Un pueblo se funda. Siglos de raíces, de maneras de hacer y de vivir, de relacionarse y comportarse, de ordenar el arriba y el abajo, el lado izquierdo y el derecho, lo conforman. No hay pueblo igual. Cada uno es a su manera distinto, y cada miembro de ese pueblo guarda, en su manera de vivir y habitar ese espacio, el sueño que lo fundó, el origen de su fundación. Una aglomeración de cabañas, nos dice Illich, se convierte en un pueblo, en un lugar, “cuando su espacio se ha reconocido ceremonialmente como sustancialmente distinto” a lo que está afuera, “cuando los senderos que atraviesan su espacio se reconocen como caminos”.
Para entender esta forma interior que se expresa en la manera en que un pueblo vive y habita el mundo es necesario recurrir a la poesía, que es la capacidad de develar lo invisible que guarda lo que nuestros sentidos captan. Joseph Rykwert lo vio muy claro cuando, para hablar de la creación de los pueblos, estudió los rituales de su fundación en el mundo clásico.
En esa tradición, la fundación comienza con la “visión” que el fundador tiene en un sueño: Heracles se aparece a Myskelos en su sueño y le encarga fundar una colonia. Es la primera etapa, preñada de vicisitudes y oráculos. La segunda viene con la inauguración (que proviene de augurar, predecir lo que será) del vidente que recorre el sitio descubierto por el fundador y ocupado por el pueblo. Ese vidente ve cuerpos celestes que son invisibles para todos: ve, particularmente, el templo de la ciudad, cuyos ejes, el carro –un símbolo masculino y femenino explícito–, alinea con la “estrella de la ciudad” en la bóveda celeste. La inauguración concluye cuando el vidente nombra aquellas partes del pueblo que estarán a la derecha y a la izquierda, adelante y atrás, los umbrales y las diferencias, dotando de contenido los espacios.
Al concluir esta etapa, que es un encantamiento de lo que habrá de hacerse tangible, se ara, en contra de las manecillas del reloj, con un par de bueyes (hembra y macho) el perímetro del templo, el círculo sagrado cuyas paredes estarán bajo la protección de los dioses; luego se aran el perímetro de la ciudad y las puertas. A diferencia del surco de las paredes del templo, protegido por los inmortales, el umbral y la entrada que señala el surco de la ciudad estarán bajo la protección civil.
Todo eso hace posible el espacio interno en relación con el exterior. Al establecerse los límites, sus umbrales, sus maneras de hacer y de vivir, se realiza el matrimonio entre el cielo y la tierra, y se crea la vida de un pueblo cuyos cimientos materiales y sus expresiones de vida son la concreción de esa invisibilidad mítica.
Si evoco esto es porque, en México, el levantamiento zapatista, la defensa de Atenco y la lucha de los pueblos de Oaxaca hablan de ese tipo de realidad mítica que les ha permitido sobrevivir a todo tipo de vicisitudes. Pero hablan también de que esos pueblos, por vez primera, ven verdaderamente amenazada su existencia. Si los pueblos que conforman México han sobrevivido y son ahora los focos más profundos de la resistencia al pensamiento único y a la uniformización técnica y consumista del mercado global y de la economía moderna, es porque su vida material –su cosmos ordenado y su mundo convivencial–, arraigada en realidades míticas tan fuertes y profundas como las que Rykwert rescata de la antigüedad clásica, está amenazada como nunca por el caos moderno y el nihilismo individualista de la ciudad moderna; un caos y un nihilismo cuyo expansionismo ha adquirido en los últimos 20 años una fuerza descomunal sin precedente.
Hasta nuestros días, la ciudad invisible de los pueblos había sido una realidad vigorosa. Una vez fundada, era casi imposible deshacerse de ella. El espacio ideal de los pueblos que se encarna en sus formas ancestrales permanecía a pesar del arrasamiento de sus muros, del enterramiento de sus edificios y de la esclavización de sus habitantes. Así sobrevivieron a la Conquista, a la Independencia, a la Revolución. Sin embargo, el pensamiento único de la modernidad ha encontrado una nueva manera de hacerlo: destruir su alma mediante procedimientos inéditos.
Cuando Escipión, para volver a la antigüedad clásica y a la poesía, tomó Cartago (146 a. C.) durante la tercera Guerra Púnica y sometió a sus habitantes, no había todavía destruido su mundo. Sólo lo logró cuando removió la tierra con el arado y deshizo los cimientos de su fundación. Su gesto evocaba el de Aquiles que, después de tomar Troya y matar a Héctor, lo arrastra tres veces alrededor de la ciudad para limpiar el lugar, haciendo así desaparecer Troya.
Este acto aterrador, que Escipión rememoró al remover los cimientos de Cartago, no es nada junto a lo que el sistema político mexicano está haciendo con los pueblos de México. Frente a lo que un año atrás hizo –lanzar a la policía contra Atenco, violar mujeres, humillar hombres– y lo que ahora hace: sentenciar a 67 años de cárcel a sus líderes, mientras lanza al Ejército a recorrer pueblos y ciudades persiguiendo lo mismo a narcotraficantes que a disidentes políticos, dos sentimientos se entrelazan: una sensación de déjà vu y el asombro desolado ante el acto sin precedentes del tipo de arrasamiento que la modernidad articula.
Mientras Cartago y Roma se enfrentaron como enemigos homogéneos, como dos entidades surgidas del mismo género mítico, el arrasamiento que realiza el sistema mexicano contra sus pueblos –el Ejército, la policía, el aparato judicial, y lo que pronto vendrá detrás de ellos, los trascavos, las niveladoras y el asfalto custodiado por la policía– señala la lucha entre dos entidades completamente distintas: chozas y campo surgidos del espacio mítico de la morada versus agresores de un mundo construido en el tablero de la planificación económica y de la inanidad del mercado y el consumo.
La paz económica que ese sistema quiere imponer, mediante la criminalización de los pueblos y el asesinato de su alma, encarna una guerra que confiere a las élites el poder de destruir la subsistencia de los pueblos y sus diferencias acusándolos de improductivos, asociales, subdesarrollados. Su gesto, que se sella con la sentencia a Ignacio del Valle, Felipe Álvarez Hernández y Héctor Galindo a 67 años de cárcel –ese arrastramiento que simbolizaban el cuerpo de Héctor enganchado al carro de Aquiles o Escipión removiendo los cimientos de la ciudad–, y el apoyo irrestricto al Ejército, es el dictado de la violencia contra cualquier costumbre local que no se inserte en su proyecto económico; es el señalamiento de la exclusión brutal para aquellos que quieren sobrevivir sin depender del consumo de valores de uso del medio ambiente, borrar el espacio invisible y mítico sepultado –lo veremos cuando la expansión imponga sobre esas tierras el asfalto y los proyectos habitacionales– bajo las capas de las deshumanización económica que, a diferencia de los actos de arrasamiento antiguos, no deja huella; es la pérdida de la poesía, y su maravillosa ambigüedad, en nombre de la barbarie y del odio por el otro, así como la terrible afirmación –que ya anunciaban el nazismo y el sovietismo– de que sólo en un mundo sin rostros y sin diferencias –como esa masa de carne que recientemente Spencer Tunick retrató en el Zócalo–, el nihilismo absoluto, que se disfraza hoy de democracia, puede establecer su ley.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.
Para entender esta forma interior que se expresa en la manera en que un pueblo vive y habita el mundo es necesario recurrir a la poesía, que es la capacidad de develar lo invisible que guarda lo que nuestros sentidos captan. Joseph Rykwert lo vio muy claro cuando, para hablar de la creación de los pueblos, estudió los rituales de su fundación en el mundo clásico.
En esa tradición, la fundación comienza con la “visión” que el fundador tiene en un sueño: Heracles se aparece a Myskelos en su sueño y le encarga fundar una colonia. Es la primera etapa, preñada de vicisitudes y oráculos. La segunda viene con la inauguración (que proviene de augurar, predecir lo que será) del vidente que recorre el sitio descubierto por el fundador y ocupado por el pueblo. Ese vidente ve cuerpos celestes que son invisibles para todos: ve, particularmente, el templo de la ciudad, cuyos ejes, el carro –un símbolo masculino y femenino explícito–, alinea con la “estrella de la ciudad” en la bóveda celeste. La inauguración concluye cuando el vidente nombra aquellas partes del pueblo que estarán a la derecha y a la izquierda, adelante y atrás, los umbrales y las diferencias, dotando de contenido los espacios.
Al concluir esta etapa, que es un encantamiento de lo que habrá de hacerse tangible, se ara, en contra de las manecillas del reloj, con un par de bueyes (hembra y macho) el perímetro del templo, el círculo sagrado cuyas paredes estarán bajo la protección de los dioses; luego se aran el perímetro de la ciudad y las puertas. A diferencia del surco de las paredes del templo, protegido por los inmortales, el umbral y la entrada que señala el surco de la ciudad estarán bajo la protección civil.
Todo eso hace posible el espacio interno en relación con el exterior. Al establecerse los límites, sus umbrales, sus maneras de hacer y de vivir, se realiza el matrimonio entre el cielo y la tierra, y se crea la vida de un pueblo cuyos cimientos materiales y sus expresiones de vida son la concreción de esa invisibilidad mítica.
Si evoco esto es porque, en México, el levantamiento zapatista, la defensa de Atenco y la lucha de los pueblos de Oaxaca hablan de ese tipo de realidad mítica que les ha permitido sobrevivir a todo tipo de vicisitudes. Pero hablan también de que esos pueblos, por vez primera, ven verdaderamente amenazada su existencia. Si los pueblos que conforman México han sobrevivido y son ahora los focos más profundos de la resistencia al pensamiento único y a la uniformización técnica y consumista del mercado global y de la economía moderna, es porque su vida material –su cosmos ordenado y su mundo convivencial–, arraigada en realidades míticas tan fuertes y profundas como las que Rykwert rescata de la antigüedad clásica, está amenazada como nunca por el caos moderno y el nihilismo individualista de la ciudad moderna; un caos y un nihilismo cuyo expansionismo ha adquirido en los últimos 20 años una fuerza descomunal sin precedente.
Hasta nuestros días, la ciudad invisible de los pueblos había sido una realidad vigorosa. Una vez fundada, era casi imposible deshacerse de ella. El espacio ideal de los pueblos que se encarna en sus formas ancestrales permanecía a pesar del arrasamiento de sus muros, del enterramiento de sus edificios y de la esclavización de sus habitantes. Así sobrevivieron a la Conquista, a la Independencia, a la Revolución. Sin embargo, el pensamiento único de la modernidad ha encontrado una nueva manera de hacerlo: destruir su alma mediante procedimientos inéditos.
Cuando Escipión, para volver a la antigüedad clásica y a la poesía, tomó Cartago (146 a. C.) durante la tercera Guerra Púnica y sometió a sus habitantes, no había todavía destruido su mundo. Sólo lo logró cuando removió la tierra con el arado y deshizo los cimientos de su fundación. Su gesto evocaba el de Aquiles que, después de tomar Troya y matar a Héctor, lo arrastra tres veces alrededor de la ciudad para limpiar el lugar, haciendo así desaparecer Troya.
Este acto aterrador, que Escipión rememoró al remover los cimientos de Cartago, no es nada junto a lo que el sistema político mexicano está haciendo con los pueblos de México. Frente a lo que un año atrás hizo –lanzar a la policía contra Atenco, violar mujeres, humillar hombres– y lo que ahora hace: sentenciar a 67 años de cárcel a sus líderes, mientras lanza al Ejército a recorrer pueblos y ciudades persiguiendo lo mismo a narcotraficantes que a disidentes políticos, dos sentimientos se entrelazan: una sensación de déjà vu y el asombro desolado ante el acto sin precedentes del tipo de arrasamiento que la modernidad articula.
Mientras Cartago y Roma se enfrentaron como enemigos homogéneos, como dos entidades surgidas del mismo género mítico, el arrasamiento que realiza el sistema mexicano contra sus pueblos –el Ejército, la policía, el aparato judicial, y lo que pronto vendrá detrás de ellos, los trascavos, las niveladoras y el asfalto custodiado por la policía– señala la lucha entre dos entidades completamente distintas: chozas y campo surgidos del espacio mítico de la morada versus agresores de un mundo construido en el tablero de la planificación económica y de la inanidad del mercado y el consumo.
La paz económica que ese sistema quiere imponer, mediante la criminalización de los pueblos y el asesinato de su alma, encarna una guerra que confiere a las élites el poder de destruir la subsistencia de los pueblos y sus diferencias acusándolos de improductivos, asociales, subdesarrollados. Su gesto, que se sella con la sentencia a Ignacio del Valle, Felipe Álvarez Hernández y Héctor Galindo a 67 años de cárcel –ese arrastramiento que simbolizaban el cuerpo de Héctor enganchado al carro de Aquiles o Escipión removiendo los cimientos de la ciudad–, y el apoyo irrestricto al Ejército, es el dictado de la violencia contra cualquier costumbre local que no se inserte en su proyecto económico; es el señalamiento de la exclusión brutal para aquellos que quieren sobrevivir sin depender del consumo de valores de uso del medio ambiente, borrar el espacio invisible y mítico sepultado –lo veremos cuando la expansión imponga sobre esas tierras el asfalto y los proyectos habitacionales– bajo las capas de las deshumanización económica que, a diferencia de los actos de arrasamiento antiguos, no deja huella; es la pérdida de la poesía, y su maravillosa ambigüedad, en nombre de la barbarie y del odio por el otro, así como la terrible afirmación –que ya anunciaban el nazismo y el sovietismo– de que sólo en un mundo sin rostros y sin diferencias –como esa masa de carne que recientemente Spencer Tunick retrató en el Zócalo–, el nihilismo absoluto, que se disfraza hoy de democracia, puede establecer su ley.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.
Fuente: Javier Sicilia, Proceso 1594
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