Sergio Elías Gutiérrez | 8 Ene. 08 | El Norte / Grupo REFORMA
Las relaciones entre la política y la religión nunca han sido fáciles. Muchas veces ha sido causa de conflictos y guerras. Durante siglos, la Iglesia católica en Occidente y otras religiones en otras partes del mundo, extendieron su dominación hacia asuntos políticos.
En México de alguna manera el conflicto religioso dejó de ser problema después del triunfo de la Reforma. Los liberales del siglo 19 consiguieron la separación de la religión y la política. Este arreglo no se rompió ni siquiera con la Revolución Mexicana. La Iglesia sólo reaccionó a la promulgación de la Constitución de 1917, la que, en un exceso de laicismo estatal, la condenó a la inexistencia jurídica. La Constitución dispuso que no se reconociera personalidad alguna a las iglesias. No podían poseer bienes propios, ni participar de manera alguna en la política.
La exacerbación de las relaciones entre Plutarco Elías Calles y la Iglesia provocaron ¿la última? rebelión religiosa en México. La guerra cristera es el más reciente episodio de la difícil relación entre el Estado mexicano y la Iglesia católica.
En 1992, en el salinismo, se modificaron las reglas constitucionales que regían esas relaciones. Se dio reconocimiento jurídico a las iglesias; se concedió a los ministros del culto el derecho a votar, pero no a ser votados. Luego se expidió la ley de asociaciones religiosas que prohíbe a las iglesias criticar en actos del culto público a los poderes civiles, y a éstos intervenir en la vida interna de las iglesias.
Este arreglo parece simple y fácil de cumplir, pero en la práctica, la Iglesia sigue intentando influir en la política y los políticos que ignoran la historia tratan de usar instrumentos religiosos para buscar llegar a los fieles que ven con cara de votantes.
Domingo a domingo en la Ciudad de México, el Cardenal Norberto Rivera Carrera, usa el púlpito para arengar a los feligreses con mensajes de tono más terreno que celestial. No es raro que en ocasiones llegue a la crítica abierta de cuestiones políticas. En ese espacio ha insistido en la posibilidad de suprimir la obligación de que la educación en las escuelas públicas deba ser laica. Es así que, con sus discursos políticos, viola la ley frecuentemente.
El intento religioso de influir en la política es lamentable, pero lo es mucho más la actitud de los alcaldes del estado que incumplen la prohibición de acudir con carácter oficial a los actos del culto público. Fue patético que algunos políticos asistieran a la entronización del ahora Cardenal Francisco Robles Ortega en Roma. Ése era, en sentido estricto, un acto religioso que corresponde seguir a los fieles de una doctrina, no a los políticos con el uso de recursos públicos.
Igualmente, en su momento fue lastimoso ver que el ex Gobernador Sócrates Rizzo hizo costumbre acudir a las "mañanitas" a la Guadalupana. Ese ejemplo lo siguen ahora muchos y muchas alcaldes y alcaldesas que buscan la foto junto a la Virgen morena. Gastan cuantiosos recursos del erario público en arreglos navideños y en adornar con motivos religiosos palacios municipales, calles y avenidas de toda la zona metropolitana.
Ayer en EL NORTE aparecieron algunas notas de políticos que usaron el pretexto del Día de Reyes para partir gigantescas roscas "marca Guinness" e invitar a los ciudadanos a compartir una fiesta religiosa hecha con recursos públicos. Ni en la Catedral ni en los templos se ve ese fervor de los políticos que, con su presencia, vuelven paganos esos actos religiosos.
No podemos, ni por desidia, o lo que es peor por ignorancia, permitir que los políticos usen la religión para efectuar actos abiertamente políticos proselitistas. Esto es mucho más reprobable que la pretensión de los religiosos de volver a influir en la vida política.
Los recursos públicos no deben servir para alentar, ni para atacar religión alguna. Cualquier aficionado a la historia sabe que ese arreglo es mejor que la pretensión de influencia mutua entre la religión y la política.
El uso de la religión en busca de votos es una apuesta equivocada a revivir muchas de las querellas religiosas del pasado. La Iglesia misma debería condenar esos actos que, realizados por políticos, más parecen festines paganos que religiosos.
Sergio Elias Gutierrez Salazar: Es abogado y doctor en derecho por la UANL. Profesor en la Facultad Libre de Derecho de Monterrey y Director y profesor en la Maestría en Derecho de la Escuela de Graduados en Administración y Política Pública del ITESM. Es autor de artículos especializados en derecho y administración pública.
