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16 abril 2007

Terrorismo islámico: Mitos y realidades

Una serie de nuevos atentados en el norte de África, sin contar con los que constantemente se realizan en Irak y que esta semana llegaron hasta el Parlamento iraquí, ubicado en la vigiladísima Zona Verde de Bagdad, inundaron los titulares de la prensa internacional como una muestra más de la plena vigencia del terrorismo islámico y, concretamente, de la red de Al Qaeda.


Los medios inclusive destacaron que los bombazos que dejaron 24 muertos y 222 heridos en Argel, se llevaron a cabo el 11 de abril, no sólo como el 11 de septiembre en Nueva York y Washington, y el 11 de marzo en Madrid, sino también en otros días 11 en Túnez (2002), Mumbai (2006) y Casablanca (2007), sugiriendo que los islamistas terndrían alguna predilección por esa fecha, aunque más allá de la coincidencia en ningún caso se dieron explicaciones al respecto.

Lo que sí queda de manifiesto es que, pese a todas las medidas de seguridad y a la guerra global contra el terrorismo, éste sigue activo, y seguirá, más allá de sus motivaciones profundas, mientras no se rompa la espiral entre actos propagandísticos y justificaciones políticas, atizada por las imágenes de terror que divulga la prensa. Esto es, por lo menos, lo que opinan especialistas.

Aunque no llegan al gran público, los libros sobre el terrorismo islámico que se han publicado en Estados Unidos durante los últimos años son numerosos y la mayoría, aunque no niega su letal efervescencia, se dedica a desmitificarlo o a subrayar la ignorancia, cuando no la deliberada exageración que rodea a este fenómeno. Casi todos son producto de centros universitarios o de investigadores independientes, ya que ni siquiera los reportes oficiales de los órganos de seguridad del Estado cuentan con información. Ya ni hablar de interpretaciones confiables.

A mediados de febrero, por ejemplo, un despacho de la agencia EFE informó que la mayoría de los datos sobre terrorismo distribuidos por el Departamento de Justicia de Estados Unidos entre 2001 y 2005 eran “inexactos”. Unos estaban aumentados y otros disminuidos, y apenas un par de ellos se apegaba a la realidad, según reveló una auditoría interna de la propia dependencia.

La exactitud de estos datos es importante porque, a partir de ellos, se mide el éxito o fracaso de la lucha antiterrorista, se diseña su estrategia en la Casa Blanca, se discute en el Congreso y se asignan los presupuestos para los órganos de seguridad y justicia. Parte de esta imprecisión podría atribuirse a la ineptitud, lo cual ya sería grave, pero todo indica que se debe más bien a una manipulación deliberada para ajustar los hechos a los intereses políticos y económicos.

“En lugar de reconocer que la amenaza planteada por Al Qaeda requería cambiar lo que la administración pensaba sobre el problema, ésta cambió el problema para ajustarlo a su pensamiento”, dice Charles Peña, un destacado analista de asuntos de defensa de Washington, en su libro Ganando la No-guerra: una nueva estrategia para la guerra contra el terrorismo.

En cuanto a las exageraciones, John Mueller da ya un indicador en el título de su libro Sobredimensionadas: cómo los políticos y la industria del terrorismo inflan las amenazas a la seguridad nacional y por qué les creemos. Obviamente, acepta, el terrorismo es una amenaza, pero una amenaza mucho menos letal de lo que se presume. “Independientemente de que más estadunidenses han muerto ya en las guerras de Afganistán e Irak que en el World Trade Center, seis veces más conciudadanos mueren cada año en Estados Unidos a causa de conductores ebrios”.

Por su parte Louise Richardson, autora de Lo que quieren los terroristas: comprendiendo al enemigo y conteniendo la amenaza, subraya que el objetivo del terrorismo no es derrotar al enemigo, sino mandar un mensaje, lo que ella simplifica en la fórmula de las tres R: “revancha, renombre y reacción”. Un atentado como el del 11 de septiembre, hace notar, cubre por sí mismo las dos primeras, “pero la sobrerreacción masiva y mal dirigida de la administración Bush le dio a Al Qaeda una recompensa infinitamente mayor a la que jamás soñó alcanzar”.

Las acciones de Estados Unidos transformaron a la organización de Osama Bin Laden de un grupo de conspiradores de baja estofa en un gran enemigo, digno de la atención de una superpotencia. Los videos, las transmisiones televisivas, las revistas, los periódicos y los libros hicieron el resto. “Washington, con sus excesos, le dio poder político a Al Qaeda y ésta, con su triunfalismo, animó a otros a seguir sus mismas tácticas terroristas”, traza Richardson la espiral en curso.

Los tres analistas coinciden, además, en destacar la retórica apocalíptica de algunos funcionarios y comentaristas que siguió al 11-S y que, en buena medida, alimentó el furor de guerra. David Frum, el redactor de los discursos de Bush, asentó que la única opción para Estados Unidos era “la victoria o el Holocausto”. El columnista de The Washington Post, Charles Krauthammer se atrevió a decir que “la civilización misma está en riesgo”. Y Richard Myers, jefe del Estado Mayor Conjunto, advirtió que “los terroristas van a arrasar con nuestro modo de vida”. Esto por citar sólo unos ejemplos.



