
Por Alfredo Velarde
Congruente con el mandato que emana del tristemente célebre “Consenso de Washington” (en realidad un acuerdo entre los poderosos contra las multitudes inconformes que en el mundo elevan su voz de discenso a esa devastadora estrategia del capitalismo global contra pueblos y naciones), el gobierno calderonista camina en el sentido y la dirección de cumplir a rajatabla sus mandatos que, para los neoliberales en el poder, son el equivalente de acatar La Biblia para los cristianos; La Torah para los judíos; o El Corán para los musulmanes.
Brevemente descrito a través de su decálogo rector, el “Consenso de Washington” ordena que los gobiernos títeres, leales suyos, gobiernen lo que queda de sus respectivos Estados-nación con arreglo a los siguientes puntos, a decir de John Williams del Banco Mundial , obligatorios de toda política económica “saludable” en la lógica de los grandes organismos multilaterales: 1. Disciplina Fiscal; 2. Prioridades del Gasto Público: reducción de subsidios; 3. Reformas Impositivas: base amplia de los impuestos; 4. Tasas de Interés Positivas; 5. Tasas de Cambio Competitivas; 6. Liberalización del Comercio; 7. Estímulos a las Inversiones Extranjeras Directas; 8. Privatización de Empresas Estatales; 9. Desregulación; 10. Derechos de propiedad.
Como vemos, ante las múltiples voces que han insistido en que tras los primeros 100 días de la presidencia de facto de Felipe Calderón , se ha hecho muy claro que el presidente emanado del fraude electoral carece de programa de gobierno, que no sea el desarrollo –en realidad insustancial- de su abstracta campaña punitiva en contra del “crimen organizado” de corto alcance, debe afirmarse que, su verdadero “proyecto de nación” , consiste precisamente en desmantelarla al acatar el rígido decálogo neoliberal arriba señalado, y eso explica muy bien, por qué, cada una de sus medidas, tanto de índole económica, cuanto en materia de “seguridad”, han levantado una enorme aceptación de la impopular administración Bush en su propio país, en la misma medida en que ha logrado generalizar un creciente repudio de los sectores sociales, civiles y populares en México.
En efecto, Calderón carece de un proyecto de nación alterno al que se nos ha impuesto con saña durante el último cuarto de siglo; pero detenta un claro, rígido e inflexible proyecto de gobierno impuesto por los intereses que provienen del exterior, y ello explica las razones debido a las cuales, ente más se aplauden sus medidas desde la Casa Blanca , ordenadas por ésta misma, más repudio y una extendida desaprobación se genera desde el país que cree gobernar entre más avanza en su estridente iniciativa por desmantelar los últimos rescoldos de la vieja soberanía nacional , que ya amenaza con hacer de México una suerte mero protectorado yanqui . ¿Terminaremos siendo una Panamá al cubo?
Es en este contexto dentro del cual debe analizarse el sentido último que tiene el reciente anuncio gubernamental por reincidir –en concordancia con el “Consenso de Washington”- en una nueva privatización del sector carretero nacional . Desde la tónica y el contenido mismo de su discurso anunciador de una medida típicamente neoliberal que, si se recuerda, hace casi diez años condujo al desastre privatizador de las más importantes vías de comunicación en México, expresado en la quiebra administrativa de las vías de comunicación, mientras los administradores de ellas amasaron grandes fortunas que, luego del desfalco que los benefició, hicieron necesario el llamado con eufemismo “rescate carretero” , el gobierno calderonista propone más de lo mismo. Para Calderón, no se trata de explorar la efectividad de una medida que permitirá, “de un solo golpe”, según sus propias palabras, que el erario público consiga recursos para evitar “hacerle más apretadas de tuercas al presupuesto” federal. Para él, no obstante la experiencia acumulada, se trata de una iniciativa necesaria y pertinente. ¿Pero quién nos asegura que no se volverá a “quebrar” y que no será necesario volver a “rescatar” las carreteras con cargo a usted y a mí, amable lector? Para los gobernantes de la tecnocracia neoliberal, las carreteras, como todos los otros bienes de la infraestructura nacional, son suyas o debieran serlo.
