LEONA VICARIO
1789 — 1842
En la Capital de la Nueva España, a los 23 días del mes de junio de 1787, don Gaspar Martín Vicario, español, oriundo de la villa Ampudia, del Corregimiento de Palencia, en Castilla la Vieja, casó en segundas nupcias con la joven doña Camila Fernández de San Salvador y Montiel, natural de la ciudad de Señor San José de Toluca. Don Gaspar había venido a la Nueva España en busca de fortuna; dedicándose al comercio con un trabajo asiduo, una economía rigurosa y también seguramente una inteligencia no común. Don Gaspar y doña Camila contaban de casados poco menos de dos años, cuando el 10 de abril de 1789 vio al mundo a estrechar más los lazos de su unión, una hija que fue bautizada solemnemente, cinco días después, con los nombres de María de la Soledad Leona Camila. Desde entonces llamaron sencillamente Leona a la niña.
Siendo sus padres buenos e ilustrados, ya se colige con cuánta diligencia cuidarían de educarla bien. Si hoy día las oportunidades de educación de la mujer dista mucho de ser satisfactoria. Estaban condenadas a aprender de memoria el Catecismo de la Doctrina Cristiana; a leer de corrido y mal escribir; a bordar con chaquira, pero no a coser, porque no habían de mantenerse de la costura; a comer con limpieza; a vestir a la moda; a andar de manera airosa; a bailar campestres, boleros, contradanzas y valses, y a tocar y cantar un poco y no bien. De los colegios para niñas pobres establecidos en la Nueva España, el menos mal organizado era el de San Ignacio, cuya educación consistía en habituar a las colegialas al recogimiento y al silencio constante, sin permitirles salir de sus viviendas, inquietar a sus compañeras, ni hacer ruido alguno. Empero, don Gaspar y doña Camila fueron de los poquísimos padres que en la Nueva España procuraron educar a sus hijos de la mejor manera posible. Aunque no sabemos positivamente cuales fueron los procedimientos de la educación de Leona, sus felices resultados nos revelan que sus padres cuidaron, ante todo, de ajustarse de manera estricta al supremo mandamiento de la ley divina, que según la palabra de Jesús, fielmente conservada por el Evangelista San Mateo, nos obliga: primeramente, a amar a Dios con todo el corazón, y después, amar al prójimo como a uno mismo. Y efectivamente, don Gaspar y doña Camila lograron hacer de Leona una perfecta cristiana, habituada a las prácticas más puras del culto católico y las mejores muestras de consideración hacia sus semejantes. Se necesitaba de una abnegación sobrehumana para abrazar la causa de la Independencia, y de una fe infinita para confiar en su triunfo. Don Joaquín Fernández de Lizardi, asegura que Leona ‘comenzó a preparar el espíritu público a favor de la Independencia,’ desde la ‘escandalosa prisión del Excmo. Sr. Iturrigaray,’ y que ‘luego que resonó por el Anáhuac el plausible grito de Dolores, soltó las velas de su patriotismo,’ procurando ‘con el mayor empeño tener correspondencia con los primeros jefes nacionales, los Sres. Hidalgo y Allende.’ Leona conquistaba con palabras de elocuente patriotismo a jóvenes animosos para que fueran a engrosar las filas insurgentes; les daba armas y municiones, que no abundaban en los campos Insurgentes, y muy cuidadosa por los mismos jóvenes, escribía para saber si habían llegado allá felizmente. De su propio peculio Leona socorría ‘a los presos por causa de la insurrección,’ cubría el valor de las armas, municiones y gastos de traslado.
Las autoridades Realistas pronto tuvieron motivos para sospechar que Leona les era contraria; desde entonces comenzaron a vigilarla muy de cerca. Una vez en plena fuga fue sorprendida y se ordenó su regreso a la Cd. de México. Se le ofreció la gracia de indulto que le habría obligado a la vez abominar de la libertad de su patria, y a prometer fidelidad al Rey y demás potestades legítimas que a su nombre y con su autoridad gobiernan la Colonia.
Leona fue depositada en el Colegio de Belén como reclusa forzada el 13 de marzo de 1813, para ser procesada por las autoridades Realistas. Dicha reclusión causó sensación y ocupó la atención de la prensa de España.
Por su parte, la Real Junta de Seguridad y Buen Gobierno se había limitado a acordar que se dirigiera oficio a fin de que se confiscara el caudal que Leona tenía. La Real Junta había obrado arbitrariamente desde que encomendó el proceso de Leona a un Juez Comisionado, violando la Constitución de Cádiz de 1812, que estaba en vigor, que abolía toda comisión para causas civiles o criminales. En su declaración Leona se condujo con absoluta reserva y prudencia. Los Insurgentes no podían esperar imparcialidad alguna de los jueces, porque éstos eran dóciles instrumentos del Virrey o de los comandantes o jefes militares. En la actitud de Leona ante el Juez, lo que más sorprendió fue el completo olvido de su propia suerte, para ocuparse únicamente de salvar a los demás líderes Insurgentes.
Leona Vicario estuvo casada con Don Andres Quintana Roo, otro PERSONAJE DE LA INDEPENDENCIA. Ambos nombres estan inscritos con letras de oro en el recinto del pleno del Congreso de la Union.
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