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17 abril 2007

Locura total

PARÍS.- Mondher Madfai no pudo celebrar su primer aniversario de bodas en Bagdad. Amenazado de muerte por un grupo islamita radical, salió disparado de Irak en septiembre del año pasado.

“Me salvaron mis amigos, tanto en Bagdad como en París”, confía este joven periodista de 28 años, con rostro decidido, mirada inteligente, fuerte sentido del humor y ganas de vivir a toda prueba.

Estamos sentados en un animado café. Pero Madfai parece indiferente a la agitación que nos rodea. Saborea su café con calma y empieza a contar su historia en un francés pulido:

“A mediados del año pasado Ahmed, un amigo que vivía cerca de mi casa y se ganaba la vida trabajando como traductor para los estadunidenses, me enseñó una carta que acababa de recibir. Se notaba que sus autores habían usado una computadora para escribirla. En los ángulos superiores de la hoja se veían dos banderas verdes. La carta empezaba con un versículo del Corán. Luego explicaba a Ahmed que estaba condenado a muerte por cooperar con ‘occidentales que siempre obran contra los intereses del Islam y sólo buscan desfigurar el rostro de nuestra religión y de nuestro país’. Estaba firmada por un Comité de Liquidación de los Infieles, del cual nunca habíamos oído hablar.”

Ahmed no tomó la carta en serio. Pensó que se trataba de una broma de mal gusto de un vecino envidioso. Mondher, por el contrario, entendió en seguida que había sido enviada por islamitas radicales.

“Le aconsejé ‘perderse’ durante un buen rato para que esos tipos se olvidaran de él. No me escuchó. Le insistí. Yo sabía que era algo grave. Siguió sin hacerme caso. Unos días más tarde encontramos su cadáver acribillado en una calle del barrio.”

Breve silencio.

“Algún tiempo después unos individuos raros anduvieron por mi rumbo. Preguntaban a la gente si me conocían y cuál era mi dirección. Explicaban que me debían dinero y que me buscaban para devolvérmelo. Unos amigos me avisaron. Comprendí que era mi turno. Me escondí primero en la casa de mi hermano. A los pocos días, mi padre me hizo llegar una carta que había recibido. Era exactamente la misma que la de Ahmed. Sólo habían cambiado sus nombres y apellidos por los míos (…) Me quedó claro que en cualquier momento iban a irrumpir en casa de mi hermano.”

Mondher se escondió en un hospital donde trabajaba un amigo suyo. Vivió en la habitación del médico de guardia. Logró hablar por teléfono con periodistas franceses con quienes había colaborado. Le consiguieron visa para Francia. Llegó a París el pasado 2 de septiembre. Se hospedó en La Casa de los Periodistas, la cual acoge a reporteros de distintas nacionalidades amenazados de muerte en sus respectivos países. Hace dos semanas su esposa lo alcanzó. Mondher espera su carte de séjour, el equivalente francés de la green card estadunidense. Fue contratado como reportero por la cadena de televisión France 24, una mini CNN que difunde información en francés, inglés y árabe.

“Tuve suerte –reconoce–. Los islamitas me tenían en la mira porque llevaba casi cuatro años trabajando como fixeur para periodistas francófonos. El hecho de que el gobierno francés hubiera condenado la guerra de Bush no les importa lo más mínimo a los radicales. Tampoco les importa que no haya un solo soldado francés en Irak. Para ellos todos los extranjeros son espías y enemigos. Matarlos y eliminar a los traidores iraquíes que colaboran con ellos es un deber (…) Es una locura total (…) Mi país es una locura total.”

Largo suspiro.

“Le fixeur”

“La evolución del trabajo de fixeur es una de las múltiples ilustraciones del caos en que se hunde mi patria”, dice.

