Caminabas. Los nervios te hacían sudar las manos y remojarte los labios con la poca saliva que producía tu boca. -Todo fue en un instante- te repetías una y otra vez. El simple hecho de pensar que, en unos cuantos minutos, tu vida cambiaría , te conducía a un colapso. Los transeúntes te parecían ser zombis que se iban de un lado a otro y que, en ocasiones, pese a los choques que tenías con ellos, tus oídos eran sordos antes sus disculpas.
Millones de recuerdos atravesaron tu mente a tal punto que tus ojos se inundaron de lágrimas que inmediatamente corrieron por tus mejillas. Te sentaste en una silla resignado a renunciar a tus sueños, como si lo que estuviera a punto de venir lo vieras como una terrible pesadilla o un castigo de la vida.
Te inclinaste apoyando la cabeza en tus manos. Cerraste los ojos suplicando que todo lo que estaba pasando se acabara. Pero no fue así. Alguién colocó su mano en tu hombro haciéndote abrir los ojos. Lo miraste estupefacto. -Es hombre- dijo con rotunda seriedad.
Te colocaste de pie. Lo tomaste en tus manos, lo viste tan pequeño e inocente que la turbación se hizo nada comparada a la alegría que sentiste. Sus bracitos, esas pequeñas manitas que rozaron una y dos veces tu pulgar te hicieron darte cuenta que él tenía ganas de vivir, de aprender y de descubrir lo que tenía delante de él.
Entonces comprendiste con ese simple hecho, que tu vida no acababa, simplemente que había que compartirla con otra persona: tu hijo.
Millones de recuerdos atravesaron tu mente a tal punto que tus ojos se inundaron de lágrimas que inmediatamente corrieron por tus mejillas. Te sentaste en una silla resignado a renunciar a tus sueños, como si lo que estuviera a punto de venir lo vieras como una terrible pesadilla o un castigo de la vida.
Te inclinaste apoyando la cabeza en tus manos. Cerraste los ojos suplicando que todo lo que estaba pasando se acabara. Pero no fue así. Alguién colocó su mano en tu hombro haciéndote abrir los ojos. Lo miraste estupefacto. -Es hombre- dijo con rotunda seriedad.
Te colocaste de pie. Lo tomaste en tus manos, lo viste tan pequeño e inocente que la turbación se hizo nada comparada a la alegría que sentiste. Sus bracitos, esas pequeñas manitas que rozaron una y dos veces tu pulgar te hicieron darte cuenta que él tenía ganas de vivir, de aprender y de descubrir lo que tenía delante de él.
Entonces comprendiste con ese simple hecho, que tu vida no acababa, simplemente que había que compartirla con otra persona: tu hijo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario