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08 noviembre 2007

PAN-gobierno

Por: Eduardo Ibarra Aguirre

¿Recuerda usted que durante décadas los dirigentes del Partido Acción Nacional centraron su discurso ideológico y político en la denuncia de lo que llamaban PRI-gobierno?

Hacían del segundo una derivación del primero, cuando en todo caso era al revés y característico de los partidos de Estado. Vivían del discurso que hacía del partido “prácticamente único” -Carlos Salinas de Gortari dixit- y el gobierno una y la misma cosa. Cuando en política, como es sabido, distinguir los matices es básico para incidir en ella y rebasar los estrechos límites del grupo de propagandistas de una ideología.

Tras su máxima del PRI-gobierno venía una cadena de simplificaciones: agencia gubernamental de colocaciones, ejido organizado para producir votos y otras que tuvieron que abandonar con Carlos Castillo Peraza -el sólido pensador panista que recibió posmortem la medalla Belisario Domínguez al valor civil, en lo que nunca destacó el maestro y guía de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa- para negociar el reconocimiento de Salinas de Gortari como presidente de México y las reformas constitucionales a cambio del respeto al triunfo del primer gobernador panista Ernesto Ruffo Apel en Baja California, en 1989, y la gubernatura de Guanajuato para Carlos Medina Plascencia, en 1991, tras el fraude cometido en contra de Vicente Fox Quesada, y despejar el camino jurídico para que éste pudiera ocupar la Presidencia.

Ahora que el michoacano de Morelia despacha en Los Pinos y desde allí libra una decisiva batalla para subordinar a Acción Nacional a los planes y políticas gubernamentales -por medio de Germán Martínez Cázares quien pasó con más pena que gloria por el elefante blanco denominado Secretaría de la Función Pública- “lo que se exhibe es la falta de congruencia de Calderón y sus allegados”, sostiene Manuel Espino Barrientos en El engaño; prédica y práctica del PAN, el libro más reciente de Alvaro Delgado (Proceso, 4-XI-07, pp. 22-27).

La disputa por la dirección del blanquiazul entre el Yunque pragmático -“con los dogmáticos se puede trabajar”, asegura Ricardo Sheffield Padilla- y el grupo encabezado por el esposo de la cada vez más protagónica Margarita Zavala Gómez del Campo, lleva cuando menos 19 meses. Desde entonces el modosito Martínez Cázares aseguraba “Oyelo bien: Pase lo que pase el 2 de julio, nos vamos a romper la madre ¡Eso te lo aseguro!”

Ya en pleno rompedero de las respectivas autoras de sus días, los dos grandes bloques persisten en acrecentar los desencuentros y las confrontaciones entre Espino y Calderón. El señor que por segundo trimestre consecutivo retrocede en la aprobación ciudadana, ahora de 64 a 57 por ciento. Lo anterior no es ajeno a la cancelación de compromisos internacionales para concentrarse en tareas que lo expongan a la imagen televisiva y fotográfica en Tabasco, pero que más bien lo exhiben como desconocedor de la gravísima y añeja problemática hidráulica de la región y también como solapador de las presuntas responsabilidades criminales de José Luis Luege Tamargo -el yunquista que tanto se ocupa de pronosticar inundaciones catastróficas en el Distrito Federal- y Alfredo Elías Ayub.

El sonorense aparece como adalid en lucha por la autonomía del partido gobernante respecto del poder público. Lo dice así: “O reconocemos que ya cambiamos nuestras tesis originales y quizás hasta nuestra convicción ideológica, lo cual sería terrible -estaríamos hablando que esto ya no es el PAN del 39, éste ya es el PAN de 2006- o reafirmamos principios.”

Principios que, al parecer, no le preocuparon mucho a Manuel Espino cuando la entonces encumbrada pareja presidencial -hoy impugnada en forma generalizada- intervino para colocarlo en la cúspide del partido fundado por Manuel Gómez Morín y dirigido por nueve familias que se lo disputan.

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