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07 septiembre 2007

México y su encrucijada

Por: Julio Pomar

No es por una suerte de resentimiento político por lo que en este espacio periodístico (Palenque) se mantiene la línea de no aceptar el fraude electoral del 2006 ni, por consecuencia, a las autoridades surgidas de ese momento. Para muchos, incluso gente muy digna, no sólo de derecha sino también de izquierda, ya es el momento de voltear la página y aceptar el resultado electoral tal como lo determinaron entre el IFE y el Tribunal Electoral, con el conocido resultado de que Felipe Calderón Hinojosa ascendió a titular del Poder Ejecutivo. Hay que ser prácticos y realistas, me dicen. Opinamos diferente. El fraude del 2006 por el cual le arrebataron el triunfo al pueblo, no sólo a López Obrador, es una herida abierta en la entraña de México que implica muchas cosas graves para el presente y para el futuro del país. Está en juego no solamente la incipiente democracia, sino también el rumbo del país en lo social, lo económico y lo cultural, principalmente. Y no se avizora un rumbo positivo para México bajo estas circunstancias.

La democracia naciente sufrió un golpe -bajo, por añadidura- con el maniobreo de las élites privilegiadas a favor del calderonismo. No querían, costara lo que costara, que llegase al poder uno que consideraban su “enemigo”, López Obrador. Quieren el poder simplemente porque con él apalancan sus posiciones y mantienen el dominio creciente que habían venido conquistando en los últimos sexenios de la hegemonía del PRI... con la complicidad del mismo PRI. Este partido, como lo definió alguna vez Enrique Ramírez y Ramírez, era “fruto de la historia y la geografía de México”. Esto es, no se trataba de una invención política no trascendente, sino que nutría su raíz del gran movimiento social iniciado en 1910, que lo impelió a lo largo de las décadas a mantener el rumbo del ordenamiento político teñido de aspiraciones populares, tanto como a establecer un valladar frente a los apetitos expansionistas o injerencistas de la superpotencia del norte. Y de ahí, entre otras muchas cosas, su digna política exterior.

Pero trastocó sus caminos. De sexenio en sexenio se dejó ganar posiciones por las fuerzas de la derecha, sobre todo permitiéndoles que operasen crecientemente en su propio interior. Primero fueron los “bebesaurios” tecnócratas del echeverrismo y del lopezportillismo, pero después esos bebés crecieron monstruosamente y se convirtieron en neoliberales puros y agresivos, todo dentro del partido gobernante, bajo la gran influencia y simpatía imperiales. El resultado está a la vista: los priístas se divorciaron de sus raíces genuinamente populares, perdieron la brújula, se consagraron a sólo administrar la abundancia de poder que les había sido heredada y dieron al traste con el nacionalismo económico (también llamado revolucionario) que fue palabra de orden desde los primeros gobiernos surgidos de la revolución del 10-17 hasta la mitad del siglo XX, incluso el periodo del llamado “desarrollo estabilizador”. Olvidaron la vieja sentencia, casi axiomática, de que cuando el gobierno actúa coaligado con el pueblo, con sus fuerzas organizadas, el país avanza; y al revés, cuando gobierno y pueblo se divorcian, el país retrocede. El esquema es muy claro a la fecha. El resultado es que la derecha llegó al poder neto desde el salinismo (1988-1994), aunque siguiera bajo el manto priísta. Por ello el gran visir de esta derecha que dice que gobierna a México es el propio Carlos Salinas. Y el país, con todo y la pujanza acumulada en siete o más décadas de historia reciente, está retrocediendo a ojos vistas en espacios críticos de su existencia.

El hecho de que la derecha mantenga su pretensión de privatizar la industria petrolera es un indicador suficiente de ese brutal cambio de rumbo, así este retroceso se quiera enmascarar en razones de “eficacia y eficiencia” de la empresa petrolera. A esta la tienen como la gran proveedora de recursos fiscales y ello, desde los tiempos priístas, ha mantenido en laxitud y olvido una necesarísima y profunda reforma fiscal, según la cual los que más ingresan deben pagar más. Un gobierno sin finanzas fuertes es un gobierno débil. Por eso las fuerzas de la conservación económica han acudido al aplauso -bajo la mesa, naturalmente- hacia la existencia de Pemex, sin renunciar a subvertir el modelo estatista bajo el cual se conduce la industria petrolera. Pero de seguro que, una vez privatizada Pemex, a su interés no le iba a gustar que ya no contribuyese con casi la mitad de los recursos fiscales que hoy aporta al erario la paraestatal del petróleo. ¿Quién los habría de pagar? Ellos dicen que debe ser el pueblo.

Junto con la derecha económica, que postula más y más mercado sin ataduras de ninguna especie por parte del Estado, o sea, capitalismo salvaje, ha estado desatada la derecha ideológica y política. Esta, ante el triunfo gradual de la derecha económica, cree que ha llegado el momento de la revancha contra el republicanismo avanzado instaurado con Benito Juárez, truncado con Porfirio Díaz y renacido en la gran revolución del 10, así como reafirmado con don Lázaro Cárdenas del Río en los 30. No que se propongan retornar a los decimonónicos tiempos del dominio indiviso de la alianza terratenientes-iglesia-ejército, lo cual es simplemente ilusorio, pero sí a algo parecido, donde nada tengan ya que hacer los grandes alientos populares en el país. De lo cual son muestra las actuales políticas anti populares en el sector minero, contra los sindicatos, con los productos de consumo del pueblo, con la quiebra del empleo y la economía que expulsa a mexicanos al exterior, etc.

Por ello, la gran esperanza popular que suscitó el obradorismo en el 2006, en tanto que movimiento popular, fue vista como “peligro” por los oligarcas y las élites. Y en ello, con el auxilio de la mediocracia, arrastraron a un buen sector de las clases medias y marearon a no pocos personeros del progreso anterior, cuyos nombres están en la boca y la mente de todos los que sigan con cierta atención los diversos episodios de nuestra historia actual. Y se fueron con todo contra el pueblo y su lucha democrática. Sabido es cómo, primero, intentaron infructuosamente el desafuero de AMLO, y después trucaron el conteo electoral hasta configurar uno de los más graves fraudes políticos de que se tenga memoria en este país plagado de fraudes electorales.

Por todo ello, en este espacio periodístico no pedimos gracia ni la damos a los atracadores del voto popular del 2006. Por eso mismo no nos prosternamos ante el supuesto triunfo “democrático” de la derecha. Sobre todo porque sigue pendiente el rumbo que México haya de tomar en los años y decenios venideros. Y este está plagado, éste sí, de peligros para México, con la derecha en proceso de afianzarse en el poder y con las fuerzas del progreso muchas veces enfangadas en pequeñas querellas intestinas, con la complacencia y el regusto de la derecha. Y del imperio.

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