Alfredo Velarde
Ciudad de México, 4 de julio del 2007 (Machete Arte).- Azarosos los tiempos que consumen al mundo y la paciencia de sus habitantes, una breve hojeada a algunas de las más recientes manifestaciones de la política, nacional e internacionalmente vistas las cosas, desde nuestro más inmediato mirador latinoamericano, terminan por hacernos evidente, que éstos, son tiempos de canallas.
Tiempos que sólo una revulsiva y definitoria revolución social de alcances internacionalistas en sus pretensiones últimas, podrán anunciar la aurora de tiempos mejores de inclusión para los de abajo en todas partes. La infernal semana que pasó, no sólo nos obsequió la espantosa corroboración de que los ingenuos que supusieron como posible la llamada “reforma migratoria” en los Estados Unidos, simple y sencillamente, se equivocaron rotundamente. La iniciativa, que en sí misma era extraordinariamente desfavorable para los indocumentados, había incluso llegado a entusiasmar a muchos connacionales nuestros allende el Río Bravo , frente a la actual e inhumana condición-límite que permite la superexplotación de la fuerza de trabajo extranjera en el vecino país, en medio de la discriminación y la marginación de millones de personas.
Pero la iniciativa fue evaporada, en virtud a que sabemos muy bien que, es a la lógica de la acumulación brutal de capital , a la que no convenía la formalización legal de una situación de hecho y que, ahora, recrudecerá las deportaciones forzadas que escindirán a muchas familias que enfrentan el riesgo de su separación obligada, en medio de las más lesivas y explotadoras condiciones económicas para los mexicanos, también aquí, donde el gobierno del “presidente” de facto e impuesto, Felipe Calderón , quien desde su costosa campaña se presentaba grandilocuentemente como el “presidente del empleo”. Pero lo real, más allá de de las nulamente creíbles declaraciones del gobierno federal, es que, cada año, emigran sólo de México 600 mil trabajadores y no parece que la cosa cambiará en los tiempos que corren . ¿Qué hacen realmente los políticos en el poder, de aquí y allá? ¡Prácticamente nada!
A un año del fraude electoral , los millones de mexicanos que sufragaron en favor de la –en el fondo- timorata candidatura burlada de López Obrador , siguen documentando la demostración del fraude electoral. Una actividad que parece a estas alturas un tanto cuanto inútil, porque incluso para quienes desde la izquierda anticapitalista no compartimos ni el ideario, ni los métodos, ni la modalidad de descafeinada “resistencia” más virtual que real que han seguido los integrantes de la CND y el Frente Amplio Progresista , fue muy claro el atropello electoral y no se necesitan dos dedos de frente para saber claramente que el fraude existió y que ha tenido funestas consecuencias para México. Infortunadamente, el tono del movimiento obradorista se manifiesta sin imaginación, escasamente claro y nulamente autocrítico .
El colmo, fueron las declaraciones de la reputada escritora, recientemente laureada, en el marco de sus memorias del fraude, Elena Poniatowska, admirada por otras muchas razones. La autora de Amanecer en el Zócalo , su más reciente trabajo, afirmó sin meditar el significado profundo de sus palabras, que: “El plantón logró conjurar la violencia que parecía inevitable: A un año de ocurrido, está claro que el movimiento encabezado por el hombre que el Partido Acción Nacional denunciaba como peligro para México es pacífico y presenta saldo blanco”. Esta declaración, coronada por otra, que afirmó que “el plantón dio cauce razonable a la ira”, dice sin decir algo escandaloso y que nos explica por qué el contraproducente perredismo gobernante en el país, por ejemplo, un año después termina desayunando en Los Pinos , precisamente con el beneficiario principal del fraude: Felipe Calderón . Si para Poniatowska, es preferible “el saldo blanco” (que no ha sido blanco, por cierto, sino rojo-sangre ) que el cambio real en un esfuerzo general de los inconformes, ya entendimos lo que la presunta lucha de AMLO representa: un puro cambio cosmético extraviado en el civilismo razonable tan incomprensiblemente exaltado por la gran escritora y que condena a las resistencias, solamente, a lamerse las heridas en su por fortuna “saldo blanco”.
Y la cereza del pastel de los canallas, fue la visita del traidor del sandinismo, Daniel Ortega , a Felipe Calderón, también en Los Pinos, y quien fuera puesto en su sitio por el egregio poeta nicaragüense, Ernesto Cardenal respecto del cual afirmó en Coyoacán y resaltado por Proceso , agudamente crítico, las siguientes palabras después de haber compartido estrado, en otro espacio, con el Subcomandante Marcos , lo siguiente: “De Nicaragua les puedo decir que el sandinismo que llegó (al poder) es un falso sandinismo, el de Daniel Ortega y su mujer, no es izquierda, está aliado con lo peor, con el expresidente Alemán, el ladrón más grande de América”.
¿No le parece, amigo lector, que éstos son tiempos de canallas? ¿Qué la única manera de revertir las infames condiciones de vida y trabajo de la gente de abajo, es atreviéndose a ensayar cambios de fondo? ¿Que sólo la revolución es cambio? ¿Y que esa “sensatez” que tanto pontificó Poniatowska , resulta, al final, algo verdaderamente contraproducente? En la sociedad de nuestro tiempo, muchos mexicanos ya no tienen tiempo para ser “razonables” y diferir un verdadero cambio a las calendas griegas y que, con toda certeza, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, entre la posibilidad por ensayar un cambio que traiga las verdaderas alternativas, o perecer, mostrando la imposibilidad de cualquier cambio genuino, como desearía que fueran las cosas para la clase dominante, cosa que nos exige a comprender por qué, ser radicales y ensayar un cambio realmente revolucionario, acaso no es lo mejor, sino lo único que queda o lo que falta.
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