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06 noviembre 2007

El patio trasero

José María Tortosa

Sobre el imperio VII


El papel de los Estados Unidos en el mundo futuro que imaginaba George Orwell en 1948 y que dibujaba en su novela Mil novecientos ochenta y cuatro estaba, con respecto a lo que después ha sucedido, simultáneamente sobrevalorado e infravalorado. Infravalorado, como ya se vio en una artículo anterior de esta serie "Sobre el imperio", porque no pudo imaginar que los Estados Unidos llegaran a tener la potencia militar tan desorbitada como tiene en la actualidad. Pero también es cierto que Orwell sobrevaloró la capacidad que iba a tener los Estados Unidos para mantener su papel más que imperial sobre el conjunto de la América Latina.

En su defensa habrá que decir que el mundo de 1948 era el mundo en que la hegemonía de los Estados Unidos se afianzaba, creándose las alianzas militares (OTAN, AZUS), económicas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Acuerdos de Bretton Woods) y políticas (Naciones Unidas) que mejor satisfacían los intereses de la potencia que acababa de desplazar a Inglaterra como hegemonía mundial. Orwell veía a la Inglaterra decadente como una simple pista de aterrizaje ("air strip one") de las aeronaves estadounidenses y, al dividir en mundo en tres partes, tenía buen cuidado en dejar, a lo que parece, a la América Latina como parte de Oceanía, es decir, como parte del mundo anglosajón dominado por los Estados Unidos. América Latina no formaba parte de los "pueblos esclavos" (África, sureste asiático), sino que era lo que se ha seguido llamando durante mucho tiempo el "patio trasero" ("backyard") de los Estados Unidos. Ciertamente lo era en 1948, pero ya no es tan claro que lo siga siendo en 2007. La historia de esta evolución puede leerse en Empire's Workshop: Latin America and the Roots of U.S. Imperialism de Greg Grandin, publicado en 2006.

Soy de los que opinan que el camino que siga América Latina va a ser determinante para el futuro de la hegemonía de los Estados Unidos o, si se prefiere y es más obvio, que el futuro de la hegemonía de los Estados Unidos va a ser determinante para el camino que siga la América Latina. Pero con algunas salvedades previas. La primera y más necesaria es la de evitar ver al subcontinente como una unidad: no lo es. Ése fue el sueño bolivariano, pero, como reconoció el mismo Simón Bolívar al final de su vida, pretenderlo fue como "arar en el mar". América Latina es tremendamente heterogénea y, en otros lugares, ya me he referido a ese asunto desde el punto de vista de la pobreza y las políticas para afrontarla y desde el punto de vista de las particulares coyunturas políticas que atraviesan sus países.

La segunda salvedad, e igualmente necesaria, es la de no caer en la simplificación de ver las políticas de sus países como resultado de una supuesta "ola" que pone en discusión la etapa neoliberal y que se inclina más hacia la izquierda. No hay tal "ola". Sí hay, en cambio, por lo menos tres Américas Latinas en este momento para lo que aquí nos ocupa y que son los Estados Unidos. Cierto que un somero repaso de la prensa del continente hace aparecer al gobierno de los Estados Unidos con frecuencias e intenciones muy desiguales. Lo que aparece en "Granma" (órgano del comité central del partido comunista cubano) o en el bogotano "El Tiempo" no es exactamente lo mismo.

Dejando a parte Centroamérica, se pueden individuar tres ejes de la política latinoamericana respecto a los Estados Unidos. En primer lugar, tendríamos el "eje del mal", representado por Cuba, Venezuela, Bolivia, tal vez el Ecuador y está por ver si el Paraguay se suma a este eje en las elecciones de 2008 con la victoria de Fernando Lugo o si, en cambio, el Partido Colorado se mantiene en el poder y el Paraguay sigue anclado en el "eje del bien". Por motivos diferentes que después se indicarán, los tres (tal vez cuatro) países tienen en común posturas críticas con respecto al gobierno de los Estados Unidos y no deja de ser curioso que dos de ellos (que pueden ser tres) tienen previstos cambios constitucionales que permitan la reelección del Presidente, asunto que ha sido sistemáticamente maltratado por la prensa española como si se tratara de un intento de eternizarse en el poder por parte de Evo Morales y Hugo Chávez. En Cuba, obviamente, este asunto no se plantea.

