Patricia Romana, Revoluciones
“La historia nació casi ciega como los niños y como ellos después fue despegando los párpados; la inteligencia la acompaña, no la produce, a veces tan solo la padece mientras llega el día en que la ilumine con una doctrina auténtica y realista”.
Estamos construyendo la historia, y no de la mejor manera. La división y la confusión no nos permiten acertar en el rumbo que debemos seguir para recomponer las cosas de tal manera que logremos mantener la paz social. En principio tenemos que aceptar que nuestra sociedad es compleja y que requiere, por lo tanto, de soluciones complejas, que no es lo mismo que soluciones complicadas. El doctor Juan Carlos Monedero (Izquierda Unida de España) explica que la simplificación no puede ser la respuesta eficiente a la complejidad. Es decir, que a una sociedad crecientemente diferenciada,
como la nuestra, donde cada parte (individuos, grupos, colectivos, etc.) reclama su especificidad e incluso reglas propias diferenciadas del conjunto, la necesidad de buscar respuestas complejas la lleva a menudo a la confusión de pensar que una sociedad compleja es simplemente una sociedad complicada donde ya no sirven las respuestas fáciles. Para explicarlo, El Dr.Monedero nos da un ejemplo clarificador mediante el cuento de La Cenicienta de Perrault. En el cuento, el caprichoso príncipe posee una zapatilla que identifica con la felicidad, de manera que decide obligar a todas las mujeres del reino a calzársela, sin importar que cada ser humano tenga su propia horma. Esta voluntad de simplificar del príncipe tiene su correlato trágico en la hermanastra de Cenicienta. Mientras la protagonista aguarda su momento, la hermanastra, que quiere calzarse a toda costa el pequeño zapato, decide igualmente “simplificar”, convirtiéndose al tiempo en víctima y verdugo. Incapaz de incorporar un pensamiento complejo, cree que cortándose el talón y los dedos, que le sobran, encajará su pie en el continente que le ofrece el arbitrario príncipe.
Con reminiscencias psicoanalíticas, la sangre de la mujer aterra al pretendiente real que huye horrorizado de la candidata mentirosa. En este caso, seguramente el más trágico de la obra, no se trata solamente del caprichoso príncipe que obliga a todas las mujeres a calzarse la horma del gusto del aristócrata, sino que se trata de un ser humano dispuesto a mutilarse para adaptarse a la voluntad de otra persona (Marx lo expresaría de forma más fría y conceptual hablando de la apuntada subsunción real del trabajo en el capital, es decir, la asunción por parte de los trabajadores a la lógica del capital). Es la homogeneización sobre la base de una lógica que es excluyente, que sólo representa a una parte de la sociedad y que el conjunto la asume sólo si mutila una parte de su subjetividad.
“En un sistema cerrado el valor de supervivencia depende de que estén cerrados todos los agujeros, es decir que no haya preguntas (que se esté dispuesto a mutilar lo que haga falta para entrar en el molde). En un sistema abierto el valor de supervivencia depende de que estén abiertos los agujeros, de que no haya respuestas” (Jesús Ibáñez).
Nuestra sociedad cambió y no es posible regresar el tiempo ni confiar en la confusión entre lo político y lo privado, tampoco en la manipulación total de los medios de comunicación. El pueblo percibe la imposición y se revela ante ella, reconoce sus derechos y está dispuesto a luchar por ellos. Basta recordar lo ocurrido al gobierno del PAN en 2002 cuando planeó la ampliación del aeropuerto del D.F. Simplificando, decidieron realizar las obras en Atenco sobre territorios comunales pertenecientes a una comunidad indígena que, tradicionalmente, no había tenido voz. Esta comunidad, sin embargo, respondió enérgicamente saliendo del silencio, de las no preguntas, y haciéndose oír con gran estruendo. Finalmente el proyecto tuvo que abandonarse. La incorporación de las comunidades indígenas supone una complejización de la realidad social. Pretender dar soluciones simplificadoras sólo podrá hacerse forzando a esas comunidades con violencia, es decir, excluyéndolas de la condición ciudadana, con el precio de la pérdida de la paz social.
El Estado no puede ya implantarse como un sistema de dominación, al contrario, debe ser el armonizador del conjunto social, pero para eso requiere de la nivelación igualitaria, sin embargo, esa tarea está fuera de su alcance mientras no escuche la voz de todos los ciudadanos, y no sólo a través de los canales parlamentarios sino a través de las organizaciones ciudadanas. El pueblo organizado, para ser escuchado, ha tenido que recurrir a la violación de la ley, a tomar las calles, a declararse autónomo, a rechazar la imposición imponiendo otra, la suya. El problema se agudiza cuando el Estado implanta irracionalmente la ley y apuesta al desgaste de la movilización ciudadana, porque con ello potencializa la inconformidad. Las razones que cada grupo social tienen para solucionar sus problemas deben ser tomadas en cuenta por el Estado antes de decidir cualquier acción, y desde luego ofrecer la oportunidad del diálogo, pero con la disposición para escuchar y replantear la solución.
Uno de los aspectos negativos de la globalización es la oscuridad que genera al pretender global lo que no lo es. No todos los pies tienen la horma de la zapatilla de cristal. La diversidad cultural de México implica una profunda reflexión sobre lo que cada región del país requiere para integrarse al desarrollo y al progreso. Pretender un modelo global ocasionará la mutilación por un lado y la inconformidad por el otro. La participación activa de la ciudadanía en la búsqueda de la solución de los problemas es el único camino viable para evitar la confrontación o la imposición que, desafortunadamente, nos están llevando a la ingobernabilidad. La participación ciudadana permite procesar un volumen mayor de información real, entrecruza valores diferentes, es más flexible y permite una mayor adaptación. También es cierto que, en tanto que ese nuevo equilibrio se aprende, implicará mayores dificultades, un mayor gasto de tiempo en la toma de decisiones, una voluntad de aumentar el trabajo horizontal, una labor educativa que brindará sus efectos a mediano plazo y una obligación de articular las respuestas concretas en el escenario social conjunto (individuo, barrio, municipio, región, Estado, etc.).
En ese sentido no hay problema alguno en entender que al gobierno que corresponde la fase actual de mundialización le toca incorporar mayor flexibilización organizativa e informacional; mientras que al ámbito estatal central corresponderá un mayor diálogo con los sectores municipal, regional y supranacional, así como con los diferentes actores de la sociedad civil.
Las sociedades actuales, principalmente las occidentales, se caracterizan por la llamada complejidad, esto es debido a que cada parte de la sociedad actúa y se reclama como miembro diferenciado de la sociedad, es decir, como entidades especiales que poseen peculiaridades propias no reductibles a categorías generales. Lo simple y permanente dio paso a lo múltiple, lo temporal y lo complejo. Frente a las certidumbres del pasado las sociedades actuales están atravesadas de incertidumbre. Ya no hay puntos de vista omniscientes sino que la mirada también transforma al observado. El determinismo, que pretende que mismas causas produzcan mismos efectos, ha dejado su lugar a sistemas sensibles que reaccionan a los estímulos de una manera no predecible.
“La complejidad de los problemas y la diversidad de la sociedad civil son hoy tales que el modelo de la democracia representativa no constituye ya una fuente de inspiración suficiente. El proceso de reforma deberá por necesidad abrirse a opciones innovadoras” (Lebessis y Paterson, 1999).
La tarea democratizadora del siglo que se inicia implica el rearme de una sociedad civil fuerte que no sea el ámbito de lo privado. Se trata de recrear las tensiones que han existido en el desarrollo de la modernidad entre Estado, mercado y comunidad, dándole mayor presencia a la comunidad por haber sido también la menos favorecida. No se trata de oponer “voz” y “salida” (Hirschman), sino de entender que la ciudadanía quiere oír su voz sin tener como única alternativa marcharse fuera del orden social. Ese tipo de democracia es la única posibilidad de hacer de la convivencia social un
ejercicio de cotidianeidad. A principios del siglo XX la respuesta ofrecida por Max Weber a los movimientos de masas fue la parlamentarización de los conflictos, situar en la sede institucional la transformación social.
Hoy nos encontramos con la novedad de que los movimientos sociales (zapatismo, movimiento sin tierra, foros sociales, colectivos por otra globalización, vías campesinas, etc.) no reclaman, como entonces, el fin del sistema sino su transformación democrática. Por eso, la respuesta ya no puede ser la simple parlamentarización sino que hay que avanzar hacia formas novedosas donde ese nuevo impulso se vea satisfecho. No se trata de una integración formal sino de la solución de las demandas desde la nueva óptica que sabe que ya no hay soluciones definitivas. Se trata de asumir que no hay lugar para príncipes caprichosos ni para hormas homogéneas que tengan detrás privilegios.
Para concluir cito la propuesta de Pierre Bourdieu: “Frente a un modo de dominación tan refinado, en el que el poder simbólico tiene un lugar tan importante, hay que inventar nuevas formas de lucha social. Dado el lugar particular de las “ideas”, los investigadores tienen un papel eminente que desempeñar. Para ello deben contribuir a dar a la acción política nuevos fines- la demolición de las creencias dominantes- y nuevos medios- armas técnicas, basadas en la investigación y el dominio de los trabajos científicos, y armas simbólicas capaces de socavar las creencias comunes dando una forma sensible a las adquisiciones de la investigación”.
Felicidades por la nueva versión de Revoluciones. Me encantó.
“La historia nació casi ciega como los niños y como ellos después fue despegando los párpados; la inteligencia la acompaña, no la produce, a veces tan solo la padece mientras llega el día en que la ilumine con una doctrina auténtica y realista”.
