en los planos de diseño con el nombre “parroquia 2 de diciembre”, en honor al aniversario de su llegada la poder, el 2 de diciembre de 1952. La misma contaría con treinta y ocho bloques o edificios de quince pisos, nueve mil ciento setenta y seis (9,176) apartamentos, veinticinco centros comerciales, 5 escuelas primarias, ocho guarderías y dos centros culturales. Todo diseñado para la clase media y los pudientes que poblarían en sus sueños el lugar. Arquitectónicamente es un calco de una urbanización francesa llamada Le Corbusier. En total, Pérez Jiménez quería ubicar en el lugar a 60,000 personas de alcurnia y “sangre buena”. La construcción de la parroquia modelo comenzó en 1954 poco después de la remoción de los pobres que vivían en las colinas y culminó en diciembre de 1957, para el aniversario de la dictadura.
Pero entonces llegó el 23 de enero de 1958. Una huelga general impulsada por varios sectores de la sociedad venezolana -sindicatos, comunistas, militares, estudiantes, empresarios y periodistas- puso término ese día a la dictadura de Pérez y Jiménez, y éste huyó del país. Los habitantes pobres de la ciudad de Caracas, quienes habían jugado un papel clave en la caída de la dictadura, optaron entonces por ocupar los apartamentos, edificios y estructuras de vivienda recién creados en las colinas. Le cambiaron el nombre de 2 de diciembre a parroquia 23 de enero y se adueñaron de todos y cada uno de los bloques; o sea, de treinta y ocho edificios de quince pisos cada uno, con nueve mil ciento setenta y seis apartamentos, veinticinco centros comerciales, cinco escuelas primarias, ocho guarderías y dos centros culturales. Todavía están allí, en un gran barrio proletario con vista al Avila majestuoso y al centro de Caracas.
Al enterarme del origen tan interesante de la parroquia, decido caminar libremente por sus calles y cuestas. Me acompañan Gamal, Marcel y Juan Pablo, miembros todos del Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela. Dicen tener una sorpresa para darme. Después de bordear la curva del sector La Piedrita, llegamos al Liceo Manuel Palacio Fajardo. Este lugar cumple de día las funciones de escuela pública para niños y niñas y, de noche, es centro educativo comunitario. Está inmaculadamente limpio. Tres perros satos, con muy buena salud y mejor actitud, descansan en la entrada misma del liceo. En el patio exterior le han construido a éstos una casita para que se resguarden de la lluvia y el mal tiempo. Un mural adorna la pared principal de la estructura educativa. Tiene la imagen de Bolívar y un mensaje tan sencillo como implacablemente cierto: “La única batalla que no puede perderse es la última”.
Pues bien, hoy es el 4 de agosto de 2007 y en el Liceo Manuel Palacio Fajardo se lleva a cabo la segunda asamblea de batallones socialistas de la parroquia 23 de enero. Los batallones son la unidad de base del propuesto Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Cada batallón está integrado por 200 militantes vinculados a un área territorial específica. En la parroquia 23 de enero hay, como es de esperarse, numerosos batallones organizados en función de los distintos bloques o edificios. En el salón en que me encuentro hay miembros de tan sólo cuatro. La organización del PSUV -por lo que veo en la poca literatura que reparten- se encuentra aún en sus etapas iniciales. Por toda Venezuela se están llevando a cabo en estos días asambleas regionales para elegir a los delegados al Congreso Fundacional del Partido. Se espera que a fin de año se realice una consulta nacional aprobatoria del PSUV.
Como llegamos a la asamblea sin dar previo aviso, nos piden que nos identifiquemos; cosa que hacemos de inmediato. Gamal, Juan Pablo, Marcel y yo firmamos el libro de asistencia. Entro al salón del Liceo cargando todos mis estereotipos de la lucha socialista en Puerto Rico y Estados Unidos, lugares en que se demasiadas veces se toman las decisiones de arriba para abajo y donde los programas políticos se generan de antemano por las cúpulas de dirigentes y los intelectuales de izquierda. Así, ocupo enseguida uno de los pupitres humildes de la escuela y espero a que alguien me facilite una copia de la propuesta de programa. Varias vecinas de la parroquia 23 de enero, que están a cargo de la asamblea, aclaran de inmediato todo el asunto, al decir a manera de introducción a la asamblea: “Aquí no hay programa escrito. Nos toca a nosotros y nosotras decirle al comandante Chávez qué tipo de partido queremos para Venezuela y cuáles han de ser sus lineamientos”. Acto seguido escribe en la pizarra en letras grandes: “Tema: El partido que queremos”.