De ahí que hablen de “devolución” de las carreteras a los empresarios, como si éstas hubiesen sido suyas siempre, cuando sabemos que ello no es así. No se ha olvidado cómo, por ejemplo, a partir de la privatización, entre más se inflaron los costos del peaje, mayores fueron los deterioros de las vías de comunicación por el insuficiente mantenimiento que las hicieron enormemente inseguras con grandes pérdidas en vidas y recursos por los incontables accidentes que configuraron el preludio del despojo criminal que vino después para el contribuyente. Esa medicina, ya nos la administraron, y sus efectos resultaron calamitosos. Lo grave de ello, lo más escandaloso del anuncio gubernamental, radica en que el régimen pretende, de nueva cuenta, administrar la misma medicina que ya mostró en el pasado su inviabilidad, con excepción de los grandes amigos de los funcionarios que favorecieron, en un evidente tráfico de influencias, con aquella privatización zedillista del sector carretero.
En aquel entonces, los pagarés por concepto de indemnización carretera, fueron transferidos a deuda del Estado para ser saldada, vía impuestos, por el contribuyente nacional, débito que todavía hoy no se finiquita, ascendiendo a más de 170 mil millones de pesos. Si bien su costo inicial fue de 58 mil 123 millones de pesos, una década después dicha deuda creció en 206% hasta la escalofriante deuda actual. Por eso no sorprende, la presencia del inefable Luis Téllez al frente de la SCT , ni el desvergonzado cinismo monotemático del régimen para reincidir en lo mismo que tanto daño ha hecho a la hacienda pública nacional, y a que se afirme que el “saneamiento” de la deuda carretera ya ocurrió. ¿Cuánto nos durará la paciencia?
Congruente con el mandato que emana del tristemente célebre “Consenso de Washington” (en realidad un acuerdo entre los poderosos contra las multitudes inconformes que en el mundo elevan su voz de discenso a esa devastadora estrategia del capitalismo global contra pueblos y naciones), el gobierno calderonista camina en el sentido y la dirección de cumplir a rajatabla sus mandatos que, para los neoliberales en el poder, son el equivalente de acatar La Biblia para los cristianos; La Torah para los judíos; o El Corán para los musulmanes.
Brevemente descrito a través de su decálogo rector, el “Consenso de Washington” ordena que los gobiernos títeres, leales suyos, gobiernen lo que queda de sus respectivos Estados-nación con arreglo a los siguientes puntos, a decir de John Williams del Banco Mundial , obligatorios de toda política económica “saludable” en la lógica de los grandes organismos multilaterales: 1. Disciplina Fiscal; 2. Prioridades del Gasto Público: reducción de subsidios; 3. Reformas Impositivas: base amplia de los impuestos; 4. Tasas de Interés Positivas; 5. Tasas de Cambio Competitivas; 6. Liberalización del Comercio; 7. Estímulos a las Inversiones Extranjeras Directas; 8. Privatización de Empresas Estatales; 9. Desregulación; 10. Derechos de propiedad.
Como vemos, ante las múltiples voces que han insistido en que tras los primeros 100 días de la presidencia de facto de Felipe Calderón , se ha hecho muy claro que el presidente emanado del fraude electoral carece de programa de gobierno, que no sea el desarrollo –en realidad insustancial- de su abstracta campaña punitiva en contra del “crimen organizado” de corto alcance, debe afirmarse que, su verdadero “proyecto de nación” , consiste precisamente en desmantelarla al acatar el rígido decálogo neoliberal arriba señalado, y eso explica muy bien, por qué, cada una de sus medidas, tanto de índole económica, cuanto en materia de “seguridad”, han levantado una enorme aceptación de la impopular administración Bush en su propio país, en la misma medida en que ha logrado generalizar un creciente repudio de los sectores sociales, civiles y populares en México.
En efecto, Calderón carece de un proyecto de nación alterno al que se nos ha impuesto con saña durante el último cuarto de siglo; pero detenta un claro, rígido e inflexible proyecto de gobierno impuesto por los intereses que provienen del exterior, y ello explica las razones debido a las cuales, ente más se aplauden sus medidas desde la Casa Blanca , ordenadas por ésta misma, más repudio y una extendida desaprobación se genera desde el país que cree gobernar entre más avanza en su estridente iniciativa por desmantelar los últimos rescoldos de la vieja soberanía nacional , que ya amenaza con hacer de México una suerte mero protectorado yanqui . ¿Terminaremos siendo una Panamá al cubo?