En el extremo opuesto, tendríamos el "eje del bien": México, Colombia, el Perú, los dos primeros con una cierta continuidad en la presidencia del país. El primero, porque el PAN repite sexenio. El segundo, porque Uribe consigue cambiar la Constitución de forma que pueda ser reelegido y sin que nadie protestara ante su deseo de permanecer en el poder. Por lo visto, porque Chávez y Morales lo hacen para el mal y Uribe lo hizo para el bien. El Perú está en este eje con un cambio de gobierno que no ha supuesto una alteración de la aceptación, común con los otros dos, de las reglas dictadas desde los Estados Unidos: tratados comerciales (TLC primero, ALCA después) favorecedores de los intereses estadounidenses aceptados con argumentos no siempre empíricos, conformidad con las reglas sobre producción de drogas (sin hacer ninguna observación sobre el problema real, que es el consumo, no la producción, y que reside en los Estados Unidos -también en España, para la cocaína- , no en los Andes, y que lleva al Plan Colombia y al Plan México), resignación ante las políticas migratorias de los que precisan mano de obra barata e ilegal al tiempo que necesitan mostrarse inflexibles ante esa misma ilegalidad, y así sucesivamente. La dignidad con que el gobierno de Evo Morales responde a las pretensiones del embajador estadounidense en el país respecto a la producción de coca bien poco tiene que ver con la sumisión con que otros gobiernos reciben las "certificaciones" estadounidenses. Pero incluso en Bolivia, diez años atrás hubiera sido impensable unas declaraciones del primer mandatario del país referidas al embajador de los Estados Unidos como las hechas a finales de agosto de 2007: "No se hasta cuándo aguantará la paciencia. Pero también tenemos dignidad, y en cualquier momento vamos a tomar decisiones radicales contra esos embajadores que provocan permanentemente. No tengo ningún miedo".

Finalmente, estaría el "eje de los buenos", formado por gobiernos de izquierda, pero que no llegan a las reticencias del "eje del mal" ni a las claudicaciones del "eje del bien", aunque estén más cerca de éste que de aquél. Los gobiernos de Brasil, Argentina (todo queda en familia), Chile, Uruguay estarían en esta posición. Obviamente, para lo que aquí nos ocupa, es el "eje del mal" el más interesante ya que es el que más claramente se permite "parar los pies" al gobierno de los Estados Unidos y, por tanto, mayores implicaciones tiene para el futuro.

Sin embargo, el futuro nadie lo conoce. Pero sí podemos especular sobre el futuro de América Latina viendo qué factores han producido la situación actual y cómo parecen estar evolucionando esos factores.

De entrada, las políticas dominantes hasta ahora en la región han sido las que se pueden resumir en "menos Estado, más mercado". Aunque es posible (y discutible) que hayan producido crecimiento, sí parece que están detrás del aumento de la desigualdad de rentas, el incremento cuantitativo de la pobreza, por lo menos en los términos definidos por el Banco Mundial o la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y la aparición de super-ricos (según la revista Forbes, la tercera persona más rica del mundo es un mexicano y entre los mil-millonarios hay, además, brasileños, venezolanos, colombianos, chilenos... Según la revista Fortune, ese mexicano, Carlos Slim, habría alcanzado ya el primer puesto mundial). Esta política de "menos Estado, más mercado" fue impuesta desde los países centrales en general y desde la potencia hegemónica en particular aunque no fue practicada con tanto entusiasmo por dichos países, que siguieron siendo proteccionistas y siguieron fortaleciendo sus respectivos Estados. La asimetría era visible: Por un lado, los países centrales exportaban sus productos competitivos impidiendo el proteccionismo de los periféricos; al mismo tiempo, defendían sus productos no competitivos (agricultura sobre todo) mediante aranceles y subvenciones. Por otro lado, los países periféricos eran condenados a tener dificultades para la exportación de sus productos competitivos y a dar todas las facilidades para los no competitivos. El efecto de tal asimetría, como después se ha reconocido desde instancias muy diversas, oficiales y particulares, ha sido el empobrecimiento de los países periféricos y el aumento de violencia en los mismos. América Latina ha sido, desde este punto de vista, una víctima privilegiada.

