Bruno Renaud
La Iglesia Católica no simpatiza para nada con la palabra “ideología”. Consultemos, por ejemplo el Catecismo de la Iglesia Católica, firmado por el papa Juan Pablo II (1992): tres veces aparece la palabra ideología, en contextos francamente negativos: ideologías “dominantes”, con el sentido de “totalitarias y ateas”, y con referencia explícita al “socialismo” o “comunismo”, sin mayores distinciones.
Sin embargo, los especialistas saben hasta qué punto pueden ser distintas las definiciones de este concepto. Tal como la palabra “cultura”, pero mucho más politizada que ella, la ideología es amenazada por el dogmatismo. Una definición es frecuentemente relativa, pero sacralizada por el aval de una autoridad (política o religiosa), lo que permite considerar como ignorantes o confusas las definiciones adversas.
Hoy en día, los científicos sociales no tienden a darle sistemáticamente una comprensión peyorativa, negativa, a la ideología. La ideologización es un proceso general cuya existencia se puede verificar en todos los sistemas de pensamiento, aun religioso. Por tal motivo, no cabe considerar la ideología como la expresión de una mala conciencia deliberada o de un error evidente. Sin embargo, es evidente la parcialidad que afecta a toda ideología: ninguna de ellas implica una visión total de la vida. Al contrario. Positivamente, pues, la ideología es un factor importante de cohesión intelectual y acción. Negativamente, ella suele implicar resistencia al cambio, minimización de las diferencias históricas, y alergia frecuente al diálogo.
Cuando cierta Iglesia rechaza el “Socialismo del siglo XXI” por ser expresión ideológica, no aporta ningún elemento nuevo al análisis. Impide de antemano la necesaria confrontación de ideas. Universaliza indebidamente una acepción particular de la palabra ideología. No se percata de que, en la práctica, la religión es también ideología. Y pretende rechazar el socialismo proyectado por ser supuestamente enemigo de la fe, lo cual no es cierto. Ni la fe cristiana es enemiga de todo socialismo (véanse los escritos del “Centro Gumilla” de los años ’70 y ’80), y menos aún de un socialismo que sigue buscando su propio rostro.
Sacerdote de Petare, Caracas
Publicado en “Últimas Noticias”
La Iglesia Católica no simpatiza para nada con la palabra “ideología”. Consultemos, por ejemplo el Catecismo de la Iglesia Católica, firmado por el papa Juan Pablo II (1992): tres veces aparece la palabra ideología, en contextos francamente negativos: ideologías “dominantes”, con el sentido de “totalitarias y ateas”, y con referencia explícita al “socialismo” o “comunismo”, sin mayores distinciones.
Sin embargo, los especialistas saben hasta qué punto pueden ser distintas las definiciones de este concepto. Tal como la palabra “cultura”, pero mucho más politizada que ella, la ideología es amenazada por el dogmatismo. Una definición es frecuentemente relativa, pero sacralizada por el aval de una autoridad (política o religiosa), lo que permite considerar como ignorantes o confusas las definiciones adversas.
Hoy en día, los científicos sociales no tienden a darle sistemáticamente una comprensión peyorativa, negativa, a la ideología. La ideologización es un proceso general cuya existencia se puede verificar en todos los sistemas de pensamiento, aun religioso. Por tal motivo, no cabe considerar la ideología como la expresión de una mala conciencia deliberada o de un error evidente. Sin embargo, es evidente la parcialidad que afecta a toda ideología: ninguna de ellas implica una visión total de la vida. Al contrario. Positivamente, pues, la ideología es un factor importante de cohesión intelectual y acción. Negativamente, ella suele implicar resistencia al cambio, minimización de las diferencias históricas, y alergia frecuente al diálogo.
Cuando cierta Iglesia rechaza el “Socialismo del siglo XXI” por ser expresión ideológica, no aporta ningún elemento nuevo al análisis. Impide de antemano la necesaria confrontación de ideas. Universaliza indebidamente una acepción particular de la palabra ideología. No se percata de que, en la práctica, la religión es también ideología. Y pretende rechazar el socialismo proyectado por ser supuestamente enemigo de la fe, lo cual no es cierto. Ni la fe cristiana es enemiga de todo socialismo (véanse los escritos del “Centro Gumilla” de los años ’70 y ’80), y menos aún de un socialismo que sigue buscando su propio rostro.
Sacerdote de Petare, Caracas
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