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11 abril 2007

De Abortos y Violaciones

Por Alfredo Velarde

Dos eventos de la política nacional reciente están demostrándonos cuan lejos estamos de la verdadera democracia política. Y es que si, de un lado, la política se ha venido mercantilizando hasta el delirio alcanzando niveles verdaderamente escandalosos de degradación, de otro lado, cada vez más nos aproximamos a la certeza de que la ampliación de una democracia cierta en el país, como aquella por la cual los mexicanos han peleado durante décadas, se está volviendo virtualmente imposible por efecto de su incontrovertible e inadmisible oligaquización derechista y conservadora. Y esto significa, infortunadamente, que si de democracia se trata, la única “democracia” tangible y material, para el poder federal realmente existente, es aquella de la cual se apropia facciosamente la oligarquía política y económico-financiera en México, en contra del interés público del conjunto de los mexicanos.

Pero además, si sólo los grupos oligárquicos detentan un acceso a lo que para ellos es la democracia, en realidad su negación rotunda, la contraparte de éste mismo problema tiene que ver con el hecho, indudable también, de que la política se ha mercantilizado de modo tal que, para la clase política, sólo es política ése sucio quehacer vinculado a la mercantilización de sus intereses, por fuera de los deseos, las expectativas y los sueños de libertad e igualdad de la gente común y corriente de a pie. Así, la democracia pierde toda sustancia y se difumina cuando ni siquiera verdaderamente empezaba a vivirse en México, mientras la política, deviene un puro pragmatismo de los más influyentes grupos, pues de nada sirve a la gente, cuando existe para que los políticos profesionales y los intereses a ellos y sólo a ellos vinculados, se sirvan de ella dándole con ello la espalda a la sociedad y sus problemas.

Sostengo lo que digo renglones arriba, fundamentalmente porque dos acontecimientos ominosos, nos están demostrando qué lejos estamos de una elemental democracia política en el actual gobierno calderonista impuesto por la vía del fraude electoral: por un lado, el debate en torno a la despenalización del aborto en la ciudad capital, nos está ofreciendo muestras elocuentes de lo que la derecha política es capaz de hacer, para organizar a las más oscurantistas huestes de la canalla clerical, por ejemplo, a fin de utilizarlas como arietes del más tozudo conservadurismo que, manipulando las preferencias religiosas mayoritariamente católicas del pueblo mexicano, acuden a torcer la discusión de fondo e impedir que un grave problema de salud pública, sea resuelto y encarado con responsabilidad desde un gobierno que debiera ser irrenunciablemente laico, a fin de evitar que más mujeres, en el límite de la desesperación, se vean obligadas incluso a arriesgar su propia vida, e incluso perderla, por ciegas razones de moral y asociadas a la fe religiosa de la gente.

Es verdaderamente criminal la postura del clero mexicano en lo que a este debate se refiere, el cual, en el límite de la irresposabilidad más reaccionaria, ha amenazado hasta con excomulgación de todo aquel o aquella que tenga que ver con la “interrupción de la vida”, sin interesarse por la vida de las mujeres que sufren la decisión extrema de tener que abortar, generalmente bajo las peores condiciones posibles; el otro caso, también extraordinariamente indignante, tiene que ver con la flagrancia con que el Estado mexicano y sus instituciones -en éste caso, la SEDENA- violan con brutal impunidad los más elementales derechos humanos de la gente, como en el caso de la tumultuaria violación y ulterior asesinato, por parte de efectivos castrenses, de la anciana e indígena Ernestina Ascencio, en Sierra Zongolica de Veracruz, y que Felipe Calderón declarase, en contubernio con la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que la indígena veracruzana, había muerto de un mal gástrico carente de adecuada atención médica.

Si bien se ven, estos dos botones de muestra emblemáticos, nos están demostrando la enorme involución autoritaria de Estado mexicano. Con total independencia, en el primer caso, de que en el origen del debate de fondo, que ha sido abordado por quienes se han dedicado a defenestrar la iniciativa de las legisladoras del PRD (una de las poquísimas iniciativas correctas de ese “instituto político”), desde la óptica religiosa, con ínfimo nivel de argumentación, lo cierto es que constituye un episodio más de la guerra sucia entre el gobierno federal y el capitalino, confrontación que viene de lejos y que se seguirá escalando, tratando de que la derecha clerical pueda golpear electoralmente a quienes sólo han tenido los arrestos para plantear correctamente un asunto de salud pública, y no una cuestión religiosa, como desea el PAN que lo vea la opinión pública con el propósito de pasarles una factura electoral.

En el segundo caso, del cual no nos debe sorprender el sospechoso silencio del gabinete calderonista, resulta ominoso que, ni siquiera a solicitud explícita de la Asamblea General de Comunidades del Pueblo Nahua de Zongolica, para que el ejecutivo pueda conocer de fuente directa cómo ocurrieron los hechos, ha existido la muestra por conocer de la verdad de los acontecimientos, cosa que habla de que la violación y el asesinato de Ernestina Ascensio detentó un inconfensable fondo político, vinculado con la represión en una de las zonas más depauperadas por el neoliberalismo económico en el Estado de Veracruz.

Con eventos como los descritos, ¿de qué democracia nos habla el régimen calderonista? ¿A cual política se afirma convocar a la gente? Y mientras la retórica gobiernista avanza, la descomposición en México de la “democracia” y su turbia política se enseñorea por doquier

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