Por otro lado, América Latina no ha sido inmune a la moda identitaria difundida por todo el mundo. Los diferentes criterios de identidad colectiva (lengua, "raza", "etnia", "nación", religión) se han convertido no en instrumentos para que el individuo pueda contestar al "quién/qué soy" sino en una cosa, casi material, existente con independencia de los individuos y ante la que los individuos deben someterse. Desde este punto de vista, es sintomático el cambio en el vocabulario. Un ejemplo puede ser Bolivia: la revolución de 1953 llevada a cabo por el MNR se hizo en connivencia con los "campesinos", es decir, con grupos sociales definidos por su actividad económica; la posible revolución que supone Evo Morales medio siglo más tarde se hace con los "indios", "indígenas" o con los "pueblos originarios". La "etnización" de la mano de obra ha vuelto a ser más frecuente en esta fase decreciente del ciclo económico que en las ascendentes.

Finalmente, la geopolítica y esto en varios sentidos. En primer lugar, parece que nos encontramos en un momento de "decadencia imperial": los Estados Unidos pierden el ímpetu que tuvieron sobre todo en 1945, cuando su hegemonía se había consolidado. Problemas internos, desigualdades extremas, mala gestión política, excesos militaristas y agotamiento del modelo intervienen en esta caída como, en su día, intervinieron en la decadencia de España o, después, en la de Inglaterra. No deja de ser sintomático que en los años 50, los Estados Unidos tenía el 60 por ciento de la producción industrial mundial. En 2007 ronda el 20 por ciento y esta caída productiva corre pareja con la caída financiera, con la mayoría de los bonos del Tesoro en manos extranjeras, la mitad de los cuales son japoneses o chinos y con un dólar que a penas aguanta los embates de la crisis de agosto de 2007. En segundo lugar, esta decadencia viene acompañada de las políticas del gobierno de George W. Bush orientadas a favorecer los intereses del Estado de Israel, que parece una hipótesis más probable que su contraria, a saber, Israel defendiendo los intereses del gobierno de los Estados Unidos. Desde el punto de vista de algunos conservadores estadounidenses, ajenos a esta política pro-sionista, su gobierno ha dedicado demasiada atención al Medio Oriente y se ha olvidado de su "patio trasero". Hay un tercer punto geopolítico a no olvidar: la coyuntura petrolera. Los Estados Unidos son productores y consumidores de petróleo, esto último en proporciones que no alcanza ningún otro país del mundo, pero entre sus proveedores principales están Canadá, México y Venezuela, siguiendo a la fundamentalista Arabia Saudita.

Tal vez el mejor símbolo de esta decadencia del influjo de los Estados Unidos sobre América Latina fue el fracaso, por primera vez en la historia, del intento de su gobierno por imponer secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). Frente al salvadoreño Francisco Flores primero y al mexicano Luis Ernesto Derbez, fue el chileno José Miguel Insulza, apoyado por Chávez, el que fue elegido para el cargo en 2005. Y habrá que ver qué sucede con la base estadounidense en Manta (Ecuador) cuando, dentro de dos años, expire el acuerdo para su uso: el gobierno de Correa se ha mostrado contrario a su renovación y, de todas maneras, el Plan Ecuador nada tiene que ver con el Plan Colombia o el Plan México.

La conjunción de estos tres factores (economía y desigualdad, exaltación de las identidades y geopolítica) ha llevado a la compleja situación que atraviesan los heterogéneos pueblos y Estados que componen América Latina.

En primer lugar, son visibles los gobiernos con retórica "anti-estadounidense" o, como prefieren, "anti-imperialista" que acompañan a lo que fue Cuba en su momento. Son, a su vez, muy heterogéneos entre sí. Primero está Cuba, en plena transición. Su situación es un residuo de la Guerra Fría y no debe ser interpretada en términos ideológicos (el gobierno de los Estados Unidos no es anticomunista, como demuestra en la actualidad con sus relaciones con la China y Vietnam al que ha apoyado para miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas), sino en términos electorales: las elecciones en el estado de Florida, como se vio en 2000 con la victoria al segundo Bush, son muy importantes y allí se concentra el organizado exilio cubano al que todos los partidos procuran adular. Pero el hecho es que, a pesar de publicidad, compra de periodistas, intentos militares y "cover actions", el régimen se ha mantenido.

Inmediatamente aparece Venezuela, que es la que ahora concentra gran parte de las invectivas estadounidenses y, por tanto, de periodistas y medios afines a esos intereses o con intereses propios en la zona. Política de confrontación verbal, intentos frustrados de ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ayudas al gobierno cubano y boliviano entre otros, pero también mantenimiento no sólo de las exportaciones a los Estados Unidos sino también de las estaciones de servicio que la multinacional venezolana (PdVSA) posee en dicho país y que ha estado vendiendo petróleo relativamente barato a los menos favorecidos de la población pobre de los Estados Unidos. A pesar de todos los intentos, incluyendo el apoyo al golpe de Estado y a las maniobras internas desestabilizadoras (huelga general, referéndum revocatorio), el gobierno de los Estados Unidos no ha conseguido acabar con Chávez, aunque no es descartable que recurran a métodos más expeditivos como el asesinato.

