(Fránces)
¡Cuánto no se simplificarían, a pesar de todo, las relaciones entre miembros de una misma sociedad, si pusiéramos otro espíritu en el cuadro trazado de las necesidades exteriores!
Persuadámonos bien de que no son ante todo las diferencias de clases, de funciones, las formas más desemejantes de destino, causa de enemistad entre los hombres. Si así fuera, se vería reinar una paz idílica entre colegas, camaradas y todas las gentes de intereses análogos y suerte parecida. Todos saben muy bien, por el contrario, que las querellas más encarnizadas son las que estallan entre semejantes, y que no hay guerra peor que la intestina.
Pero lo que impide a los hombres entenderse, es ante todo el orgullo. El orgullo hace del hombre un erizo, que no puede tocar a otro sin herirle. Hablemos primero del orgullo de los grandes.
Lo que me desagrada es ese rico que pasa en su carruaje, no es su coche, ni su vestido, ni el número y el empaque de sus criados: es su desprecio. No me molesta que posea una gran fortuna, a menos que yo tenga mal carácter; pero me molesta con razón, que me salpique de lodo, me atropelle, manifiesta en toda su actitud que nada significo a sus ojos, porque no soy rico como él.
Me impone, después de todo, un sufrimiento, y un sufrimiento inútil. Me humilla y me insulta gratuitamente. No ya lo más vulgar que hay en mí, sino lo más noble, se levanta frente a este orgullo que hiere. No me acuséis de envidia, no siento ninguna; mi dignidad de hombre es la atacada.
Algunos ricos no tienen esta concepción baja, sobre todo los que están, de padres e hijos, habituados al bienestar, pero olvidan que es de una cierta delicadeza no hacer notar demasiado las distancias.
Si se supone que no hay ningún mal en gozar ampliamente de lo superfluo ¿es indispensable ostentarlo, sobre todo a la vista de los que carecen de lo necesario, lucir el lujo al lado de la pobreza? El buen gusto y una especie de pudor, impedirán siempre al que goza de buena salud hablar de su gran apetito, de su tranquilo sueño, de su alegría de vivir, a lado de alguien que muere de concusión.
Muchas gentes ricas carecen a veces de tacto, y por lo mismo, de piedad y de prudencia. ¿No son, pues, injustas, al quejarse de la envidia, después de haber hecho todo lo posible por provocarla?
Pero de lo que principalmente se carece, es de discernimiento, cuando ciframos el orgullo en la fortuna o nos dejamos llevar inconscientemente de las seducciones del lujo. Primero, es caer en una confusión pueril considerar la riqueza como una buena cualidad personal. No cabe equivocarse de modo más simple sobre el valor recíproco de la envoltura y el contenido. No quiero fijarme en esta cuestión; es demasiado penosa. Y sin embargo, ¿podemos menos de decir a los interesados: “Cuidado, no confundáis lo que poseéis con lo que sois”?
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