La Mentira de la prensa
En los Estados modernos no se puede gobernar de un modo efectivo sin la colaboración de la Prensa o con su oposición; si los periódicos de un país persiguen tenazmente un objetivo o repiten sin cansarse, durante meses o años, ideas expresadas de un modo algo general; si siempre traen a sus lectores un mismo punto de vista, no hay nada que no acaben por obtener; gobierno, legislación, moral, hasta miras religiosas, nada los resistirá.
La Prensa personifica la opinión pública y se adjudica sus derechos, ejerce la facultad de castigar hasta en su más terrible forma, la marginación y el aniquilamiento moral; aspira, en suma, al papel de conciencia pública.
¿Y de quién ha recibido esos altos atributos? ¿De dónde saca el derecho de gobernar en nombre del bien público, de juzgar, derribar instituciones, sindicatos y partidos, o favorecer una religión o legislación?
Un pueblo reclama la libertad de prensa en la hipótesis de que ella y la opinión pública son idénticas; y esto, justamente, es lo que siempre han negado los gobiernos, con más sólidas razones que los pueblos que lo afirman.
El periodista tiene, en la práctica una potencia igual a la legislación y el Gobierno, tiene los derechos de los diputados y los de los ministros y, no obstante, no necesita que nadie le nombre o elija.
El juez, a quien damos el derecho de disponer de nuestra honra, hacienda y libertad necesita estudios universitarios, un aprendizaje de años y un nombramiento oficial; está regido por leyes severas y es responsable constitucionalmente de sus errores y transgresiones. El periodista puede lastimar y hasta aniquilar la honra y sobrevivencia de un ciudadano; puede atacar su libertad personal, haciéndole imposible la vida con su familia en un lugar determinado, y ejerce esa facultad sin dar prueba alguna de estudios previos, sin que nadie lo nombre, sin garantías de imparcialidad e información concienzuda y sin más responsabilidad que las irrisorias y siempre burladas leyes de imprenta, que además, no evitarían los perjuicios irreparables que aquel pueda causar.
La mayoría de las personas reconocen que la Prensa no es la expresión de la opinión pública, sino que muchas veces es producto de la ignorancia, ligereza, maldad, estrechez de espíritu o inmoralidad de un individuo; mas no por eso dejan de coincidir dócilmente en ver la Prensa el órgano democrático de la opinión pública.
Llegará el día en que todos los lectores serán lo bastante ilustrados, acomodados y capaces de juzgar para hacer por sí mismos la distinción entre opinión pública aislada y la voz potente de la opinión pública.
(c) enmascarado en exilio
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