Virus ideológico

¿Por qué el aparato de poder estadunidense adoptó esta reacción que, a la larga, ha demostrado ser tan contraproducente? Max Rodenbeck, corresponsal de The Economist en Medio Oriente, sugiere que la tentación de promover a un presidente en tiempos de guerra resultó irresistible para algunos operadores de Bush, como Karl Rove. Que la simple entropía burocrática o el deseo del Pentágono de usar sus costosos juguetes, pudo también ser una razón. Y que la influencia de los neoconservadores y del lobby pro-israelí, que vio la oportunidad de lanzar toda la fuerza de la superpotencia contra uno de sus principales enemigos (Irak), con seguridad fue otra.

Como haya sido, y pese a la ofensiva militar contra Afganistán e Irak, Bin Laden se convirtió en una estrella y Al Qaeda en un referente mundial. Y, aunque algunos autores como Lawrence Wright, en La torre en el horizonte: Al Qaeda y la ruta hacia el 9/11, piensan que su auge ya pasó, “ahora la amenaza ya no es su famoso líder, sino un virus ideológico, una espora que flota invisible a través de las fronteras y se reproduce donde quiera que haya jóvenes descontentos y conexiones de Internet”. Por eso, actualmente, la preocupación de los servicios de seguridad es una nueva generación de yihadistas en Europa, Asia y África, “cuyos nombres todavía nadie conoce”.

Ese es sin duda el terrorismo que ha estado en curso desde septiembre de 2001 y que ha golpeado en Madrid, Londres, Bali, Amman, Ankara e infinidad de lugares más, incluyendo esta semana Casablanca y Argel. Su accionar no es menor. Se calculan en varios miles los atentados y, consecuentemente, en varios miles el número de víctimas. Y aun así, al resumir lo que dice la mayoría de los especialistas, el fenómeno del terrorismo islámico se ha exagerado.

No hay, de entrada, un vínculo particular entre el terrorismo y el Islam, aseguran. Si actualmente ha proliferado, es por causas coyunturales, pero es un fenómeno antiguo –dan ejemplos desde antes de Cristo hasta la actualidad– y se ha presentado en todas las religiones y todas las ideologías, y también entre los no creyentes y no seguidores de una corriente de pensamiento específica.

Para ilustrar este punto, uno de los autores resalta que, en sus listas, el Departamento de Estado no discrimina entre las “organizaciones terroristas extranjeras” y, sin embargo, de 42, sólo media docena de filiación islámica –todas vinculadas con Al Qaeda– han atacado o intentado atacar intereses estadunidenses. Otros como Hamas y Hizbolá se centran en Israel. Los salafistas operan sobre todo en el norte de África y el sureste de Asia y, la mayoría restante, son grupos como las FARC, el ERI, la ETA, los Tigres Tamiles, etcétera, que están imbuidos en sus propias luchas locales.

En todo caso, todos coinciden en que no se trata de una ideología o de un enemigo identificable, mucho menos de un fenómeno bélico y, por lo tanto, no se le puede combatir con una guerra. Se trata, más bien, “de una fea técnica de ataque que ha sido utilizada desde tiempos inmemoriales por los débiles contra los fuertes”. Por eso critican también la estrategia del Consejo de Seguridad Nacional, que orientó sus baterías contra los “regímenes canallas” que presuntamente promuven el terrorismo, como serían Irak, Irán, Siria, Libia y sus similares.

Pero no es con ataques preventivos, ni derrocando tiranías, ni promoviendo democracias como se logrará neutralizar a grupos o individuos que se sienten “históricamente agraviados”. La democracia electoral no elimina el terrorismo y otra vez se presentan ejemplos: no sólo el de la ETA en la España postfranquista, sino las Brigadas Rojas en Italia o la Fracción del Ejército Rojo en Alemania, dos países con arraigados usos democráticos.

Evidencian también que, así como Sadam Hussein no tenía armas de destrucción masiva y no significaba un verdadero peligro para la seguridad estadunidense, tampoco lo representa Mahmud Ahmadineyad, aun si Irán lograra desarrollar tecnología nuclear bélica: “Está demasiado lejos, tiene cuatro veces menos población y cien veces menos capacidad económica que Estados Unidos. Está rodeado por fuerzas occidentales aliadas mucho más equipadas y entrenadas que él y estaría arriesgando su propia aniquilación”.

Por lo demás, el riesgo de que los terroristas, en general, usen armas de destrucción masiva, es mínimo. Tanto las químicas como las biológicas son difíciles de conseguir, conservar y activar y, hasta el momento, no hay evidencias de que ningún grupo cuente con material nuclear. Los terroristas, por su parte, tampoco son “puros locos” y, si bien ha aumentado el número de extremistas y atacantes suicidas, la mayoría de las acciones tiene una lógica, un momento, un lugar y un destinatario muy precisos.

Con argumentos como estos, los textos de estudio, de los que aquí se mencionan sólo unos cuantos, van desmitificando al terrorismo islámico que nos han presentado –y que se ha presentado a sí mismo– como una “amenaza global”. Una amenaza para la cual, al final prácticamente todos coinciden, la acción militar a veces es necesaria, pero no la mejor. De hecho, los ejércitos con frecuencia crean más problemas de los que solucionan.

Además, “más aspiracionales que prácticos, como son, casi ningún grupo terrorista ha alcanzado su objetivo de alcanzar el poder, por lo que si no es derrotado, acaba autodisolviéndose o, en el mejor de los casos, deponiendo las armas e integrándose a estructuras partidarias”. Lo demás es exageración, manipulación o simple ruido político para que se mantengan vigentes los propios terroristas o quienes dicen combatirlos. Las víctimas de este juego siniestro, aunque en proporción tal vez pocas, son crudamente reales.

Fuente: lucía luna, agencia Apro.

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