Epigmenio Ibarra
Hace años ya que me prometí a mí mismo no desviar jamás la mirada, es decir, dejar de apuntar mi cámara, ante la muerte. Como disciplina, que marcó mi vida para siempre y que me hace un obsesivo preservador de la memoria de esos años y tanto que no ceso de escribir sobre ellos, establecí que siempre que fuera posible y aun en las condiciones más difíciles habría de registrar con mi lente, así fuera sólo por unos segundos, los rostros de los caídos en combate, de los asesinados, de las victimas inocentes de la guerra con el sólo propósito de que, al menos, para mí, no se volvieran cifras.
No era mi afán el levantamiento de una galería del horror, puro amarillismo periodístico; al contrario, hay en mi videoteca cintas, como el recorrido por la morgue de Sarajevo, que nadie ha visto, ni verá jamás. No soy unos de esos traficantes de cadáveres. Sin embargo quizás algún día una madre, una esposa, un hermano o un hijo encuentren ahí vestigios digitales de un ser amado. Quizás ese
instante terrible perpetuado en la cinta rescate del olvido a alguien que tuvo una historia personal, nombre y apellido, amores, desencuentros, sueños y ese muy improbable pero posible descubrimiento, en virtud de que ahí están las cintas y ahí estuvo antes la voluntad de hacer ese registro, de no desviar pues la mirada, terminé quizás por dar sentido a esas vidas y a esa muerte.
Me negué y me niego a hacer de la muerte violenta, de la que entonces viví rodeado y que hoy desatada ronda por nuestra patria, una costumbre. No me siento cómodo sentado a la misma mesa a desayunar con ella. No quiero cerrar los ojos ante los decapitados, los encapuchados, los cadáveres envueltos en cobijas, aquellos marcados con mensajes o esos otros acribillados por la espalda. No puedo, ni quiero dar la vuelta a la página y combinar la cifra de ejecuciones con las altas y bajas en la bolsa o las estadísticas deportivas. Siento ante la muerte, todavía ahora y me prometo no dejar de hacerlo hasta que yo mismo muera; horror, dolor, compasión, indignación y
espanto.
Escribo así movido por la lectura de los últimos artículos publicados en Milenio por Héctor Aguilar Camín. Puso Héctor el dedo en la llaga; cuando una sociedad como la nuestra pierde ante la violencia la capacidad de asombro, cuando esos muertos se vuelven sólo parte de un torrente de cifras que no cesa de crecer, cantinela cotidiana de conductores de radio y televisión, rápida sucesión de imágenes (tantos
ejecutados en Michoacán, otros tantos en Guerrero, los de costumbre en Nuevo León, Sinaloa o Tamaulipas, los primeros en Aguascalientes) y acostumbrados a la voz que cansina pregona los hechos ya nadie intenta siquiera indagar de quién se trataba, quién era ese que tatuado en el pecho trae inscrita una amenaza. Cuando su rostro impávido, congelado en la fotografía nos mira, a pesar de tener una venda sobre los ojos y nosotros ya no sentimos esa mirada, ya no acusamos siquiera su presencia; es que estamos ya enfermos de un mal terrible; como ahí donde hay guerra hemos hecho de la muerte, del asesinato, una costumbre.
Que digan lo que quieran las autoridades, que esgriman teorías y coartadas, que suelten andanadas de promesas o que se vistan de verde olivo y pretendan con esos desplantes combatir demonios que, de alguna manera ellos mismos han liberado; en amplias zonas del territorio nacional campea ya la ley de plomo o plata. ¿Qué esperaban? Como en la Unión Soviética la caída del régimen condujo a la entronización de la mafia. Allá el borracho de Yeltsin repartió el botín con criminales. Aquí Fox y los suyos obraron de similar manera y hoy impunes contemplan cómo el país, aletargado, hace de la muerte violenta una rutina.
Escribo así también ante la muerte de una mujer indígena en la Sierra de la Zongolica que jamás hubiera soñado verse en las primeras planas de los diarios y en los noticieros de la radio o la televisión. ¿Quién hubiera creído Ernestina Ascencio, que a tus 73 años tu muerte, violada por la tropa –lo que no es improbable en este país- o víctima de la miseria –lo que es aun todavía más frecuente- que tu tendrías, en este tiempo de tantos muertos sin rostro, ni nombre y apellido, el poder de convocar tantas miradas?
"Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte se dicen las verdades."
Gabriel Celaya
Hace años ya que me prometí a mí mismo no desviar jamás la mirada, es decir, dejar de apuntar mi cámara, ante la muerte. Como disciplina, que marcó mi vida para siempre y que me hace un obsesivo preservador de la memoria de esos años y tanto que no ceso de escribir sobre ellos, establecí que siempre que fuera posible y aun en las condiciones más difíciles habría de registrar con mi lente, así fuera sólo por unos segundos, los rostros de los caídos en combate, de los asesinados, de las victimas inocentes de la guerra con el sólo propósito de que, al menos, para mí, no se volvieran cifras.
No era mi afán el levantamiento de una galería del horror, puro amarillismo periodístico; al contrario, hay en mi videoteca cintas, como el recorrido por la morgue de Sarajevo, que nadie ha visto, ni verá jamás. No soy unos de esos traficantes de cadáveres. Sin embargo quizás algún día una madre, una esposa, un hermano o un hijo encuentren ahí vestigios digitales de un ser amado. Quizás ese
instante terrible perpetuado en la cinta rescate del olvido a alguien que tuvo una historia personal, nombre y apellido, amores, desencuentros, sueños y ese muy improbable pero posible descubrimiento, en virtud de que ahí están las cintas y ahí estuvo antes la voluntad de hacer ese registro, de no desviar pues la mirada, terminé quizás por dar sentido a esas vidas y a esa muerte.
Me negué y me niego a hacer de la muerte violenta, de la que entonces viví rodeado y que hoy desatada ronda por nuestra patria, una costumbre. No me siento cómodo sentado a la misma mesa a desayunar con ella. No quiero cerrar los ojos ante los decapitados, los encapuchados, los cadáveres envueltos en cobijas, aquellos marcados con mensajes o esos otros acribillados por la espalda. No puedo, ni quiero dar la vuelta a la página y combinar la cifra de ejecuciones con las altas y bajas en la bolsa o las estadísticas deportivas. Siento ante la muerte, todavía ahora y me prometo no dejar de hacerlo hasta que yo mismo muera; horror, dolor, compasión, indignación y
espanto.
Escribo así movido por la lectura de los últimos artículos publicados en Milenio por Héctor Aguilar Camín. Puso Héctor el dedo en la llaga; cuando una sociedad como la nuestra pierde ante la violencia la capacidad de asombro, cuando esos muertos se vuelven sólo parte de un torrente de cifras que no cesa de crecer, cantinela cotidiana de conductores de radio y televisión, rápida sucesión de imágenes (tantos
ejecutados en Michoacán, otros tantos en Guerrero, los de costumbre en Nuevo León, Sinaloa o Tamaulipas, los primeros en Aguascalientes) y acostumbrados a la voz que cansina pregona los hechos ya nadie intenta siquiera indagar de quién se trataba, quién era ese que tatuado en el pecho trae inscrita una amenaza. Cuando su rostro impávido, congelado en la fotografía nos mira, a pesar de tener una venda sobre los ojos y nosotros ya no sentimos esa mirada, ya no acusamos siquiera su presencia; es que estamos ya enfermos de un mal terrible; como ahí donde hay guerra hemos hecho de la muerte, del asesinato, una costumbre.
Que digan lo que quieran las autoridades, que esgriman teorías y coartadas, que suelten andanadas de promesas o que se vistan de verde olivo y pretendan con esos desplantes combatir demonios que, de alguna manera ellos mismos han liberado; en amplias zonas del territorio nacional campea ya la ley de plomo o plata. ¿Qué esperaban? Como en la Unión Soviética la caída del régimen condujo a la entronización de la mafia. Allá el borracho de Yeltsin repartió el botín con criminales. Aquí Fox y los suyos obraron de similar manera y hoy impunes contemplan cómo el país, aletargado, hace de la muerte violenta una rutina.
Escribo así también ante la muerte de una mujer indígena en la Sierra de la Zongolica que jamás hubiera soñado verse en las primeras planas de los diarios y en los noticieros de la radio o la televisión. ¿Quién hubiera creído Ernestina Ascencio, que a tus 73 años tu muerte, violada por la tropa –lo que no es improbable en este país- o víctima de la miseria –lo que es aun todavía más frecuente- que tu tendrías, en este tiempo de tantos muertos sin rostro, ni nombre y apellido, el poder de convocar tantas miradas?
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