Fixeur es un neologismo francés difícil de traducir al español. “Un fixeur hace de todo –recalca Mondher–. Su trabajo rebasa el de simple guía-intérprete. El fixeur primero informa al periodista extranjero sobre la situación real del país, le explica a qué lugares puede ir y cuáles hay que evitar, toma citas para entrevistas, a menudo sugiere qué personajes buscar y qué temas trabajar. Nunca deja solo al reportero, siempre está pendiente de cualquier peligro. La seguridad es su obsesión. Sin fixeur ningún periodista extranjero puede trabajar en Irak”.

Mondher cuenta que en 2003, al principio de la guerra, los enviados especiales se desplazaban en Irak de un lugar a otro con sus fixeurs. Era sumamente arriesgado, pero realizable. La situación se tornó muy complicada cuando empezaron los secuestros de extranjeros.

“En cada reportaje nos jugábamos la vida –dice sin fanfarronería–. Para llegar a ciertos barrios extremistas me tocaba negociar con los líderes del lugar. A veces yo rehusaba ir a ciertas partes.”

Madfai recuerda su aventura con Gérard de Villiers, famoso escritor francés de novelas de espionaje y creador del personaje de SAS, quien estaba recopilando datos para los dos tomos de su libro El tesoro de Saddam.

“Primero quiso conocer un barrio demasiado caliente de Bagdad. Lo llevé a la Federación de las Tribus Iraquíes para establecer un contacto con un jefe sunita muy venerado por los extremistas. Nos mandó con alguien que nos acompañó en esa zona tan dura y siempre se quedó con nosotros. Aun así fue tenso.

“Después De Villiers quiso ir a Faluya, feudo de los seguidores de Saddam Husein. Le conseguí una cita con otro jefe tribal que nos dijo que iba a ser difícil incluso con una persona que nos protegiera. De Villiers insistió. El jefe tribal le siguió advirtiendo que era peligroso. De Villiers se hacía el sordo. Entonces le compré unos DVD realizados por los extremistas de Faluya. Se venden por todas partes. Son escenas muy realistas de cómo degüellan a los secuestrados. De Villiers sólo miró algunos y optó por cambiar de planes.”

Según Mondher, en 2006 le fue imposible salir por las calles con extranjeros. En muchos barrios la gente era hostil. Sentía que en cualquier momento algo grave podía pasar.

“Los escasos periodistas extranjeros que llegan a Bagdad acaban por no salir casi de sus hoteles –subraya Mondher–. Y cuando van a la Zona Verde, la más vigilada de Bagdad, para asistir a una rueda de prensa de algún miembro del gobierno, visten chalecos antibalas, alquilan autos blindados y escolta privada.”

Agrega: “Somos los fixeurs quienes hacemos los reportajes. Yo aprendí el periodismo así. Los reporteros para quienes trabajaba me daban un tema. Salía, grababa todo. Regresaba al hotel, traducía y el periodista montaba su material”.

Esa actividad era extremadamente peligrosa, pero un poco menos moviéndose solo. En un país devastado por el desempleo, ganarse la vida era un lujo. Mondher siguió reporteando.

Cuenta: “Estudié para ser intérprete. Me inscribí en 1998 en el Departamento de Idiomas de la Universidad Mustansirya de Bagdad. Acabé mis estudios en 2001. Saliendo de la universidad me tocó prestar servicio militar. Cuando Bush desató su guerra yo pertenecía a un cuerpo de la Guardia Republicana encargado de los cohetes Scud”.

Bajar al infierno

Mondher calla unos segundos. Toma despacio un vaso de agua. Contrasta la juventud de su rostro con la densidad de las experiencias que acumuló en tan pocos años.

“Cuando nuestro alto mando militar entendió que la guerra era inminente, nos ordenó sacar los cohetes y los lanzadores de cohetes del cuartel para esconderlos en un plantío de palmares en otro barrio de Bagdad. A las cuatro de la mañana del 20 de marzo de 2003 oímos los primeros bombardeos. Estábamos escondidos en trincheras. En ese momento preciso los altoparlantes de una mezquita cercana empezaron a difundir los textos sagrados que suelen leerse para la fiesta del Aid al Fitr, la más importante de la religión musulmana. Todos temblábamos de miedo y de repente escuchar esos textos, que son símbolos de fiesta y felicidad, nos ayudó a controlar el pánico. Fue algo extraordinario.”