El "eje del mal" lo completa de momento la Bolivia de Evo Morales, con políticas más permisivas en el campo de la coca (con el argumento de que el problema no es de producción en Bolivia, sino de consumo en los Estados Unidos -y en España-), con gas y petróleo exportable y con una política "indigenista" aunque, en realidad, predomine en muchos casos la retórica por encima de los hechos y sobre lo que los medios españoles reflejan lo que interesa a los anunciantes españoles y no siempre coinciden con lo que los medios de esas mismas empresas cuentan en Bolivia (es el caso de El País -España- y La Razón -Bolivia-, ambos del grupo PRISA). El evidente talón de Aquiles de ese régimen es la llamada "media luna", es decir, los departamentos del Sur y del Este, sin poblaciones originarias quechua-aymaras excepto por inmigración reciente, con petróleo y gas, que han sido el centro económico del país y que muestran claras tendencias separatistas en nombre de una "nación camba" que une una supuesta etnicidad (o anti-etnicidad), la economía y la aceptación de la política de los Estados Unidos. Algunos incidentes menores entre el gobierno boliviano y algún miembro de la Embajada de los Estados Unidos en Bolivia son indicativos de la nueva situación, menos sumisa ante la potencia hegemónica que sus antecesores.

Este "eje del mal" ha tenido candidatos frustrados: Ollanta Humala en el Perú, que fue vencido por Alan García, ambos, teóricamente, en la izquierda; López Obrador en México, aquí sí frente a un conservador, y a quien todo parece indicar que le fue robado el triunfo (no sólo hay pucherazos en los Estados Unidos). Sin embargo, en el Ecuador, la confrontación electoral de Correa y Noboa, candidatos para la segunda vuelta, se resolvería de modo que las elecciones de 2007 fueron ganadas por Rafael Correa, aunque sin haber presentado candidatos para el Parlamento con lo que tuvo que pactar con partidos (o con parlamentarios) que sí están presentes en el mismo y tuvo que convocar unas elecciones para una Asamblea Constituyente para septiembre de ese mismo año que coexistiera con el Parlamento y esperando obtener, y obteniendo, mayorías significativas en la Asamblea (80 escaños -curules- sobre 120). A dónde acabe llegando el régimen de Correa, está por ver, pero no parece exagerado situarlo en el "eje del mal".

No deja de ser curioso que los problemas más destacados con los medios de comunicación hayan sido, en la zona, problemas con los integrantes de este "eje del mal" con algunos casos sonados como el de la decisión de Hugo Chávez de suspender la concesión de la frecuencia a RCTV o los enfrentamientos entre Correa o Morales con algunos de los medios de sus respectivos países. Algunos observadores han llegado a indicar que si estos políticos no lograban resquebrajar el poder de los medios pro-estadounidenses (y que lo son por decisión propia o por "ayuda" de la diplomacia pública estadounidense), el proyecto de cambio social en el Continente iba a tener más dificultades de las esperables.

Lo chocante, en esta panorámica, es que al resto de gobiernos, exceptuando al reelegido Uribe en Colombia y al panista Calderón en México y sin contar Centroamérica, se les supone adscripción mayoritaria a la izquierda aunque no se hayan destacado precisamente por su "anti-americanismo" ni siquiera retórico: Bachelet en Chile, los Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en el Uruguay y, en particular, Lula en el Brasil que, al margen de cuestiones internas, se ha caracterizado por políticas bien poco izquierdistas de apoyo a sus propias multinacionales (Petrobras) que han actuado igual o peor que las estadounidenses o europeas (incluidas las españolas) cuando se ha tratado de explotar a los débiles. Para hacerse una idea de lo que representa una multinacional como Petrobras, tal vez convenga recordar que posee dos refinerías en Bolivia, adquiridas en 100 millones de dólares en 1999, que procesan el 90 por ciento de la gasolina que se vende allí. Además, controla el 46 por ciento de las reservas probadas de gas y casi el 40 por ciento de las de petróleo. Sus inversiones en el país ascienden a algo más de 1.100 millones de dólares, controla el 20 por ciento del PIB boliviano, representa la mitad de los impuestos recaudados en Bolivia, y responde por el 57% del gas boliviano. A esto hay que añadir que el gobierno de Correa denunció a Petrobras por prácticas ilegales.

