Éstos son los hombres que arbitrariamente determinaron los destinos de sus vasallos en España y en el Nuevo Mundo, así como de los millones conquistados en las Américas que se convirtieron en vasallos de sus vasallos. En la actualidad se le atribuye poca importancia al carácter y personalidad de los monarcas. Pero estos monarcas eran la fuente de toda autoridad, iniciativa y programas políticos y sociales en los dominios Hispánicos en las Américas. “Ellos eran el Estado,” no solamente en el concepto de Luis XIV pero eran la personificación del legado político, social y espiritual que le heredaron a Hispano América.
En libertinaje e inmoralidad, el ejemplo lo proporcionaba el mismo soberano, quien era la cabeza del Estado y la Iglesia Española.
Carlos I (1516-1556), quien sobornó a los principales príncipes electores de Alemania para convertirse en el Emperador Carlos V, y siempre estuvo mas atento de los asuntos relativos a su “reino comprado’”que a los del dominio español que heredó. Se aprovechó de los recursos de España para nutrir sus ambiciones imperiales.
El perfil histórico de su hijo Felipe II como la encarnación de intolerancia y ferocidad religiosa puede que sea exagerada. Sin embargo él—más que ningún otro monarca—hizo de la Inquisición un objeto de terror y opresión en Holanda y la Península Ibérica, y la extendió al “Nuevo Mundo.” “A cambio de la herencia más grande que la Cristianidad haya nunca visto,” escribe Hume, quien adopta una visión mas benigna que la mayoría de los demás historiadores británicos, ‘Dedicó su vida a la tarea de establecer la supremacía universal del Catolicismo y fue derrotado decididamente.’
Sobre su hijo, Felipe III (1598-1621), se reporta que dijo, “Dios, que me ha concedido tantos reinos me ha negado un hijo capaz de gobernarlos.” El tercero de los Felipes, quien revivió la práctica del nepotismo, cedió las riendas del gobierno al Duque de Lerma ‘mientras él se dedicó a extravagancias y a una excesiva devoción religiosa.”
Su sucesor, Felipe IV (1621-1665), padre de treinta y dos hijos ilegítimos, “era de naturaleza frívola y disipada, incapaz de concentrarse en los asuntos de Estado.” Por lo que otro favorito, “posiblemente el peor que pudo seleccionar,” el Archiduque de Olivares, tomó las riendas del gobierno.
Carlos II (1665-1700), que le siguió, conocido como El Hechizado, ya que era objeto de ataques epilépticos, y aunque débil de cuerpo y mente, logró gobernar sólo de nombre por treinta y cinco años.
Felipe V (1700-1746), el primer monarca de la Casa de Borbón, tenía diecinueve años cuando ascendió al trono, era “débil e indeciso de carácter… aficionado a la cacería y excesivamente devoto.” Se convirtió en instrumento de Luis XIV cuya influencia fue decisiva para que obtuviera la corona, y de su esposa italiana, Elizabeth Farnese de Parma. Por lo tanto, los intereses franceses e italianos prevalecieron durante su reinado
El rey que le siguió, Fernando VI (1746-1759), “manifestó tendencias depresivas y desvaríos mentales.”
En la segunda parte del siglo XVIII, la sucesión recayó en Carlos III (1759-1788), un déspota con capacidad administrativa quien trató de enmendar la larga herencia de incompetencia, corrupción y desperdicio provocada por sus antecesores. Obtuvo grandes logros administrativos, pero le fue imposible deshacer en un solo reinado lo que sus antecesores habían hecho por muchos años. A su muerte, el gobierno recayó en sus viejos vicios, de los cuales no se superó.
Al comienzo del siglo XIX, Carlos IV, “un ignorante de presencia apuesta y de naturaleza simplista,” ocupó el trono mientras su cónyuge María Luisa, “la verdadera autoridad en España,” era una “ambiciosa y apasionada licenciosa.” Su sucesor, cuya conducta personal jugaría un papel no despreciable en la precipitación inevitable del derrumbamiento de su imperio “era perezoso, incompetente, falto de fe, cobarde, hipócrita, grosero y chapucero.”

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