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06 junio 2007

Que Pasa, USA? (R)


ECOS DE LA CERTIFICACIÓN

Embajador Davidow: Aunque solía rehusar muchas más invitaciones de las que aceptaba, en febrero de 2000 sentí una cierta responsabilidad cuando me invitaron a pronunciar un discurso durante un desayuno de exalumnos de la Universidad del Sur de California y con asistencia de miembros de la prensa mexicana en relación al proceso de certificación de México en la cooperación de la lucha contra el narcotráfico. Estos hombres y mujeres mexicanos eran precisamente el tipo de líderes de opinión altamente educados que podrían contribuir a difundir el mensaje de la necesidad de más cooperación y entendimiento. * * * Uno de los asistentes improvisó un pequeño discurso disfrazado de pregunta, algo que sucede con frecuencia en esas ocasiones:

—“Todo lo que vemos aquí son informes provenientes de Estados Unidos que dicen que los delincuentes en materia de drogas son colombianos y mexicanos, nunca vaqueros norteamericanos”, afirmó. “¿Qué hacen ustedes para perseguir a los criminales estadounidenses? ¿Quién certifica a Estados Unidos?”

—La pregunta tenía filo, pues reflejaba el orgullo herido de los mexicanos, que resentían tanto la imagen de su país como un paraíso de señores de la droga como el proceso anual de la certificación. Se basaba en la percepción, común en México de que el negocio de la droga en Estados Unidos es demasiado grande y jugoso para ser encabezado por extranjeros. Los estadounidenses deben estar detrás de todo esto.

Empecé por resumir nuestros esfuerzos tanto por combatir a los narcotraficantes como para reducir la demanda de drogas que éstos proveían. Hice notar que nuestra población carcelaria había crecido enormemente en años recientes y aseguré a mi interrogador que también perseguíamos a los narcotraficantes locales en Estados Unidos. La prensa mexicana no prestó atención. “No es de extrañar que ustedes no sepan lo que estamos haciendo”, dije, esperando que mi tono sarcástico sacudiera a los reporteros presentes. Éstos continuaron comiendo.

Luego traté de explicar cómo casi todos, si no todos, los cárteles de la droga que existen en Estados Unidos son manejados desde fuera de ese país, donde son menos vulnerables a sus leyes y corporaciones policíacas. En un esfuerzo retórico, que pocos comprendieron, eché mano de una analogía para mostrar cómo funciona el sistema. “El propietario de una gran distribuidora de automóviles en la Ciudad de México es probablemente rico y poderoso —dije—, pero las decisiones importantes en lo que se refiere a la industria automotriz (finanzas, estilos, producción) se toman en Detroit o Tokio, y ahí es adonde van las grandes ganancias. Los peces verdaderamente gordos en el comercio ilegal de drogas viven fuera de Estados Unidos, tal como los empresarios verdaderamente poderosos de la industria automotriz viven fuera de México. Los que llevan el negocio de las drogas en Estados Unidos, no importa lo poderosos y malvados que sean, son personajes relativamente pequeños.” En deferencia al público, no mencioné que en muchos lugares en Estados Unidos, el comercio de drogas, incluso en el nivel de la calle, está controlado por mexicanos.

Yo estaba al tanto de que en el fondo de la pregunta estaba un pesaroso sentimiento, ampliamente compartido en México, de que el problema de la droga se produce en Estados Unidos. Este punto de vista, simplista y erróneo, sostiene que sin demanda norteamericana no habría surtido mexicano; México es una pobre víctima de la geografía, ubicada entre los productores de cocaína más grandes del mundo y el enorme mercado estadounidense. La idea de México como víctima ignora la realidad de los agresivos cárteles mexicanos que continuamente buscan nuevas fuentes de abastecimiento y nuevos mercados, incluso—y cada vez más—en el interior de México. Los criminales mexicanos son grandes jugadores en el mundo de la droga y su país no es solamente una víctima de fuerzas extrañas, por más reconfortante que pueda ser esa noción para algunos.

“El hecho es que los cuarteles generales del mundo del narcotráfico están hoy en México—afirmé—. Ésta es la verdad. De la misma manera que las oficinas centrales de la mafia estaban en Sicilia, las de los narcotraficantes están en otros países, y México es uno de ellos. Por esa razón, estamos colaborando con el gobierno de México y hemos encontrado mucha cooperación, cada vez mayor, en esta lucha común.”

Algunos reporteros y redactores de encabezados se centraron en mi declaración de que México era uno de los varios centros de operación de los narcotraficantes en el mundo, pero otros ignoraron que comenté que México era sólo uno de muchos países y afirmaban: “México es la nueva Sicilia.” Más de un editorialista, por ejemplo, trató de adivinar a qué distribuidor de autos había yo aludido veladamente como un narcotraficante.* * * Las interpretaciones resultaron infinitas, maquiavélicas y todas erróneas. Yo por mi parte, pagué el precio de ser descuidado en una presentación que no tenía nada de especial.
© Fuente: Jeffrey Davidow, >> El oso y el puercoespín<<, Grijalbo (2003).

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