¿Qué perspectivas se abren, en estas circunstancias, para la región, con independencia de las peculiaridades que tiene cada uno de sus componentes?

Las perspectivas económicas para la región no son halagüeñas. Es cierto que la retórica neoliberal "del menos Estado, más mercado (luego más desigualdad)" va siendo sustituida, pese a las inercias, por la idea del "Estado activista" (como lo ha llamado el PNUD). Sin embargo las elites latinoamericanas han aprendido muy rápidamente, porque encaja con sus propias tradiciones depredadoras, las prácticas neoconservadoras llevadas a cabo por la élite estadounidense. Dichas prácticas incluyen la denuncia de la pequeña corrupción mientras se practica de forma generalizada la gran corrupción: la que llevan a cabo las grandes empresas en connivencia con sus respectivos gobiernos. Para esto, la connivencia entre grandes empresas latinoamericanas y estadounidenses rompe la idea de un nacionalismo latinoamericano que se deja para las clases medias: tal vez "los intereses de la General Motors sean los intereses de los Estados Unidos", pero no se puede decir lo mismo de las multinacionales latinoamericanas en su conjunto. Existe el riesgo, además, de caer en la dinámica no de las "repúblicas bananeras" sino de las "repúblicas petroleras" sin considerar, como piden voces muy autorizadas en la zona, lo que pueda venir después del petróleo. Desde ese punto de vista, fue muy interesante el corto paso del economista Alberto Acosta por el Ministerio de Energía y Minas del Ecuador en el primer gobierno Correa. Y también es muy interesante que, en contra de lo llevado a cabo por el gobierno de Jamil Mahuad en el Ecuador haciendo del dólar la moneda nacional en lugar del sucre, se abran cada vez más iniciativas para "desconectarse" de la moneda estadounidense y de las prácticas imperiales del FMI y Banco Mundial. De ser así, se aceleraría la crisis de los Estados Unidos.

Las exaltaciones de la identidad, por su parte, es muy probable que sigan produciéndose. Por un lado, porque los fenómenos culturales funcionan como "el aprendiz de brujo", es decir, que una vez puestos en marcha, es muy difícil detenerlos. Por otro, porque las cuestiones relacionadas con la identidad (lengua, "raza", religión, "nación") son fácilmente manipulables entre las capas bajas de la sociedad azotada por la desigualdad y la pobreza y sin suficiente cobertura de políticas públicas. Las élites, claramente internacionalizadas, fomentan estas identidades ya que es el mejor instrumento de que disponen para convertir en cultura (símbolos, valores, normas) lo que es desigualdad y falta de servicios públicos y de políticas fiscales progresivas que, obviamente, no interesan a las élites que ven las cosas a corto plazo y "después de mí, el diluvio". Sin embargo, algunos movimientos sociales (La Otra Campaña, los Sin Tierra, los "piqueteros") podrían, a largo plazo, hacer cambiar el sistema en su conjunto y, desde esa perspectiva, son muy importantes los casos boliviano y ecuatoriano en los que se ha intentado una sincronización de movimientos sociales y Estado (Me remito a lo publicado en la web de la Fundación Carolina -www.fundacioncarolina.es- en la sección "Nombres propios" el 7 de abril de 2007).

En el terreno político es previsible la decadencia definitiva de los Estados Unidos aunque su sucesor sea una incógnita, mientras la China está tomando posiciones en el sector energético latinoamericano y no sólo en él. Simultáneamente, es igualmente previsible un incremento de la inestabilidad democrática favorecida por la desigualdad que, a su vez, impulsa gobiernos de izquierdas y por los intentos desestabilizadores de una potencia en su ocaso. Finalmente, América Latina podría sufrir particularmente los efectos de la turbulencia general producida por el cambio en el ciclo económico (esta vez alcista y, por tanto, más estatalista), el probable cambio de potencia hegemónica y el posible fin del sistema mundial que ahora conocemos y que ha durado como cinco siglos. Que lo que venga después sea por necesidad mejor que lo que hay ahora es altamente discutible. Chi vivrà, vedrà.

José María Tortosa

Instituto Universitario de Desarrollo Social y Paz

Universidad de Alicante

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