Rafael Segovia
Campeche
Los problemas siguen siendo los mismos. Si la sociedad se altera o no, es un misterio; la información es restringida, el narco y los demás siguen inalterables, el Presidente se esconde tras un silencio casi absoluto y tras una herencia foxista que cualquier otro habría rechazado.
Volver el Puebla-Panamá, reconociendo el fracaso de su primera versión que surge el mismo día en que se anuncia, va contra el sentido común o, aún peor, es el reconocimiento de una sarta de fracasos en todos los campos.
Hablar de un proyecto común de energía cuando el propio Gobierno reconoce la situación peligrosa en que el país se mueve, está al margen de la sensatez. Se va a ofrecer en el mercado internacional la construcción de una refinería para abastecer a los centroamericanos; es una manera bastante triste de anunciar el repliegue de México, el abandono de cualquier política sudamericana, la aceptación sin más de la delantera brasileña.
Convertirse en el coloso de Centroamérica cuando se presume de ser norteamericanos es, por decir lo menos, triste, pero no podemos esconder que Centroamérica y el Caribe nos servía para ganar campeonatos de fútbol y no siempre. Por comparación, nos encontrábamos con más espacio que en los mundiales. Quizá consideraciones de este tipo llevaron a la Presidencia a anunciar la reunión de Campeche con una discreción obligatoria y digna de mejor causa.
Porque el Presidente tiene una agenda bastante cargada. Desde julio de 2006 ha buscado la manera de borrar cómo fue elegido. Tan pronto como se publica un libro -a veces un simple artículo- sobre la elección, pasa al primer plano el problema de su legitimidad que por el simple análisis de sus propias palabras se pone en evidencia su malestar. La división del país no puede ser más clara pese a los esfuerzos de sus servicios y sus lamentables constructores de imagen.
El proceso político de la legislación sobre el aborto le condujo a Calderón unas extrañas declaraciones donde decía conocer las posiciones radicalmente enfrentadas presentes en la sociedad nacional tan pronto como aparecía este tema ante la opinión pública, y solicitaba una legislación donde no se diera el enfrentamiento. Pedía, pues, lo imposible por la manera como se abordó el problema y se sigue abordando.
Si el alto clero, con las excepciones de todos conocidas, intentó bajar el tono, fue de modo especial el mundillo que hace gala de su integrismo en círculos de clase media tirando a baja quien pretendió meterle fuego al asunto: sólo comprobó su falta de coherencia.
Se nos dice que no se debe despenalizar el aborto. ¿Qué se quiere, pues? ¿Mantener qué penas? ¿Con qué intención? Hay personas que todavía suponen que con mantener las penas y los códigos se evitan los males, como si todo cuanto nos rodea actualmente no fuera una evidencia de lo contrario. Lo es, pero no se quiere ver. En vez de andar difundiendo unos valores devorados por una crisis general de la cultura, harían bien estos nuevos inquisidores en estudiar, en enterarse -así no sea más que por encima- de las 100 mil mujeres que abortan en México todos los años.
Y más allá del aborto, el Presidente de la República debería preocuparse de por qué el asesinato no tiene ya límites en el país y las medidas por él propuestas para limitar el salvajismo de las muertes violentas no sirve para absolutamente nada. Es uno de sus tantos fracasos. Quizá el más grave. Que le pertenece a él y a su partido.
Felipe Calderón y el PAN alcanzaron el poder de mala manera, en medio de dudas y protestas que no han podido disipar. Ir a San Francisco de Campeche a discutir -si es que discusión hubo- con unos señores centroamericanos dueños parcialmente de sus países y de cuanto en ellos tiene algún valor, son ganas de perder el tiempo: la derecha se impondría en esa triste región de este continente sin que haya, en los años por venir, manera para siquiera atenuar una miseria que ya van casi cinco siglos que castiga a sus poblaciones indígenas y las ve morirse de hambre y de enfermedades.
Salir con un discurso sobre la miseria ahora cuando en los meses que van del de julio al de abril no se ha hecho nada para remediar la nuestra, donde no se ha tenido ni pizca de valor para emprender unas reformas indispensable para reconocer lo perdido por el salario obrero e invitar a los empresarios a no celebrar junto con los señores senadores y diputados el aplazamiento de una reforma impositiva, indigna.
Algunas filtraciones de funcionarios que hablan sólo si se les garantiza un secreto absoluto indican el fracaso total del Plan Puebla-Panamá. El Sr. Calderón debería señalar en un arranque de valor que el PPP, ese engendro, es algo ideado por su partido y fiel reflejo de la incapacidad panista para plantear un principio sensato de política exterior.
El Presidente parece no poder dar un paso sin ir acompañado por el Sr. Slim. Que este hombre es uno de los más ricos del mundo es algo conocido por todos los lectores directos e indirectos de Forbes. Pero esas mismas personas también saben que el Sr. Slim no tiene el encargo de sacar a México de la miseria, al menos a las personas y grupos que la padecen en carne propia, y que su misión es hacerse cada día más rico y poderoso.
Ir a presumirlo a una serie de centroamericanos que todos juntos no poseen la quinta parte de la fortuna del Grupo Carso, es de un mal gusto soberano y proyecta una imagen de México y de su Gobierno francamente indigna.
Apenas hemos salido del caso de las pensiones del ISSSTE cuando nos encontramos sumergidos en otros análogos. No sabemos cuánto van a durar el PRI y el PAN en contubernio para disponer de la paciencia de quienes mantienen un sistema de acuerdos escandalosos para beneficio exclusivo de los que en principio monopolizan la economía mexicana.