Las relaciones entre la política y la religión nunca han sido fáciles. Muchas veces ha sido causa de conflictos y guerras. Durante siglos, la Iglesia católica en Occidente y otras religiones en otras partes del mundo, extendieron su dominación hacia asuntos políticos.
En México de alguna manera el conflicto religioso dejó de ser problema después del triunfo de la Reforma. Los liberales del siglo 19 consiguieron la separación de la religión y la política. Este arreglo no se rompió ni siquiera con la Revolución Mexicana. La Iglesia sólo reaccionó a la promulgación de la Constitución de 1917, la que, en un exceso de laicismo estatal, la condenó a la inexistencia jurídica. La Constitución dispuso que no se reconociera personalidad alguna a las iglesias. No podían poseer bienes propios, ni participar de manera alguna en la política.
La exacerbación de las relaciones entre Plutarco Elías Calles y la Iglesia provocaron ¿la última? rebelión religiosa en México. La guerra cristera es el más reciente episodio de la difícil relación entre el Estado mexicano y la Iglesia católica.
En 1992, en el salinismo, se modificaron las reglas constitucionales que regían esas relaciones. Se dio reconocimiento jurídico a las iglesias; se concedió a los ministros del culto el derecho a votar, pero no a ser votados. Luego se expidió la ley de asociaciones religiosas que prohíbe a las iglesias criticar en actos del culto público a los poderes civiles, y a éstos intervenir en la vida interna de las iglesias.
Este arreglo parece simple y fácil de cumplir, pero en la práctica, la Iglesia sigue intentando influir en la política y los políticos que ignoran la historia tratan de usar instrumentos religiosos para buscar llegar a los fieles que ven con cara de votantes.
Domingo a domingo en la Ciudad de México, el Cardenal Norberto Rivera Carrera, usa el púlpito para arengar a los feligreses con mensajes de tono más terreno que celestial. No es raro que en ocasiones llegue a la crítica abierta de cuestiones políticas. En ese espacio ha insistido en la posibilidad de suprimir la obligación de que la educación en las escuelas públicas deba ser laica. Es así que, con sus discursos políticos, viola la ley frecuentemente.
El intento religioso de influir en la política es lamentable, pero lo es mucho más la actitud de los alcaldes del estado que incumplen la prohibición de acudir con carácter oficial a los actos del culto público. Fue patético que algunos políticos asistieran a la entronización del ahora Cardenal Francisco Robles Ortega en Roma. Ése era, en sentido estricto, un acto religioso que corresponde seguir a los fieles de una doctrina, no a los políticos con el uso de recursos públicos.
Igualmente, en su momento fue lastimoso ver que el ex Gobernador Sócrates Rizzo hizo costumbre acudir a las "mañanitas" a la Guadalupana. Ese ejemplo lo siguen ahora muchos y muchas alcaldes y alcaldesas que buscan la foto junto a la Virgen morena. Gastan cuantiosos recursos del erario público en arreglos navideños y en adornar con motivos religiosos palacios municipales, calles y avenidas de toda la zona metropolitana.
Ayer en EL NORTE aparecieron algunas notas de políticos que usaron el pretexto del Día de Reyes para partir gigantescas roscas "marca Guinness" e invitar a los ciudadanos a compartir una fiesta religiosa hecha con recursos públicos. Ni en la Catedral ni en los templos se ve ese fervor de los políticos que, con su presencia, vuelven paganos esos actos religiosos.
No podemos, ni por desidia, o lo que es peor por ignorancia, permitir que los políticos usen la religión para efectuar actos abiertamente políticos proselitistas. Esto es mucho más reprobable que la pretensión de los religiosos de volver a influir en la vida política.
Los recursos públicos no deben servir para alentar, ni para atacar religión alguna. Cualquier aficionado a la historia sabe que ese arreglo es mejor que la pretensión de influencia mutua entre la religión y la política.
El uso de la religión en busca de votos es una apuesta equivocada a revivir muchas de las querellas religiosas del pasado. La Iglesia misma debería condenar esos actos que, realizados por políticos, más parecen festines paganos que religiosos.
Sergio Elias Gutierrez Salazar: Es abogado y doctor en derecho por la UANL. Profesor en la Facultad Libre de Derecho de Monterrey y Director y profesor en la Maestría en Derecho de la Escuela de Graduados en Administración y Política Pública del ITESM. Es autor de artículos especializados en derecho y administración pública.
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