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07 septiembre 2007

El solitario

J. Jesús Esquivel

En medio del desprestigio, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se va quedando solo. Varios de sus principales colaboradores –otrora leales– lo abandonan y sus correligionarios del Partido Republicano se deslindan de sus políticas. No es gratuito: Bush se ha convertido en un lastre para los republicanos, quienes aspiran a ganar las elecciones presidenciales de noviembre de 2008.

WASHINGTON.- En el ocaso de su presidencia, George W. Bush se va quedando solo; sus colaboradores y amigos más cercanos lo abandonan de manera voluntaria u obligados por las presiones del Congreso de su país.


Es larga la lista de los desertores de su grupo selecto con el que llegó a la Casa Blanca para iniciar “una nueva etapa” del poder republicano en enero de 2001. Varios de ellos buscan incluso deslindarse ahora de las políticas del mandatario estadunidense, pues temen que el desprestigio de su administración les afecte su futuro en la política o en los negocios.

“No estuve de acuerdo con todas las decisiones que se tomaron sobre la guerra en Irak ni con el manejo de la estrategia para vender al Congreso la necesidad de acabar con el régimen de Sadam Hussein”, declaró el 1 de mayo de 2006 el general Colin Powell, quien fungió como secretario de Estado en el primer mandato de Bush (2001-2005).

Powell fue el primero en abandonar a Bush. Lo hizo en enero de 2005, justo después de que éste ganó la reelección presidencial con base en la política del miedo a nuevos ataques terroristas, como los ocurridos en septiembre de 2001 en Washington y Nueva York.

El abandono

Junto con Powell se fue el subsecretario de Estado, Richard Armitage. El retiro de estos dos hombres –con mucho prestigio entre los círculos del poder político y militar en Estados Unidos– marcó el inicio del fin de la influencia y popularidad de la presidencia de Bush.

Después salieron del gobierno Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, secretario y subsecretario de Defensa, respectivamente. El segundo renunció en enero de 2005 y Rumsfeld el 8 de noviembre de 2006.

Ambos participaron en el diseño y la conducción de la guerra en Irak, cuyo fracaso provocó la derrota electoral de los republicanos en las elecciones intermedias de noviembre de 2006 y propició que los demócratas retomaran el control del Congreso estadunidense. Wolfowitz salió de la administración antes de dichas elecciones, pero ya las encuestas presagiaban la derrota electoral de los republicanos, y Rumsfeld renunció dos días después de las elecciones. Pagó de inmediato el costo político de esa derrota.

Previamente –en diciembre de 2004– Tom Ridge, secretario de Seguridad Interior, había presentado su renuncia, pero ésta no fue considerada por los analistas como un abandono. Ridge no era un colaborador cercano a Bush, sino que su nombramiento fue parte de la cuota de funcionarios del gabinete que el presidente otorgó al Partido Republicano.

El 28 de marzo de 2006 dejó el gobierno Andrew Card, jefe de Gabinete de Bush y su principal negociador con demócratas y republicanos en el Congreso. Dejó la Casa Blanca para reintegrarse a su firma de abogados Card & Associates.

De hecho, a partir del otoño de 2005, las renuncias se sucedieron en la Casa Blanca: en octubre de ese año la de Harriet Miers, asesora de Asuntos Legales; en abril de 2006 la del vocero Scott McClelland; en mayo pasado la de J. D. Crouch, consejero de Seguridad Nacional; y en junio pasado las de Dan Bartlett, jefe de Comunicaciones, y Sara Taylor, directora de Asuntos Políticos.

Todos ellos eran parte del grupo de amigos que colaboraban con Bush desde que éste fue gobernador en Texas, de 1995 a 2000.

Sin embargo, la renuncia de Karl Rove fue la más significativa. Desde su discreto cargo como subjefe de Gabinete, él era en los hechos el principal asesor del presidente y la figura emblemática de su administración. Rove diseñó las campañas que llevaron a Bush a ganar la gubernatura de Texas en 1995 y la presidencia en 2000 y en 2004. Éste lo llamaba “mi arquitecto”.

Siempre cerca del mandatario, que lo consultaba tanto en asuntos internacionales como de política interna, Rove renunció el pasado 31 de agosto, dijo, “para pasar más tiempo con mi familia”.

Su salida del gobierno consolidó la idea de que al presidente lo están abandonando los que eran sus más fieles colaboradores. Además, dicha salida allanó el camino a otra renuncia, ésta forzada por el Congreso: la de Alberto Gonzales, procurador general de Justicia, quien dejó el cargo el pasado 27 de agosto.

