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13 junio 2007

Mitontic, Chiapas, abandono y desprecio, rostro de la miseria

Desatendidos y aislados, los indígenas de Mitontic están habituados a la ausencia de derechos y a la indiferencia del gobierno Federal. Condenados a la sed y a los abruptos caminos, los tzotziles de esta parte de la montaña resisten los embates del olvido y la marginación

Paulina Monroy

Mitontic, Chiapas. El agua está empantanada, llena de renacuajos y mosquitos. Los pozos se secan a falta de lluvia. “Es del color del tamarindo”, dice Mariano Ordóñez, presidente municipal, y es lo que ingieren los tzotziles: agua que no es potable, incolora, tampoco insípida o inodora, aquí hiede y sabe a tierra. Cuando el calor por fin extinga ese par de charcos que alimentan a 160 habitantes, la opción es el torrente contaminado, donde desemboca el drenaje.

María Ordóñez se hinca y toma la vasija y la llena y vacía para dar cuenta de lo que beben: lodo. Tiene 65 años, pero se impone al edil y le habla de frente: “a mi edad ya no puedo caminar hasta el arroyo, son tres horas de andar y la espalda me duele”. Trajina encorvada y está en los huesos; la pesadumbre se quedó como un rasgo indeleble en sus facciones.

Con todo, recoge y devuelve ese chorro del barrizal mientras se quita los insectos de la cara. Será que por ella habla el desamparo y la rabia porque, en sus 65 años de vida, nadie había visitado ese rincón desierto, Suytic, el lugar de piedras filosas, donde el suelo es adusto y los pies lacerados en ese diario andar que abre veredas.

Ésta es la segunda vez que el alcalde priísta visita la comunidad, pero los habitantes se acostumbraron al aislamiento y al olvido. No hay caminos y al paraje lo atraviesa sólo una brecha árida. Arrinconado geográficamente, todo es lejanía en Suytic. Sólo a fuerza de abrir el camino sobre la empinada montaña, Suytic puede comunicarse con sus vecinos Baachén, Oxinam y Pulumsibac. Chalam, donde está la comida y el agua, está a dos horas y para llegar los indígenas tienen que aferrar los huaraches a las fisuras de las rocas.

A un costado de la solitaria senda está la única escuela, un salón de lámina recién construido por la comunidad, donde se imparte preescolar y los primeros años de primaria. Como en otros parajes, el gobierno se excusa de equipar al plantel con material y mobiliario adecuado por los infranqueables trayectos.

“Impedidos” de recibir más apoyos de la federación, los niños aprenden en dos troncos que simulan una banca y una mesa sobre el piso de tierra y apretados detienen la hoja y el lápiz en los pocos rincones que sobran del madero.

El funcionario comenta que todavía el año pasado los niños no recibían educación, por lo retirada que estaba la escuela más próxima, a hora y media a pie, trayecto que deben hacer los jóvenes si quieren cursar la secundaria o el bachillerato.

Es común ver a los chiquillos con las botas roídas y a las niñas con los pies magullados. “Hay mucha piedra y está un poco peligroso. Los niños que andan descalzos se cortan de eso”, advierte el alcalde. Aún cuando este suelo es hostil, todo su día se va en subir o bajar del monte. Como Juan, de ocho años, que va del aula a la casa que está sobre una pendiente rocosa. Él se trepa con sus deteriorados zapatos y descansa en esa habitación donde el piso es un tapete de cenizas y las paredes están llenas de tizne.

El olor a leña apagada satura el aire del único cuarto donde duermen y comen los 13 miembros de la familia, incluyendo al regidor plurinominal del PRD, que es su hermano. A ninguna de las viviendas de Suytic llegó la estufa Lorena, el piso firme o el agua entubada. Ni las caravanas de salud, ni el Seguro Popular se asoman y no hay proyectos productivos. Nada sucede por efecto de las distancias.

Por eso en las súplicas en bats´ic´op, o verdadera lengua, del policía municipal, Pedro Velásquez, se oye constante la palabra mestiza “carretera”. De haberla, los hombres no emigrarían, porque ya no hay maíz ni familias completas abandonarían el paraje por la falta de agua.

En Baachén la situación no es diferente. Sus habitantes también están incomunicados y es imposible comercializar la producción de durazno o tener servicios médicos, porque a los enfermos hay que cargarlos por el acantilado durante hora y media y llevarlos a cuestas guardando el equilibro sobre los atajos empedrados y mojados.

Y es que hasta la sima del risco está la única carretera pavimentada del municipio -20 kilómetros que van de la cabecera municipal a Chalam y comunican a ocho de 24 comunidades-. El resto de Mitontic está colmado de caminos de terracería, veredas y aperturas de camino, las vías agrestes que son recorridas por los infatigables sots´il winik u hombres murciélagos. Siempre a pie, con el sol como vigía o abrigados por la neblina, con el mecapal y la carga de madera o los cajones de refresco, yendo al hogar o la parcela, donde se dé el cultivo ahí está su rumbo.

La fuente de la nota es: Contralínea, para leerla toda da click aquí

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