«CARTAS DE UN MEDICO VIEJO PARA SU HIJA»
Te hablé también de que semejante honor y placer (que sólo una madre puede experimentar) trae aparejada mas responsabilidad ante ti misma como mujer, y ante la humanidad; y te decía que los dolores que origina en la madre el nacimiento de un hijo (como mecanismo indispensable para la expulsión de la criatura) son la expiación y purificación del placer con que fue concebida: te dí además algunas explicaciones y consejos acerca del respeto con que deben examinarse todas las cuestiones relativas al sexo, insistiendo en que la ignorancia no produce santidad, sino enfermedad, molestias y sufrimientos, y que por eso quiero que conozcas científicamente y bien dirigida, todo lo que a ello atañe, analizándolo desde un punto de vista de moral absoluta, de acuerdo con las normas y las leyes (que no son cosas de costumbres) establecidas por la sociedad para garantizar la pureza física y moral de un hombre y una mujer que unen sus vidas y sus cuerpos para sobrellevar juntos “en salud o enfermedad, en pobreza o en abundancia, para bien o para mal” lo mismo que los dolores y el anhelo de que los hijos de esa unión puedan ver en ellos el mejor ejemplo de una vida sana física y moralmente. Te dije que eso es, en resumen, lo que se ha llamado moral o ética sexual.
Pero al hablarte de la matriz o el útero, te decía que era algo así como “el terreno en que se iba a cultivar la semilla fecunda” y al referirme a los ovarios te expliqué que los óvulos que cada veintiocho o treinta días, al abrirse o madurarse un folículo de Graaf, inician su recorrido hacia la matriz, eran como el huevo de una gallina de esas que ponen sin gallo, es decir, que no son fecundos (que no pueden nacer pollitos de ellos) y que para que óvulo salga al exterior, arrastrado por la sangre sin coágulos que forman la menstruación, era necesario que no se encontrara con una célula fecundante masculina (Espermatozoide) porque en éste caso ya no se llama óvulo, sino huevo fecundo, y no debía salir todavía sino fijarse o “anidarse” en la matriz, y te ofrecí que después te hablaría de la “semilla.”
Como en mi próxima carta (y ten paciencia que ya voy a terminar esta serie) te hablaré de cómo el huevo (unión del óvulo femenino con el espermatozoide) crece desde el tamaño de una diminuta cabeza de alfiler, hasta formar un niño de tres o cuatro kilos de peso con sus órganos bien formados y dispuestos para que realicen sus funciones respectivas y de cómo se verifica el nacimiento de un niño (Embarazo y Parto); quiero ahora concentrarme a darte unos pequeños datos acerca de la célula fecundante, elemento masculino, sin cuyo concurso no hay creación del nuevo ser y que es, como fácilmente comprendes, tan importante como el óvulo femenino, sin cuyo concurso tampoco puede realizarse el maravilloso proceso de la reproducción de la especie humana.
La célula masculina se llama espermatozoide y es el elemento germinal del semen, líquido seminal, o esperma.
El esperma se produce en los testículos que son dos glándulas de forma ovoide, de dos y medio o tres centímetros en su mayor diámetro, suspendidos en dirección oblicua en una bolsa llamada escroto, por los cordones espermáticos que, junto con las arterias, las venas y los nervios de la región, forman un paquete resistente. El esperma es eyaculado (expulsado con rapidez y fuerza) a través de la uretra del hombre en el momento de la cópula (unión del hombre y la mujer para procrear).
Te dije que en la mujer la uretra, es el conducto que lleva la orina de la vejiga al exterior; en el hombre también tiene la misma función, pero en su parte más externa, la que recorre la parte de abajo el órgano eréctil (pene) sirve también para expulsar el esperma que, depositado en la vagina de una mujer, penetra a la matriz, y entre los millones de espermatozoides que en cada centímetro cúbico de esperma vienen, viven y se mueven, se establece una competencia o carrera para que, el mejor dotado (en la naturaleza no hay casos fortuitos, sino que en la lucha sobrevive y triunfa-en este caso fecunda-siempre el mas apto) llegue primero a encontrar el óvulo que se desprendió de su folículo de Graaf hace unos días.
Como siempre aprovecharé la ocasión para hablarte de algo que tú has encontrado en tus libros: Los eunucos. Antes (y todavía existen algunos lugares remotos de la tierra en que se sigue esa costumbre) los hombres tenían muchas mujeres, ya que las consideraban solamente como instrumentos de placer, y comisionaban, para cuidarlas y ayudarles, a hombres castrados (es decir, que les habían cortado los testículos) que, por lo tanto, eran impotentes e incapaces de tener hijos, por no tener las glándulas productoras de esperma.
Así como te expliqué que os ovarios eran los que fijaban los caracteres secundarios y de belleza de la mujer (crecimiento de los senos después de la pubertad, redondez de las piernas y las caderas, voz atiplada, etc.) los testículos son los que fijan los caracteres secundarios del varón (voz gruesa, barba y bigote, pelo en el pecho, anchura de hombros y espaldas, etc.)
Pero sigamos con el estudio de la semilla:
El espermatozoide, visto al microscopio con relativamente poco aumento, se le ve como un tepocate o un renacuajo. Tiene una forma alargada, es más pequeño que óvulo, consta de cabeza, un cuerpo alargado, una cola muy móvil que le sirve para impulsarse. En el medio apropiado (y la vagina es el medio más apropiado para ello) permanece vivo durante varios días, y mediante los movimientos de su cola se mueve tratando de subir a la matriz a través del orificio que ésta tiene. Muchas substancias llamadas antisépticas (que matan los microbios) también matan el espermatozoide.
Para que la semilla está buena, se necesita que provenga de un hombre sano, por eso se lucha desde hace años en México y en el mundo por hacer obligatorio el examen pre-nupcial. Un hombre que llevado una vida desordenada y disoluta, no tiene derecho a esperar hijos sanos. La salud de los hijos, es el mejor legado que le podemos hacerles, es la mejor herencia y que tenemos la obligación ineludible (tan ineludible como una correcta cultura y una moral formación) de dejarles. Por eso nos duele saber, que en ocasiones, un padre se preocupa más de su posición económica de su futuro yerno, que por el estado de su salud física, de su preparación cultural, o de su moral.
Tú debes ser buen terreno para la germinación de los retoños que darán satisfacción a este viejo y añoso tronco; para ello, no dejes de tomar en cuenta mis consejos y preocuparte, cuando escojas al que ha de ser el padre de tus hijos, por que la semilla que en tu cuerpo siembre, provenga de buena cepa.
Con el invariable afecto de siempre: Tu Padre, 1958

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