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15 agosto 2007

Ámame como soy

Por Ivette Fernández Sosa

No hay quien ponga en duda el papel enorme de los padres en la educación de los hijos. La preocupación por todos los órdenes de su vida hace que los progenitores sean para sus descendientes, en muchos casos, referentes ineludibles, enciclopedias vivientes, senos cálidos y protectores. Sin embargo, esto no es suficiente para que dejen de surgir divergencias entre ellos. La llegada a la adolescencia, y la subsiguiente y definitiva conformación de la personalidad en los púberes, ha creado no pocos dilemas dentro del órgano familiar.

Un hijo es aquel en quien se depositan los mejores deseos, por quien los sacrificios no son sino pequeños obstáculos. Pero ha de entenderse que son personas que crecen, maduran y se conforman una personalidad propia, con deseos y necesidades de decisión, intervención y criterio; un ser independiente deseoso de una vida igualmente autónoma.

Las diferencias generacionales pueden acarrear incomprensiones. Los padres suelen nombrar los desacuerdos y brechas con sus descendientes de varias maneras: confusión, libertinaje, excesiva permisibilidad, los hijos, por su parte, lo denominan: ignorancia, incomprensión, intolerancia.

Creo que todo debe partir por el reconocimiento de que cada generación educó y formó sus concepciones en una época específica. Con sus propias ideas y sentimientos emergieron a la luz de un contexto desigual para ambos, lo que no quiere decir que necesariamente incompatibles.

Si empezamos por entender esta circunstancia será mas fácil respetar el espacio y las decisiones de los otros. Aceptar la pluralidad de criterios no es claudicar a principios propios. Entender que todo el mundo no es uno mismo, ni siquiera nuestros hijos o padres, es un gran paso de avance. Aprender a discutir, conversar e intercambiar pareceres sin intentar imponer nuestro juicio particular es la primera señal de respeto.

No se trata de puro paternalismo o de enceguecerse frente a actitudes incorrectas o consentir deseos triviales. Se trata del respeto mutuo, del reconocimiento a la necesidad del espacio personal.

También es decisiva la postura que adoptan los hijos. Es vital, por su parte, comprender la legítima preocupación de los padres, para que la defensa de su accionar y pensamiento no se vuelva en ningún sentido estéril contienda contra los progenitores o devenga en la famosa rebeldía, más que sin causa, con costos para todos. La defensa del espacio implica, como todo proceso de educación, de paciencia y constancia.

El carecer de experiencia no significa que se ensombrezca el juicio. Los padres ayudan a conformar el carácter de los hijos, pero ello no implica que deban imponerle sus criterios ni desestimar los de ellos por parecer demasiado contemporáneos. La juventud o la inexperiencia no inhabilitan, no mutilan, no convierte a la persona en discapacitada. Pueden también tener los hijos criterios válidos, quizás no certeros, pero auténticos.

Del mismo modo que se espera comprensión y reciprocidad por parte de los hijos, ellos también lo esperan. El respeto no puede ser en ningún sentido unidireccional. Las aspiraciones y juicios valorativos varían de persona a persona, pero cualquiera que estas sean y no entren en conflicto con los dictámenes morales y judiciales, han de ser respetados sin importar la edad o el sexo, la filiación política o religiosa, los gustos personales o las ambiciones.

Cualquier cosa que un hijo tenga que decir es importante. Los criterios de padres e hijos deben ser válidos sin llegar a la imposición. Asimismo es elemental la aceptación de la falibilidad del género humano, de que no siempre se posee toda la verdad.

Conferir validez a los planteamientos, y otorgarle la importancia merecida a las preocupaciones, sin subestimar la capacidad ni recurrir a la violencia por parte de los padres será uno de los actos más valorados por los sucesores.

Promover el diálogo como método comunicativo es la mejor manera de comprender a aquellos a los que nos unen lazos consanguíneos, pero son, en definitiva, entes autónomos. Desprejuiciarse ante nuevos tiempos y criterios; conocer y valorar el pensamiento de quienes conforman el lazo filial más fuerte y cercano mediante un intercambio que no debe suponer la victoria de uno u otro planteamiento puede resultar, sin duda, una de las exigencias más complejas, pero a la postre más gratificantes.

Si los padres depositan confianza en los hijos, y les hacen saber que gozan de ella y de su amistad se facilitará la comunicación entre ambos. Nadie mejor que los que más aman que para entender las motivaciones de aquellos a quienes procrearon, nadie mejor que ellos para comprenderlos y apoyarlos. El amor y la educación brindados fueron incondicionales. La reciprocidad que puede esperarse en señal de agradecimiento no estriba en el hecho de que los hijos se conviertan en lo que los progenitores soñaron para sí o que hagan lo que a sus juicios y experiencias es mejor. De los padres es espera guía, no coacción; comprensión, no cansada tolerancia; amor, no discordia.

Quizás lo más importante de todo sea que a los hijos se les estimule el intelecto, la capacidad de raciocinio, y la autodeterminación. Lograrán de esta manera ser independientes y entenderán la responsabilidad que conllevan sus decisiones. Valorarán su tiempo y su espacio y al prescindir de la supervisión constante no se preguntarán a cada momento si su accionar será desaprobado o no por sus padres. Entenderán, gracias a la independencia de la que aprendan a disponer, la necesidad de superarse por y para sí.

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