Al Colegio de la Frontera Norte, en sus fructíferos primeros 25 años de trabajo.
El panorama de la desigualdad social en que vive el mundo fue pintado muy objetiva y rudamente en una reunión en México de la organización civil Amnesty International (AI), efectuada el sábado 11. Allí se dijo que respecto de los años 90, un rico tiene hoy 130 veces más que un pobre, con lo cual la brecha existente entonces, hace diez o quince años solamente, se quintuplicó. O sea, la pobreza en el globo terráqueo, lejos de disminuir, va en aumento, debido a que impera un sistema económico que no sólo se olvida de los pobres, sino que tolera y aprueba la desigualdad, a la vez que utiliza en guerras y armamentos cantidades estratosféricas de recursos.
Fue Jan Pronk, ex jefe de la misión de la ONU en Sudán, Africa, experto en la materia, quien hizo algunos de estos tremendos señalamientos. Si en la década de los 90, según Pronk, una persona de clase alta tenía 30 veces más que una pobre, actualmente esa proporción es de 130 a uno. Por lo mismo, las llamadas Metas del Milenio, que los estados miembros de la ONU se comprometieron a cumplir antes de 2015 ya no serán alcanzadas. O lo que es concordante, al menos mil 500 millones de seres humanos, un tercio de la población mundial, vive con menos de un dólar al día.
Pero la reunión de AI, en la que tomaron parte más de 400 de sus activistas de 70 países, no se quedó en estos enunciados generales del panorama de la desigualdad, por sí mismos impresionantes. El mismo Pronk subrayó que los objetivos de reducir la pobreza y la mortalidad femenina e infantil, mejorar la salud pública, la educación, así como asegurar la natalidad -que son Metas del Milenio- no se cumplirán en el tiempo establecido. “El mundo le está fallando a la gente nuevamente”, dijo.
Por su parte, Nader Fergany, autor del informe sobre Desarrollo Humano del programa de la ONU sobre el desarrollo, denunció que el gasto de Estados Unidos en la ocupación de Irak y Afganistán sería suficiente para acabar ¡dos veces! con la pobreza del mundo. Agregó: “Las maneras de asegurar la paz y de reducir la desigualdad no han sido adecuadas, pues han estado subordinadas a la superpotencia mundial, que las ignora. Estamos ante una situación en la que ésta manipula las disposiciones de los gobiernos locales para sus intereses y, desafortunadamente, China e India, que serán las próximas potencias, no prometen un futuro rosa para los derechos humanos”.
El ya antiguo debate sobre pobreza y riqueza en el mundo, donde 15 o 16 países acumulan más del 50 por ciento de la riqueza mundial, en un total de más de 170 naciones, se rebela de nueva cuenta, pese a los destemplados gritos de un Fukuyama sobre el “fin de la historia”, que a la postre fue un cretinismo para impresionar a las élites gobernantes del mundo capitalista respecto de la unipolaridad del poder internacional. Las cifras y conceptos vertidos en la reunión de AI esfuman esas aberrantes figuraciones de un solo soplido.
El problema que ahora se deben plantear los miembros de AI y todos los hombres y mujeres de verdadera buena voluntad en el mundo, es hacia dónde debemos dirigirnos los pueblos y las naciones, los individuos y las clases sociales. El problema ya no es la lucha entre sistemas contrapuestos, por ejemplo, en el largo periodo de la Guerra Fría, como maniqueamente se sostuvo en ese tiempo. El problema es el de la salvación del mundo, de la gente, de los pueblos. Los únicos que en nuestro ámbito latinoamericano se preocupan por escudriñar los futuros y posibles caminos de la humanidad, en su defensa, son los cubanos y los venezolanos, que las fuerzas empeñadas en que no cambien las cosas califican como producto de delirios “dictatoriales” o, a lo sumo, “populistas”. Fidel Castro y Hugo Chávez son quienes, cada uno en su estilo, apuntan con fuerza inquietudes y salidas a las graves crisis que vive la Humanidad.
Es evidente que la tesis neoliberal del “mercado libre” nunca iba a funcionar para resolver los problemas humanos. Y ya no funcionó, a ojos vistas. Si acaso les resolvió un problema de dominación a los poderosos consorcios trasnacionales del mundo, más poderosos que la mayoría de los estados del planeta. Pero ni en sus propios ámbitos nacionales -de origen, sería mejor decir- han podido ni erradicar la pobreza ni reducir las desigualdades, sino que éstas, también allí, se les agudizan y amplían.
La quiebra del mundo como tal, como lo hemos conocido y vivido, está a la vista. Y no habrá aseguradoras o financieras que vengan en auxilio de los seres humanos sometidos a las irracionalidades, las injusticias y las opresiones, como la pobreza y la desigualdad. La obra de recuperación deberá ir por otros caminos muy distintos a los de ayer y de hoy. Y también en México, ni duda cabe.
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