La filosofía es el arte de problematizar la realidad, su actividad no se sitúa en el reino exclusivo del conocimiento sino en la transformación del ser, gracias a la cual se puede alcanzar la conciencia sobre sí mismo, transitar y liberarse de los laberintos de la inconsciencia, de los prejuicios que impiden una mayor claridad respecto al mundo y la manera de verlo.
Los griegos fueron los maestros en señalar la importancia de este despertar de la conciencia, de la investigación sobre lo humano. Su representante más destacado fue Sócrates, autor de la mayéutica, cuyo método consistía en aplicar la crítica sobre el conocimiento y mostrar a los hombres su propia ignorancia. Comparaba su tarea a la de su madre, comadrona de oficio, pues ambos ayudaban a parir, ella biológicamente y él mediante el intelecto.
Por algo la cultura clásica griega ha sido el paradigma de la sabiduría, de la organización de la polis, la democracia, impulsora de los paradigmas racionales. Durante siglos se ha reconocido el impulso a la inteligencia y profundidad para establecer el principio de las cosas, los problemas de la realidad y el logos del universo.
En contrapunto a esta cultura, analizamos nuestra época, vinculada ya no a la pregunta por los orígenes del ser, sino a la instrumentalización de la razón respecto a los fines y las acciones, marcada por la sociedad de la competencia, la especialización, el consumo, una tecnología de guerra y violencia, donde la huella de la sabiduría ancestral ha sido borrada mediante la ignorancia y el olvido sobre nosotros mismos, eliminando la reflexión crítica y el cuestionamiento permanente.
Se trata de una actitud ante la vida que ha perdido su capacidad de elevar a nivel de problema el mundo que nos rodea. Esta condición se revela en nuestros sistemas educativos y en sus resultados, pues en ellos encontramos una falta de pensamiento crítico que deriva en la formación de estudiantes poco creativos, con niveles muy bajos de investigación científica y una enseñanza más repetitiva que innovadora.
La carencia de estos enfoques culturales en la educación se visualiza con igual fuerza en la política y en la religión. Partidos, candidatos y electores se encuentran obsesionados por la imagen, el poder, las luchas internas, las imposiciones y líneas desde la cúpula, las campañas sucias a costa de la verdad y tantas otras maravillas que han logrado crear un hastío e impotencia en la sociedad.
Esta falta de reflexión crítica también alcanza a la religión, donde no impera la racionalidad, sino que entran en movimiento emociones y percepciones, y se juega como en la política con las creencias a ultranza, la imposibilidad de cuestionar la realidad, la aceptación de las cosas como son sin posibilidad de cambio.
Esto ha quedado de manifiesto a raíz de la muerte de Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, quien a pesar de las acusaciones de pederastia en su contra, de las publicaciones y pruebas de sus violaciones, de los testimonios de quienes siendo jóvenes padecieron ultrajes y abusos, ha encontrado una iglesia y unos fieles que han preferido cerrar los ojos y alucinar que son cosas del demonio o pruebas divinas.
Se argumentó que, de ser ciertas dichas acusaciones, no hubiera inspirado ni creado su obra. Pensemos en Hitler, quien iluminó a una sociedad entera capaz del Holocausto; en los líderes religiosos que inducen al suicidio a sus correligionarios, en un Presidente Bush que en nombre de Dios convoca a la guerra.
Está estudiado cómo la enfermedad mental seduce y fascina y las perversiones de los líderes provocan delirios y fe en sus seguidores. Es por ello que la condición humana siempre está en riesgo cuando ofrece su confianza a alguien más sin anteponer la razón.
Si aprendiéramos a cuestionar la realidad, investigar lo prohibido en el caso de algunas "verdades", a preguntarnos por lo que nos rodea y por los intereses e ideologías debajo de las enseñanzas, se hubieran evitado muchos males. No es gratuito que los filósofos de todas las épocas hagan un llamado a poner los prejuicios entre paréntesis, buscar con más objetividad la verdad y tomarse el riesgo de caminar a solas fuera del rebaño.
La filosofía moderna se inicia con el método de la duda: cuestionar todo lo adquirido y emprender la búsqueda del conocimiento, un conocimiento claro y distinto frente a lo oscuro y confuso. Por ello se considera a René Descartes el padre de la modernidad y a la duda metódica el camino en la lucha contra la ignorancia.
Recuperemos la sabiduría de quienes nos enseñaron a pensar y a cuestionar lo visible e invisible de nuestro entorno.
Por Alejandra Rangel | El Norte / REFORMA | 09 Febrero 08
Perfil de Alejandra Rangel de Clariond: Licenciada en Filosofía y Maestra en Metodología de la Ciencia. Profesora e Investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Cuenta con publicaciones en las áreas de literatura, cultura y análisis social. Estudiosa de temas de la Modernidad, Posmodernidad, y Desarrollo sociocultural.
