
LA CONVENCIÓN DE AGUASCALIENTES
Entretanto se reunieron en el edificio de la Cámara de Diputados delegados a la Convención de Aguascalientes que convocó el señor Carranza, sin representantes de la División del Norte ni del Ejército del Sur. En una de las sesiones se presentó el Primer Jefe de la Revolución a leer un informe haciendo resaltar los esfuerzos realizados por el pueblo mexicano para derrocar al gobierno espurio de Victoriano Huerta, y terminaba depositando sus facultades en manos de la Convención, y se retiró en el acto para dejarlos en absoluta libertad de deliberar.
Hubo en momento de onda expectación. Se levantó entonces el licenciado Cabrera a proponer que debería nombrarse un sucesor del Primer Jefe de la Revolución. Pero los delegados estaban impresionados por la lectura del informa del Primer Jefe de la Revolución, y no le admitieron su dimisión. Se acordó poco después que continuara desempeñando la Primera Magistratura mientras la Convención reunida en México se trasladaba a un lugar neutral, y poder discutir libremente. Se eligió la ciudad de Aguascalientes para que la Convención se reuniera allí, al seno de la cual también acudirían representantes de los Generales Villa y de Zapata.
En una de las primeras sesiones celebrabas a mediados de octubre de 1914, acordaron los convencionistas firmar cada uno de ellos en la Bandera de la República para comprometerse así de una manera solemne y respetar y acatar los acuerdos de la Convención de Aguascalientes.
Después de ese acto, que revistió una solemnidad extraordinaria, se declaró soberana, y se ordenó que de izara la Bandera de la República en todos los edificios público mientras deliberaban los convencionistas, en señal de acatamiento a esa soberanía.
La Convención de Aguascalientes acordó que tanto el señor Carranza como Villa cesaran en el mando de la Primera Magistratura y la División del Norte, respectivamente.
Después de este acto, iba a proceder la Convención a nombrar al Presidente Interino de la República. Había dos candidatos a desempeñar ese alto puesto, el Presidente de la Convención el General Antonio I. Villarreal y el General Eulalio Gutiérrez, que se había distinguido en la lucha por la libertad.
La Convención de Aguascalientes designó Presidente Interino el General Eulalio Gutiérrez, inteligente, honrado. Fue uno de los primeros luchadores desde antes de que surgiera la figura de Madero. Al ser derrocado el régimen maderista, inmediatamente se puso a las órdenes del Gobernador de Coahuila para acompañarlo en su patriótica aventura. Ahora iba a desempeñar un papel importante en la vida nacional. Entretanto, el señor Carranza desconoció la soberanía de la Convención, abandonó la capital de la República y marchó al Estado de Veracruz para establecer allí su Gobierno. La mayoría de los generales adherentes a la Primera Magistratura desconocen también a la Convención de Aguascalientes. Entonces, una Comisión de convencionistas, integrada por los Generales Álvaro Obregón, Antonio I. Villarreal, Eugenio Aguirre Benavides, Eduardo Hay y el doctor Gutiérrez de Lara, marcharon de Aguascalientes para Orizaba con el fin de entrevistar al señor Carranza, y convencerlo de que debería respetar los acuerdos de la Convención. El señor Carranza le expresó a la Comisión que iba a salir en esos momentos rumbo a Córdoba, y que allí trataría con ella el asunto que les había encomendado la Convención de Aguascalientes.
Al llegar los convencionistas a Córdoba, una imponente manifestación organizada por elementos carrancistas, para impresionar a los delegados, recorría las calles de la población. La compacta muchedumbre fue a situarse frente al Palacio de Gobierno. El señor Carranza salió a un balcón a dirigirse a la población del pueblo de Córdoba. Y después, el caudillo de Coahuila expresó ante la muchedumbre, que si una nueva lucha se iba a iniciar, él ocuparía un sitio de honor para defender la causa de la justicia.
Al terminar el desfile de aquella numerosa manifestación, los convencionistas hablaron con el señor Carranza en una sala del Palacio de Gobierno de Córdoba. Después asistieron a un banquete que el Casino le ofrecía al Primer Jefe, en la misma casa histórica donde el General Agustín de Iturbide y el Virrey don Juan de O’Donojú firmaron los tratados de Córdoba, que ponían fin a la lucha por la Independencia. A la hora de los brindis, el licenciado Heriberto Barrón, que se hallaba entre los comensales, comenzó a murmurar y a pedir que hablasen los generales traidores. El Primer Jefe estaba furioso, frenético, ante aquella embajada. No podía ocultar su contrariedad. Al mismo Obregón lo trató con altanería. Pero el soldado de Santa Rosa y de Santa María se defendió dignamente, brillantemente. Como el señor Carranza insistió ante los delegados de la Convención que para abandonar él la Primera Jefatura era indispensable que Villa dejara el mando de sus fuerzas, el General Obregón expresó con tono enfático—
—Si el General Villa no acepta dejar el mando, yo me comprometo a echarlo. ¡No, el que va a echar a Villa, soy yo, no usted! —respondió Carranza imperiosamente, dando a comprender su contrariedad y enojo.
Se había transfigurado Carranza en esos momentos como cuando desconoció al gobierno de Victoriano Huerta, como cuando ordenó a Villa en la Ciudad de Chihuahua que mandara poner en inmediata libertad al General Manuel Chao, como cuando Pablo González fue a poner condiciones para salir a combatir a Obregón, en los primeros de mayo de 1920, que avanzaba desde Cuernavaca sobre la Capital de la República. En esos momentos difíciles Carranza se crecía, como se creció en esos momentos en que los delegados de la Convención de Aguascalientes trataban de convencerlo que lo patriótico era renunciar a la Primera Jefatura.
Si Carranza estaba dispuesto a renunciar el cargo de Primer Jefe de la Revolución. Pero con condiciones claras, precisas.
Pronto, muy pronto, iban a saber los delegados de la Convención de Aguascalientes qué condiciones ponía Carranza para dejar la Primera Magistratura de la Revolución, donde escribió episodios muy bellos con su valor y su entereza.
© Miguel Alessio Robles, «La Política de la Revolución», Edit. BOTAS, (3a. Ed., 1946).
1 comentario:
Hago de su conocimiento que esta parte de la Historia no la conocia, "un pueblo que no conoce su historia esta encaminado a repetirla" esta frase me la autoaplico,como quien dice machetazo a caballo de esopadas, ahora me quedan claros algunos signo, la vandera carrancista doblegada ante marcos, pero necesitaremos nuevamente 100 años para que las demandas de "los de abajo" el "mejico profundo" sean resueltas, salud y paciencia, gracias por recordarme que "somos aguilas que buelan alto"
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