Es en este contexto dentro del cual debe analizarse el sentido último que tiene el reciente anuncio gubernamental por reincidir –en concordancia con el “Consenso de Washington”- en una nueva privatización del sector carretero nacional . Desde la tónica y el contenido mismo de su discurso anunciador de una medida típicamente neoliberal que, si se recuerda, hace casi diez años condujo al desastre privatizador de las más importantes vías de comunicación en México, expresado en la quiebra administrativa de las vías de comunicación, mientras los administradores de ellas amasaron grandes fortunas que, luego del desfalco que los benefició, hicieron necesario el llamado con eufemismo “rescate carretero” , el gobierno calderonista propone más de lo mismo. Para Calderón, no se trata de explorar la efectividad de una medida que permitirá, “de un solo golpe”, según sus propias palabras, que el erario público consiga recursos para evitar “hacerle más apretadas de tuercas al presupuesto” federal. Para él, no obstante la experiencia acumulada, se trata de una iniciativa necesaria y pertinente. ¿Pero quién nos asegura que no se volverá a “quebrar” y que no será necesario volver a “rescatar” las carreteras con cargo a usted y a mí, amable lector? Para los gobernantes de la tecnocracia neoliberal, las carreteras, como todos los otros bienes de la infraestructura nacional, son suyas o debieran serlo.
De ahí que hablen de “devolución” de las carreteras a los empresarios, como si éstas hubiesen sido suyas siempre, cuando sabemos que ello no es así. No se ha olvidado cómo, por ejemplo, a partir de la privatización, entre más se inflaron los costos del peaje, mayores fueron los deterioros de las vías de comunicación por el insuficiente mantenimiento que las hicieron enormemente inseguras con grandes pérdidas en vidas y recursos por los incontables accidentes que configuraron el preludio del despojo criminal que vino después para el contribuyente. Esa medicina, ya nos la administraron, y sus efectos resultaron calamitosos. Lo grave de ello, lo más escandaloso del anuncio gubernamental, radica en que el régimen pretende, de nueva cuenta, administrar la misma medicina que ya mostró en el pasado su inviabilidad, con excepción de los grandes amigos de los funcionarios que favorecieron, en un evidente tráfico de influencias, con aquella privatización zedillista del sector carretero.
En aquel entonces, los pagarés por concepto de indemnización carretera, fueron transferidos a deuda del Estado para ser saldada, vía impuestos, por el contribuyente nacional, débito que todavía hoy no se finiquita, ascendiendo a más de 170 mil millones de pesos. Si bien su costo inicial fue de 58 mil 123 millones de pesos, una década después dicha deuda creció en 206% hasta la escalofriante deuda actual. Por eso no sorprende, la presencia del inefable Luis Téllez al frente de la SCT , ni el desvergonzado cinismo monotemático del régimen para reincidir en lo mismo que tanto daño ha hecho a la hacienda pública nacional, y a que se afirme que el “saneamiento” de la deuda carretera ya ocurrió. ¿Cuánto nos durará la paciencia?
Comentario: me llama la atención de esto que aterriza el autor del texto ¿hasta cuando?, ¿se dan cuenta que en general hay un sentir de varios autores tanto de medios alternativos como de los que convencionales son excepcion y si informan?, es muy interesante indagar en la conducta humana y veo dos opciones: 1) La reacción lógica trazada desde el sistema imperante "un mero maquillaje", 2) La reacción que se opone a la manipulación de la mente y comportamiento de la gente. Pocos autores al informan siembran esa interrogante, ¿hasta cuando?, ahora, algunos si la citan pero no nos dan elementos para confrontar al sistema. Voy a esto, el parrafo casi completo que puse en rojo de esta nota es la mera neta, una joya que nos puede dar bases para estructurar un manual de resistencia, nos señala "así actua el imperio", ¿tons que hacemos?, ¿llorar?, NO PLANIFICAR Y ORGANIZAR RESPECTO A ESA INFORMACIÓN VERTIDA ¿le entran o no? ustedes dicen lectores y espero le entren con ganas... ahí ta la ruta, a combatir estos 10 puntos (de entrada, de cajón):
1. Disciplina Fiscal; 2. Prioridades del Gasto Público: reducción de subsidios; 3. Reformas Impositivas: base amplia de los impuestos; 4. Tasas de Interés Positivas; 5. Tasas de Cambio Competitivas; 6. Liberalización del Comercio; 7. Estímulos a las Inversiones Extranjeras Directas; 8. Privatización de Empresas Estatales; 9. Desregulación; 10. Derechos de propiedad.
1. Disciplina Fiscal; 2. Prioridades del Gasto Público: reducción de subsidios; 3. Reformas Impositivas: base amplia de los impuestos; 4. Tasas de Interés Positivas; 5. Tasas de Cambio Competitivas; 6. Liberalización del Comercio; 7. Estímulos a las Inversiones Extranjeras Directas; 8. Privatización de Empresas Estatales; 9. Desregulación; 10. Derechos de propiedad.
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