ÍNDICE FLAMÍGERO
FRANCISCO RODRÍGUEZ
ALGUIEN DEBE METER paz. Desde hace días, las provocaciones de uno y otro lado suben de tono. Contingentes autodenominados "libres", seguidores de Andrés Manuel López Obrador, aparecen por las calles que rodean a la Plaza de la Constitución, y las fuerzas federales apostadas ahí desde hace poco más de una semana avanzan sus barricadas o trincheras.
Los "libres" anuncian que estarán ahí desde la tarde de este viernes, y los panistas capitalinos, convocados por la primera sobrina del país, quien además es dirigente de lo poco que hay del PAN en la capital, están citando, para llevarlos en autobuses al Zócalo, "a una generación que ha de pasar a la historia como la que derrotó en el 2000 a un régimen autoritario, corrupto y corruptor y que además en el 2006 libró a la nación de una ruptura irreparable ante la posible llegada de una tiranía maquillada de populismo y demagogia".
Alguien debe meter paz. Y cierto, no va a ser el señor Felipe Calderón.
Mire usted por qué no: Hace un año cuando Carlos María Abascal y Alejandro Encinas negociaban el desalojo del Zócalo para que pudiera efectuarse el Desfile Militar –la condición: que Fox diera "el Grito" en Dolores Hidalgo, en Guanajuato--, Calderón, ya con el fallo del Trife en la mano, se oponía a que el Presidente cediera la Plaza de la Constitución.
Hoy, él mismo, debe mantener la misma postura. No y no y no va a dejar que nadie sino él sea el personaje central en el principal de los balcones de Palacio Nacional.
Para que ante él aparezca dividida la plancha del Zócalo, como dividido está el país. Para que frente a él se presenten los muy posibles encuentros y desencuentros entre las huestes de uno y otro lado, lo que es más que previsible.
Alguien debe meter paz. Y sí, no va a ser el señor Calderón. Ninguno de quienes le rodean tampoco, pues antes que atemperar, alimentan en el ocupante de Los Pinos una gran animadversión hacia los contrarios.
Cierto que, como él mismo ha dicho, el Zócalo no pertenece a ningún partido. No es de los lópezobradoristas, pero tampoco de los panistas que se presentan cual una "generación" que ha derrotado a todos los fantasmas del pasado… sólo para recrear mitos y ritos similares.
Otra vez, la plancha dividida del Zócalo vuelve a presentar la fotografía del dividido país. A escala, si usted quiere. Dividida, que ni qué.
Dice Álvaro Cueva en su artículo del domingo anterior: "A lo mejor todo esto resultó medianamente divertido el año pasado, cuando la resaca electoral nos tenía a la mayoría de los mexicanos con espuma en la boca, pero a estas alturas del sexenio ya no tiene nada de chistoso. Es aburrido, molesto, desesperante."
Al señor Calderón, entonces, este sainete de mañana por la noche no le redituará puntos de popularidad ni, mucho menos, hará que la mitad de los mexicanos consideren legítimo su cargo. Más bien, si la pendencia llega a los enfrentamientos físicos –que siempre los hay, cuando el etílico espíritu de "la mexicana alegría" hace acto de presencia--, dar "el Grito" con la plaza –y el país— dividido puede resultarle peor que contraproducente.
Y al dividido y lastimado país, también.
Por eso alguien debe ya meter paz. Sí, pero ¿quién? ¿Quién tiene la autoridad moral?
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