Y es que, de acuerdo con investigaciones iniciadas por el Congreso, Rove habría pedido a Gonzales “despedir” a siete fiscales federales cuya ideología no comulgaba con la de la Casa Blanca para poner en su lugar a miembros afines al Partido Republicano.

Gonzales lo hizo y así le fue: los despidos, realizados durante 2006, derivaron en un escándalo cuando uno de los fiscales –cuyo nombre no se dio a conocer– los denunció en noviembre pasado ante la Oficina del Inspector General del Departamento de Justicia.

Senadores y representantes demócratas, más algunos republicanos, llamaron a comparecer hasta en seis ocasiones a Gonzales, quien ante preguntas puntuales de los congresistas sólo atinaba a contestar: “no recuerdo”, “fue hace mucho tiempo” y “no tengo memoria clara del incidente o de la reunión”.

Los legisladores acusaron a Gonzales de perjurio y esperan el resultado de una investigación en curso para eventualmente fincarle cargos formalmente.

El deslinde

El apoyo de los estadunidenses al gobierno de Bush está por los suelos. Según encuestas de la firma Gallup, en enero de 2006, 46% de los ciudadanos desaprobaron su labor como presidente y en agosto pasado ese rechazo aumentó a 66%.

La causa principal: el fracaso de la guerra en Irak y el empecinamiento del presidente en mantener a las tropas estadunidenses en ese país, cuya invasión justificó mediante una mentira: la existencia de armas de destrucción masiva en poder del régimen de Sadam Hussein.

Los estadunidenses cobraron a Bush y a los republicanos las mentiras sobre Irak y la muerte de sus soldados en ese país (cuyo número supera actualmente los 3 mil): votaron por los demócratas en las elecciones de noviembre de 2006.

Ahora, de cara a las elecciones presidenciales de 2008, los republicanos intentan deslindarse de las políticas de Bush. Temen que su desprestigiada figura les reste votos.

El pasado 27 de agosto, durante un acto para recolectar fondos en Filadelfia, Scot Reed, uno de los líderes del Partido Republicano resumió la percepción de sus correligionarios: “Es preferible que el presidente Bush se abstenga de intentar hacer campaña a favor de quien resulte candidato presidencial republicano porque lo ligaría a la situación en Irak”. Eso, a su juicio, podría llevarlos a la derrota.

El hecho es significativo, pues tradicionalmente los presidentes estadunidenses que están en su segundo mandato participan en la plataforma política que adoptan primero los precandidatos y después el candidato presidencial de su partido. Además, normalmente la opinión del presidente es tomada en cuenta para elegir a los candidatos al Congreso. Ahora los republicanos quieren que Bush permanezca ajeno al proceso.

Más aún, los presidentes que cumplen su segundo mandato aprovechan los dos últimos años para establecer las políticas públicas que dejarán como legado. En el caso de Bush, legisladores de su propio partido abortaron dos iniciativas que él intentó sacar adelante en el Congreso: la reforma migratoria y la privatización del sistema del seguro social.

Incluso, congresistas republicanos ya demandan públicamente lo que sus pares demócratas piden desde hace al menos un año: el retiro de las tropas de Irak.

“Tengo que decir con todo respeto al presidente que debe escoger cualquier número: 5 mil, 10 mil o 20 mil, cualquiera, pero debe comenzar a sacar a las tropas de Irak para que regresen con sus familias y seres queridos a más tardar en la Navidad de este año”, dijo por ejemplo John Warner, senador republicano por el estado de Virginia, durante una conferencia de prensa realizada el pasado 24 de agosto.

Es tal el desprestigio del presidente Bush, que los influyentes diarios The Washington Post y The New York Times lo han comparado con Richard Nixon, el exmandatario que, después de muerto, no se quita de encima el estigma de corrupción y abuso de poder por el caso de espionaje político conocido como Watergate.

“Los problemas que ha tenido el presidente Bush debido a la guerra en Irak y el efecto que éstos tienen en los estadunidenses sólo se compara con el ánimo tan negativo que vivió el país en la presidencia de Richard Nixon durante el escándalo del Watergate”, escribió Mike Nizza el pasado 22 de agosto en un artículo publicado en The New York Times.

Abandonado por muchos de sus colaboradores cercanos, sin respaldo de la sociedad estadunidense, bloqueado por sus compañeros de partido y atacado por la prensa de su país, Bush escapa de la Casa Blanca y algunos fines de semana se refugia en las montañas de Maryland, donde está la casa presidencial de descanso de Camp David.

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