La Romana, Revoluciones
Para Hobbes el pueblo es un “uno” porque tiene una única voluntad, un mismo sentir y una única manera de comprender su realidad. El pueblo está conformado por una comunidad sustancial que actúa en cooperación para calmar la angustia producida por peligros circunscriptos. La multitud en cambio no actúa en respuesta a un sentimiento común sino a propósitos que obedecen a miedos desconocidos.
La naturaleza del hombre lo llevó a actuar, a estar en constante movimiento para acercarse a aquello que satisfacía sus necesidades primarias, y alejarse de lo que le producía daño o irritación. Esa actuación individual lo llevó a enfrentar situaciones de discordia con sus semejantes, como la competencia, la desconfianza y la gloria. Cada hombre, con su propio poder, luchó y enfrentó una guerra natural. Pero las pasiones también lo llevaron a necesitar un estado de paz, ya sea por temor a la muerte o por el deseo de conseguir las cosas necesarias con su propio esfuerzo, es decir con su trabajo. Para conseguir esa paz usó la razón y creó un poder común que
impuso mediante pactos, normas o leyes. La ley debía asegurar que su aplicación fuera justa para conservar la paz. En la actualidad el poder común se deposita en representantes del pueblo que son elegidos por su capacidad para procurar a todos: seguridad, salud, felicidad, libertad, igualdad en el acceso a la instrucción, al trabajo, a la propiedad; así mismo por su capacidad para combatir el ocio, la explotación, los monopolios, la inseguridad y la infelicidad. Las formas de representación de un pueblo han sido muchas en la historia de la humanidad. En la monarquía la soberanía se otorga casi por mandato divino. En la dictadura no hayparticipación del pueblo en la elección del soberano. En la democracia el pueblo elige a sus representantes y deposita en ellos tres poderes “autónomos”: legislativo, ejecutivo y judicial. Cuando los depositarios de estos poderes no cumplen con las reglas (leyes) establecidas, el pueblo retrocede a su estado natural de lucha en la búsqueda de satisfactores y en la mitigación de sus temores.
Octavio Paz decía: “una revuelta es una vuelta al comienzo mítico que el imaginario social jamás abandona”.
La revuelta es característica de una multitud desorganizada que revela un descontento sin fijar un propósito común. Se enciende fácilmente con una mecha y se apaga tristemente con una bala. La revuelta constituye una involución del hombre, por lo tanto, éste habrá de recorrer nuevamente el camino de la incivilidad. La resistencia pacífica de un pueblo encierra mucho más que un desencanto generalizado. Es una forma civilizada de restablecer la ley que ha sido violada por los gobernantes. Es una muestra de una voluntad única para restituir la razón de ser de la ley. Decía que los gobernantes, a quienes hemos otorgado el poder común, están obligados a ser los primeros en respetar la ley y no a servirse de ella para anteponer intereses personales al interés común. El pueblo, no la multitud, percibe el engaño de muchas maneras; sufre los efectos de la injusticia y la desigualdad, se da cuenta del enriquecimiento de sus representantes y sus aliados, valora la fragilidad de las instituciones y descubre a un líder natural dispuesto a luchar pacíficamente por el bien común.
No nos equivoquemos. No confundamos a un pueblo con una multitud. No despreciemos la posibilidad de conservar la paz social y transitar por el camino de la civilidad. En todo caso el actuar de la multitud está representado hoy por aquellos que desprecian la voluntad del pueblo y se autonombran pacíficos, pero violadores de la ley.
Para Hobbes el pueblo es un “uno” porque tiene una única voluntad, un mismo sentir y una única manera de comprender su realidad. El pueblo está conformado por una comunidad sustancial que actúa en cooperación para calmar la angustia producida por peligros circunscriptos. La multitud en cambio no actúa en respuesta a un sentimiento común sino a propósitos que obedecen a miedos desconocidos.
La naturaleza del hombre lo llevó a actuar, a estar en constante movimiento para acercarse a aquello que satisfacía sus necesidades primarias, y alejarse de lo que le producía daño o irritación. Esa actuación individual lo llevó a enfrentar situaciones de discordia con sus semejantes, como la competencia, la desconfianza y la gloria. Cada hombre, con su propio poder, luchó y enfrentó una guerra natural. Pero las pasiones también lo llevaron a necesitar un estado de paz, ya sea por temor a la muerte o por el deseo de conseguir las cosas necesarias con su propio esfuerzo, es decir con su trabajo. Para conseguir esa paz usó la razón y creó un poder común que
impuso mediante pactos, normas o leyes. La ley debía asegurar que su aplicación fuera justa para conservar la paz. En la actualidad el poder común se deposita en representantes del pueblo que son elegidos por su capacidad para procurar a todos: seguridad, salud, felicidad, libertad, igualdad en el acceso a la instrucción, al trabajo, a la propiedad; así mismo por su capacidad para combatir el ocio, la explotación, los monopolios, la inseguridad y la infelicidad. Las formas de representación de un pueblo han sido muchas en la historia de la humanidad. En la monarquía la soberanía se otorga casi por mandato divino. En la dictadura no hayparticipación del pueblo en la elección del soberano. En la democracia el pueblo elige a sus representantes y deposita en ellos tres poderes “autónomos”: legislativo, ejecutivo y judicial. Cuando los depositarios de estos poderes no cumplen con las reglas (leyes) establecidas, el pueblo retrocede a su estado natural de lucha en la búsqueda de satisfactores y en la mitigación de sus temores.
Octavio Paz decía: “una revuelta es una vuelta al comienzo mítico que el imaginario social jamás abandona”.
La revuelta es característica de una multitud desorganizada que revela un descontento sin fijar un propósito común. Se enciende fácilmente con una mecha y se apaga tristemente con una bala. La revuelta constituye una involución del hombre, por lo tanto, éste habrá de recorrer nuevamente el camino de la incivilidad. La resistencia pacífica de un pueblo encierra mucho más que un desencanto generalizado. Es una forma civilizada de restablecer la ley que ha sido violada por los gobernantes. Es una muestra de una voluntad única para restituir la razón de ser de la ley. Decía que los gobernantes, a quienes hemos otorgado el poder común, están obligados a ser los primeros en respetar la ley y no a servirse de ella para anteponer intereses personales al interés común. El pueblo, no la multitud, percibe el engaño de muchas maneras; sufre los efectos de la injusticia y la desigualdad, se da cuenta del enriquecimiento de sus representantes y sus aliados, valora la fragilidad de las instituciones y descubre a un líder natural dispuesto a luchar pacíficamente por el bien común.
No nos equivoquemos. No confundamos a un pueblo con una multitud. No despreciemos la posibilidad de conservar la paz social y transitar por el camino de la civilidad. En todo caso el actuar de la multitud está representado hoy por aquellos que desprecian la voluntad del pueblo y se autonombran pacíficos, pero violadores de la ley.
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