Campeche
Los problemas siguen siendo los mismos. Si la sociedad se altera o no, es un misterio; la información es restringida, el narco y los demás siguen inalterables, el Presidente se esconde tras un silencio casi absoluto y tras una herencia foxista que cualquier otro habría rechazado.
Volver el Puebla-Panamá, reconociendo el fracaso de su primera versión que surge el mismo día en que se anuncia, va contra el sentido común o, aún peor, es el reconocimiento de una sarta de fracasos en todos los campos.
Hablar de un proyecto común de energía cuando el propio Gobierno reconoce la situación peligrosa en que el país se mueve, está al margen de la sensatez. Se va a ofrecer en el mercado internacional la construcción de una refinería para abastecer a los centroamericanos; es una manera bastante triste de anunciar el repliegue de México, el abandono de cualquier política sudamericana, la aceptación sin más de la delantera brasileña.
Convertirse en el coloso de Centroamérica cuando se presume de ser norteamericanos es, por decir lo menos, triste, pero no podemos esconder que Centroamérica y el Caribe nos servía para ganar campeonatos de fútbol y no siempre. Por comparación, nos encontrábamos con más espacio que en los mundiales. Quizá consideraciones de este tipo llevaron a la Presidencia a anunciar la reunión de Campeche con una discreción obligatoria y digna de mejor causa.
Porque el Presidente tiene una agenda bastante cargada. Desde julio de 2006 ha buscado la manera de borrar cómo fue elegido. Tan pronto como se publica un libro -a veces un simple artículo- sobre la elección, pasa al primer plano el problema de su legitimidad que por el simple análisis de sus propias palabras se pone en evidencia su malestar. La división del país no puede ser más clara pese a los esfuerzos de sus servicios y sus lamentables constructores de imagen.
El proceso político de la legislación sobre el aborto le condujo a Calderón unas extrañas declaraciones donde decía conocer las posiciones radicalmente enfrentadas presentes en la sociedad nacional tan pronto como aparecía este tema ante la opinión pública, y solicitaba una legislación donde no se diera el enfrentamiento. Pedía, pues, lo imposible por la manera como se abordó el problema y se sigue abordando.
Si el alto clero, con las excepciones de todos conocidas, intentó bajar el tono, fue de modo especial el mundillo que hace gala de su integrismo en círculos de clase media tirando a baja quien pretendió meterle fuego al asunto: sólo comprobó su falta de coherencia.
Se nos dice que no se debe despenalizar el aborto. ¿Qué se quiere, pues? ¿Mantener qué penas? ¿Con qué intención? Hay personas que todavía suponen que con mantener las penas y los códigos se evitan los males, como si todo cuanto nos rodea actualmente no fuera una evidencia de lo contrario. Lo es, pero no se quiere ver. En vez de andar difundiendo unos valores devorados por una crisis general de la cultura, harían bien estos nuevos inquisidores en estudiar, en enterarse -así no sea más que por encima- de las 100 mil mujeres que abortan en México todos los años.
Y más allá del aborto, el Presidente de la República debería preocuparse de por qué el asesinato no tiene ya límites en el país y las medidas por él propuestas para limitar el salvajismo de las muertes violentas no sirve para absolutamente nada. Es uno de sus tantos fracasos. Quizá el más grave. Que le pertenece a él y a su partido.
Felipe Calderón y el PAN alcanzaron el poder de mala manera, en medio de dudas y protestas que no han podido disipar. Ir a San Francisco de Campeche a discutir -si es que discusión hubo- con unos señores centroamericanos dueños parcialmente de sus países y de cuanto en ellos tiene algún valor, son ganas de perder el tiempo: la derecha se impondría en esa triste región de este continente sin que haya, en los años por venir, manera para siquiera atenuar una miseria que ya van casi cinco siglos que castiga a sus poblaciones indígenas y las ve morirse de hambre y de enfermedades.
Salir con un discurso sobre la miseria ahora cuando en los meses que van del de julio al de abril no se ha hecho nada para remediar la nuestra, donde no se ha tenido ni pizca de valor para emprender unas reformas indispensable para reconocer lo perdido por el salario obrero e invitar a los empresarios a no celebrar junto con los señores senadores y diputados el aplazamiento de una reforma impositiva, indigna.
Algunas filtraciones de funcionarios que hablan sólo si se les garantiza un secreto absoluto indican el fracaso total del Plan Puebla-Panamá. El Sr. Calderón debería señalar en un arranque de valor que el PPP, ese engendro, es algo ideado por su partido y fiel reflejo de la incapacidad panista para plantear un principio sensato de política exterior.
El Presidente parece no poder dar un paso sin ir acompañado por el Sr. Slim. Que este hombre es uno de los más ricos del mundo es algo conocido por todos los lectores directos e indirectos de Forbes. Pero esas mismas personas también saben que el Sr. Slim no tiene el encargo de sacar a México de la miseria, al menos a las personas y grupos que la padecen en carne propia, y que su misión es hacerse cada día más rico y poderoso.
Ir a presumirlo a una serie de centroamericanos que todos juntos no poseen la quinta parte de la fortuna del Grupo Carso, es de un mal gusto soberano y proyecta una imagen de México y de su Gobierno francamente indigna.
Apenas hemos salido del caso de las pensiones del ISSSTE cuando nos encontramos sumergidos en otros análogos. No sabemos cuánto van a durar el PRI y el PAN en contubernio para disponer de la paciencia de quienes mantienen un sistema de acuerdos escandalosos para beneficio exclusivo de los que en principio monopolizan la economía mexicana.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario