07 de Mayo de 2007
ÍNDICE POLÍTICO, FRANCISCO RODRÍGUEZ
"No me cuesta nada desnudarme. Me encanta hacer nudismo. Esto no va en contra de mis principios ni debería ir en contra de nadie".
María Dolores Jiménez,
Consejala del PP en Lepe, España
ES UNA LÁSTIMA. Muestra quizá nuestro subdesarrollo político: No tenemos en México ninguna Cicciolina.
Burdos y remedos han sido, en su momento, las entonces asambleístas capitalinas del PRD, Lorena Villavicencio y Alejandra Barrales, quienes se fotografiaron en lencería, tomando prestados del photo shop algunos de los atributos ahí mostrados. Nada más.
Con unas dos o tres "mexican Ciciciolinas" la política sería aquí otra cosa. Pero no hay.
"Lo único que nos anima", dice Luisa Álvarez Cervantes, "es que cada vez somos más los que vemos a las políticas y políticos desnudos, es decir, vacíos y de figura grotesca y deforme. Trabajo imposible tienen sus colaboradores porque no hay manta que cubra su deformidad. O quizás sean ellos o ellas los encargados de desnudarlos, sin siquiera saberlo."
Tiene razón Luisa. No se necesita de convocatoria de Spencer Tunick para que aquellos que viven de la política se muestren, impúdicos, en cueros.
Por más trapos y accesorios de diseñador o comprados en tianguis que haya en su clóset, nada hay que cubra su desfachatez y múltiples sinvergüenzadas.
Han abandonado hasta el uso del taparrabo ideológico.
Y como el emperador, van desnudos, pensando que sólo los imbéciles paga-impuestos, los callados electores defraudados, y los satisfechos consumidores robados, no vemos sus imaginarios trajes tejidos con hilos de oro presupuestal.
La política al desnudo, dicen algunos que se reúnen a mostrar su sapiencia y desternillantes capacidades histriónicas frente a las cámaras de televisión para consumo de los develados.
El fenómeno es indiscutible: el cuerpo está en alza. Pero no me refiero a todas las modalidades del body-building, los estiramientos, liposucciones, musculaciones, siliconismos, modelados, cirugías y exhibiciones grandiosas en pasarelas actuales o virtuales. Desde luego que también se trata de eso, pero no únicamente.
El mismo auge del cuerpo se experimenta en una zona (sólo nominalmente) mucho menos "espectacular" de nuestras sociedades, la que corresponde al Estado y a sus políticas "de salud", en donde el cuerpo como objeto que hay que proteger de toda clase de agresiones físicas -disminución de las dosis de azúcar, medidas antianoréxicas para top models, regulación de la clonación terapéutica, prevención del cambio climático y strip-tease de los pasajeros en los controles policiales de los aeropuertos-- experimenta un protagonismo tan creciente que incluso el inconformismo alternativo tiene su manifestación en la estética del tatuaje o el piercing.
Y ahí, en medio de todo, los políticos con sus cuerpos troceados, desventrados, desollados, obesos, enfermos, putrefactos, arrugados, degradados, muertos, desamparados y siempre tan desnudos como los retratados ayer por Tunick en el Zócalo.
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