No puedo evitar escudriñar a las personas que se encuentran en el Liceo. La noche antes, precisamente, había estado en una fonda típica de la clase media y pudiente venezolana, en un lugar llamado Las Mercedes. Casi todos los comensales en el lugar eran blancos, con rostros marcadamente europeos, y estaban vestidos con tela fina. Comían y bebían, a mi entender, de forma bastante indisciplinada, como si fueran gente acostumbrada a los excesos y liviandades. La indisciplina y la inconsciencia, por alguna razón, me parecen rasgos grotescamente visibles de las clases privilegiadas de nuestra América. Lo pude notar en el año 2004 en una visita a la ciudad, por cierto no muy progresista, de Valencia. Y lo he podido constatar nuevamente ahora en Las Mercedes. Sea como sea, el ambiente social y humano en el Liceo Manuel Palacio Fajardo es completamente diferente. Se trata -en la asamblea- de gente humilde de barrio, que impactan por la seriedad con que tratan la encomienda de trazar los lineamientos del partido socialista. Como la verdadera Venezuela, son representativos de todos los grupos étnicos y razas; hay blancos pobres, negros, y mestizos. Parece gente con sobrada disciplina, como lo es su presidente Chávez.
Apenas comenzada, la asamblea se divide en sub-grupos para tratar el tema de los lineamientos del partido. El debate se extiende por varias horas, y yo me acerco discretamente a cada uno de los grupos. Quiero escuchar de qué conversan. Oigo que hablan del imperialismo, de los derechos de las mujeres y de la necesidad de un partido que sirva de veras a los intereses de la mayoría. Mencionan a Marx, al Che, a Bolívar, a Chávez y Fidel Castro. Me parece maravilloso, pues se trata de gente muy parecida a la de cualquier caserío o barriada pobre de Puerto Rico. Casi no creo lo que veo. Al final del debate, escogen portavoces y se reconstituye el pleno de la asamblea. Una joven, que anda con su niñito, hace uso de la palabra y enumera las cosas que su grupo quiere del partido: 1) que no sea un partido de cogollos; 2) que coloque la igualdad social en primer plano; 3) que sea marxista y bolivariano; 4) que sea democrático y que respete los deseos de las mayorías organizadas en asambleas; 5) que sea amplio e incluya a los trabajadores, las clases medias y los indígenas; 6) que sea ético y no permita a los mentirosos, y 7) que limite los cargos oficiales en el partido a tan sólo dos años. Otro portavoz, en este caso un señor en su tercera edad, enumera lo que su grupo considera derechos fundamentales a incluir en la plataforma del PSUV: a) el derecho a la información veraz; b) el derecho a la salud, la educación y la vivienda; c) la igualdad plena para las mujeres; d) la no discriminación por raza y edad. En eso, alguien lo interrumpe para proponer la eliminación de la burocracia y el derecho de revocación inmediata de los funcionarios del partido que no se muestren competentes. La asamblea se expresa en un aplauso que ensordece. Empiezo a pitar fuertemente. Estoy alegre de que Gamal, Marcel y Juan Pablo me hayan dado tan grata sorpresa.
Finalizada la actividad, un hombre setentón se me acerca y comienza a hablar de Albizu Campos. Dice que los venezolanos se alegrarían de que Puerto Rico fuera independiente. El hombre tiene un color de piel entre rojizo y marrón. Su nariz es exageradamente aguileña; es decir, fina y muy, muy prolongada. Me cuenta algo de la tradición de combatividad de la parroquia 23 de enero. Dice que en la asamblea no hay nadie que no haya sido víctima personalmente -o través de un familiar- de la represión por parte de los gobernantes que precedieron a Chávez. Otro hombre, que estuvo preso por 16 años, lo confirma. Y es que la parroquia 23 de enero siempre ha estado a la vanguardia de las luchas revolucionarias y reivindicaciones democráticas. En 1989, por ejemplo, miles de vecinos de la parroquia bajaron las colinas para participar en las protestas que llevaron al fatídico “caracazo”. El 27 de febrero de ese año, Caracas entera se movilizó en contra de las políticas neoliberales implementadas por el gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien actuaba a encargo del Fondo Monetario Internacional. Lo que siguió, dice, fueron largos días de una represión terrible. El gobierno militarizó la ciudad y masacró a cientos y cientos de caraqueños, especialmente de comunidades pobres. Estas últimas, sin embargo, no se quedaron de brazos cruzados y crearon numerosas organizaciones de lucha, entre las que se encuentran las siguientes: el Círculo Bolivariano La Piedrita, La Fundación Simón Bolívar, el Movimiento Revolucionario Tupamaros, la Coordinadora Simón Bolívar, la Brigada Muralista Che Guevara, Remadel, la Comunidad Organizada del Bloque 17 y el Círculo Bolivariano Abrebrecha. La historia de esos cruentos días de represión está plasmada, artísticamente, en los numerosos murales políticos que adornan la parroquia 23 de enero y que han dado fama internacional a sus muralistas. [Ver: Caracas, Los murales del 23; prensadefrente.org]. Además, durante el fallido golpe de estado de abril de 2002 se puso en evidencia de nuevo la combatividad de la parroquia. En ese momento, miles de vecinos se movilizaron para resistir a los militares golpistas, particularmente en el área del Puente Llaguno. El 11 de abril de 2002 Alexis González -uno de los combatientes revolucionarios de la parroquia- fue asesinado por la policía metropolitana de Caracas, opuesta Chávez. Hoy su nombre sirve de inspiración al Colectivo Alexis Vive, que insertado en la comunidad lucha por las reivindicaciones populares, desde la perspectiva de los jóvenes y el poder popular.
Son las cuatro de la tarde. Mientras el hombre sigue narrando eventos que trato lo mejor que puedo de anotar en un papel, noto que una gigantesca nube se ha posado sobre el Cerro Avila. Este es visible desde el patio exterior del Liceo Manuel Palacio. Es imposible no dejarse seducir por la belleza y masividad de esta gran montaña, hoy protegida como parque nacional. De repente, el cielo entero se ilumina con un gran rayo que azota la cima del Avila poderoso. Juan Pablo me explica que eso no es nada, que por allá por los campos Chile, de donde viene su familia, hay rayos de kilómetros y kilómetros de ancho. El agua empieza a caer entonces con la fuerza propia de las grandes cataratas.
Cansados de esperar a que el diluvio cesara, Gamal, Marcel, Juan Pablo y yo bajamos de las colinas del 23 de enero hacia el centro de Caracas, mojándonos en la larga travesía que incluyó, dicho sea de paso, una buena caminata. Ya en el hotel, encendí la televisión, y sin querer tropecé con uno de los canales de la llamada oposición a Chávez. Un hombre insoportable, cuya existencia no merece -como diría Cantinflas- ni tan siquiera ignorarse, estuvo hablando por largo tiempo de que le negaban de forma absoluta el derecho a hablar. Parecía una cotorra. En otro canal de los opositores (que dicho sea de paso controlan la mayoría de los canales y la prensa escrita), tildaban a Chávez de dictador, de no permitir ningún tipo de disidencia. No paraban de hablar del mismo asunto, y decidí no seguir escuchando el reclamo completamente falso de que en Venezuela no hay plena libertad de expresión. Al fin y al cabo, era el último día de mi viaje, y sentía en mi corazón el mismo deseo que quizás sintió un tío mío, treinta y cinco años atrás, cuando llegó a Caracas un día y se quedó para siempre. Así, porque sí, sin darle explicaciones a nadie; porque le dio la real y pura gana. Ahora es chavista.
Avergonzado en parte de mi falta de coraje, miré al Avila de reojo para darle así una despedida aparentemente seca y fría, lo que en realidad no correspondía a mis verdaderos sentimientos. El cerro estaba maravilloso. Me sentí enamorado de su esplendor natural. Ya se había desprendido, entre otras cosas, de la gigantesca nube que llevaba encima y lucía su usual traje de gala verde. El día anterior, precisamente -o sea el 3 de agosto de 2007-, la prensa opositora había atacado a Chávez por la no renovación de la licencia de la compañía privada que hasta entonces venía operando el teleférico que va al Hotel Humbolt, en la cima del monte. Ahora, por primera vez en la historia del moderno teleférico, el viaje podría hacerse completamente gratis. “A sufrir brujas -dije para mis adentros- que esta revolución socialista es como el Avila: una verdadera fuerza imponente”. De Caracas no hay forma de despedirse sin que no se le salga a uno el corazón en el aliento….
* El autor estuvo en Caracas del 30 de julio al 5 de agosto de 2007 como invitado del Programa Palabras en Puerta vinculado a la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad y al Ministerio de Cultura de las República Bolivariana de Venezuela. Participó en varias actividades comunitarias en Catia, San Agustín y la parroquia 23 de enero. Aquí narra lo que vio y le contaron en las calles de Caracas. Cualquier error es del autor.
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