Al cabo de unos días, los soldados regresaron a su cuartel que había escapado a los bombardeos de la aviación estadunidense. Dos semanas después del inicio de la guerra, Mondher tuvo un permiso de 24 horas para visitar a su familia. Su madre le rogó que no regresara al cuartel. “No le hacía caso. Al igual que muchos iraquíes, nunca pensé que iban a derrocar a Saddam. Y yo sabía que él era implacable con los desertores. Después de la primera Guerra del Golfo les cortaron las orejas. Muchos fueron ahorcados.

“A las siete de la noche, sin embargo, cambió mi destino. Un soldado me habló para decirme que nuestro cuartel había sido bombardeado. Había muchos muertos, un sinnúmero de heridos y cuatro cuerpos calcinados. Mi amigo quería saber si yo estaba en mi casa o si yo era uno de los calcinados.”

Mondher decidió olvidarse de la Guardia Republicana. Se quedó escondido en su casa. Siguió los acontecimientos por televisión. Cuando vio derrumbada la inmensa estatua de Husein y entendió que los soldados estadunidenses estaban en el centro de Bagdad, supo que la era de Saddam había acabado. “Me sentí aliviado sólo porque no iba a ser condenado por desertor. Pero ver a mi país invadido por los estadunidenses me dolió hasta el tuétano. Yo sabía que eso nos iba a traer puras desgracias. Casi todos lo sabíamos. Pero nadie imaginó el horror que vivimos”.

A los pocos días de la caída del régimen, Mondher se presentó en el hotel Palestina, donde se hospedaba la mayoría de los periodistas extranjeros. Fue así como inició su nueva vida, primero como fixeur, luego como reportero.

Cuando se le pregunta si no le asustaba el riesgo que corría con los periodistas extranjeros, sonríe: “Nací dos años antes de la guerra con Irán, que destruyó a ambos países entre 1980 y 1988. Tenía 12 años cuando en 1990 Bush padre lanzó la primera Guerra del Golfo. Luego nos tocaron las sanciones económicas, los bombardeos de Clinton en 1998, las amenazas permanentes de guerra, la guerra misma en 2003 y desde entonces el descenso al infierno.

“Todos los iraquíes vivimos con la muerte al hombro. Lo que más nos asusta no es tanto nuestra propia muerte como la de nuestros seres queridos. También nos aterra la idea de quedarnos mutilados para siempre, sin recurso alguno. Hay miles de mutilados desamparados en Irak, es atroz (…) Mucha gente dice que es mejor morir de una vez (…) Mucha gente también empieza a añorar el tiempo de Saddam. Yo lo odié, pero también reconozco que lo que se vive ahora es mucho peor que lo que nos tocó en tiempos de la dictadura.”

Mondher es el único de su familia que se ha exiliado: “Tuve que hacerlo. No me quedó de otra –murmura–. Quiero aprovechar mi estadía aquí para crecer y poder ser útil a mi país cuando vuelva a ser normal…

“¿Volverá a serlo algún día?”, se pregunta.

No se contesta.

Fuente: Anne Marie Mergier, REvista Proceso

Aunque hay veces que Sam tiene maneras distinas de opinar sobre esto, yo creo que el daño que se da un oriente medio es por las religiones en parte porque no son vistas de modo apropiado o son llevadas hasta los extremos. Se que se piensa distinto en occidente, pero creo que el hecho de buscar a Dios como gusten no tiene porque marcar la vida de la gente que no lo quiere buscar. Muchas cosas se podrían evitar en efecto si nos vemos como seres humanos, como gente civilizada.

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