Los griegos fueron los maestros en señalar la importancia de este despertar de la conciencia, de la investigación sobre lo humano. Su representante más destacado fue Sócrates, autor de la mayéutica, cuyo método consistía en aplicar la crítica sobre el conocimiento y mostrar a los hombres su propia ignorancia. Comparaba su tarea a la de su madre, comadrona de oficio, pues ambos ayudaban a parir, ella biológicamente y él mediante el intelecto.
Por algo la cultura clásica griega ha sido el paradigma de la sabiduría, de la organización de la polis, la democracia, impulsora de los paradigmas racionales. Durante siglos se ha reconocido el impulso a la inteligencia y profundidad para establecer el principio de las cosas, los problemas de la realidad y el logos del universo.
En contrapunto a esta cultura, analizamos nuestra época, vinculada ya no a la pregunta por los orígenes del ser, sino a la instrumentalización de la razón respecto a los fines y las acciones, marcada por la sociedad de la competencia, la especialización, el consumo, una tecnología de guerra y violencia, donde la huella de la sabiduría ancestral ha sido borrada mediante la ignorancia y el olvido sobre nosotros mismos, eliminando la reflexión crítica y el cuestionamiento permanente.
Se trata de una actitud ante la vida que ha perdido su capacidad de elevar a nivel de problema el mundo que nos rodea. Esta condición se revela en nuestros sistemas educativos y en sus resultados, pues en ellos encontramos una falta de pensamiento crítico que deriva en la formación de estudiantes poco creativos, con niveles muy bajos de investigación científica y una enseñanza más repetitiva que innovadora.
La carencia de estos enfoques culturales en la educación se visualiza con igual fuerza en la política y en la religión. Partidos, candidatos y electores se encuentran obsesionados por la imagen, el poder, las luchas internas, las imposiciones y líneas desde la cúpula, las campañas sucias a costa de la verdad y tantas otras maravillas que han logrado crear un hastío e impotencia en la sociedad.
Esta falta de reflexión crítica también alcanza a la religión, donde no impera la racionalidad, sino que entran en movimiento emociones y percepciones, y se juega como en la política con las creencias a ultranza, la imposibilidad de cuestionar la realidad, la aceptación de las cosas como son sin posibilidad de cambio.
Esto ha quedado de manifiesto a raíz de la muerte de Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, quien a pesar de las acusaciones de pederastia en su contra, de las publicaciones y pruebas de sus violaciones, de los testimonios de quienes siendo jóvenes padecieron ultrajes y abusos, ha encontrado una iglesia y unos fieles que han preferido cerrar los ojos y alucinar que son cosas del demonio o pruebas divinas.
Se argumentó que, de ser ciertas dichas acusaciones, no hubiera inspirado ni creado su obra. Pensemos en Hitler, quien iluminó a una sociedad entera capaz del Holocausto; en los líderes religiosos que inducen al suicidio a sus correligionarios, en un Presidente Bush que en nombre de Dios convoca a la guerra.
Está estudiado cómo la enfermedad mental seduce y fascina y las perversiones de los líderes provocan delirios y fe en sus seguidores. Es por ello que la condición humana siempre está en riesgo cuando ofrece su confianza a alguien más sin anteponer la razón.
Si aprendiéramos a cuestionar la realidad, investigar lo prohibido en el caso de algunas "verdades", a preguntarnos por lo que nos rodea y por los intereses e ideologías debajo de las enseñanzas, se hubieran evitado muchos males. No es gratuito que los filósofos de todas las épocas hagan un llamado a poner los prejuicios entre paréntesis, buscar con más objetividad la verdad y tomarse el riesgo de caminar a solas fuera del rebaño.
La filosofía moderna se inicia con el método de la duda: cuestionar todo lo adquirido y emprender la búsqueda del conocimiento, un conocimiento claro y distinto frente a lo oscuro y confuso. Por ello se considera a René Descartes el padre de la modernidad y a la duda metódica el camino en la lucha contra la ignorancia.
Recuperemos la sabiduría de quienes nos enseñaron a pensar y a cuestionar lo visible e invisible de nuestro entorno.
Por Alejandra Rangel | El Norte / REFORMA | 09 Febrero 08
Perfil de Alejandra Rangel de Clariond: Licenciada en Filosofía y Maestra en Metodología de la Ciencia. Profesora e Investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. Cuenta con publicaciones en las áreas de literatura, cultura y análisis social. Estudiosa de temas de la Modernidad, Posmodernidad, y Desarrollo sociocultural.
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