Alfonso Reyes.
Estamos construyendo la historia, y no de la mejor manera. La división y la confusión no nos permiten acertar en el rumbo que debemos seguir para recomponer las cosas de tal manera que logremos mantener la paz social. En principio tenemos que aceptar que nuestra sociedad es compleja y que requiere, por lo tanto, de soluciones complejas, que no es lo mismo que soluciones complicadas. El doctor Juan Carlos Monedero (Izquierda Unida de España) explica que la simplificación no puede ser la respuesta eficiente a la complejidad. Es decir, que a una sociedad crecientemente diferenciada,
como la nuestra, donde cada parte (individuos, grupos, colectivos, etc.) reclama su especificidad e incluso reglas propias diferenciadas del conjunto, la necesidad de buscar respuestas complejas la lleva a menudo a la confusión de pensar que una sociedad compleja es simplemente una sociedad complicada donde ya no sirven las respuestas fáciles. Para explicarlo, El Dr.Monedero nos da un ejemplo clarificador mediante el cuento de La Cenicienta de Perrault. En el cuento, el caprichoso príncipe posee una zapatilla que identifica con la felicidad, de manera que decide obligar a todas las mujeres del reino a calzársela, sin importar que cada ser humano tenga su propia horma. Esta voluntad de simplificar del príncipe tiene su correlato trágico en la hermanastra de Cenicienta. Mientras la protagonista aguarda su momento, la hermanastra, que quiere calzarse a toda costa el pequeño zapato, decide igualmente “simplificar”, convirtiéndose al tiempo en víctima y verdugo. Incapaz de incorporar un pensamiento complejo, cree que cortándose el talón y los dedos, que le sobran, encajará su pie en el continente que le ofrece el arbitrario príncipe.
Con reminiscencias psicoanalíticas, la sangre de la mujer aterra al pretendiente real que huye horrorizado de la candidata mentirosa. En este caso, seguramente el más trágico de la obra, no se trata solamente del caprichoso príncipe que obliga a todas las mujeres a calzarse la horma del gusto del aristócrata, sino que se trata de un ser humano dispuesto a mutilarse para adaptarse a la voluntad de otra persona (Marx lo expresaría de forma más fría y conceptual hablando de la apuntada subsunción real del trabajo en el capital, es decir, la asunción por parte de los trabajadores a la lógica del capital). Es la homogeneización sobre la base de una lógica que es excluyente, que sólo representa a una parte de la sociedad y que el conjunto la asume sólo si mutila una parte de su subjetividad.
“En un sistema cerrado el valor de supervivencia depende de que estén cerrados todos los agujeros, es decir que no haya preguntas (que se esté dispuesto a mutilar lo que haga falta para entrar en el molde). En un sistema abierto el valor de supervivencia depende de que estén abiertos los agujeros, de que no haya respuestas” (Jesús Ibáñez).
Nuestra sociedad cambió y no es posible regresar el tiempo ni confiar en la confusión entre lo político y lo privado, tampoco en la manipulación total de los medios de comunicación. El pueblo percibe la imposición y se revela ante ella, reconoce sus derechos y está dispuesto a luchar por ellos. Basta recordar lo ocurrido al gobierno del PAN en 2002 cuando planeó la ampliación del aeropuerto del D.F. Simplificando, decidieron realizar las obras en Atenco sobre territorios comunales pertenecientes a una comunidad indígena que, tradicionalmente, no había tenido voz. Esta comunidad, sin embargo, respondió enérgicamente saliendo del silencio, de las no preguntas, y haciéndose oír con gran estruendo. Finalmente el proyecto tuvo que abandonarse. La incorporación de las comunidades indígenas supone una complejización de la realidad social. Pretender dar soluciones simplificadoras sólo podrá hacerse forzando a esas comunidades con violencia, es decir, excluyéndolas de la condición ciudadana, con el precio de la pérdida de la paz social.
El Estado no puede ya implantarse como un sistema de dominación, al contrario, debe ser el armonizador del conjunto social, pero para eso requiere de la nivelación igualitaria, sin embargo, esa tarea está fuera de su alcance mientras no escuche la voz de todos los ciudadanos, y no sólo a través de los canales parlamentarios sino a través de las organizaciones ciudadanas. El pueblo organizado, para ser escuchado, ha tenido que recurrir a la violación de la ley, a tomar las calles, a declararse autónomo, a rechazar la imposición imponiendo otra, la suya. El problema se agudiza cuando el Estado implanta irracionalmente la ley y apuesta al desgaste de la movilización ciudadana, porque con ello potencializa la inconformidad. Las razones que cada grupo social tienen para solucionar sus problemas deben ser tomadas en cuenta por el Estado antes de decidir cualquier acción, y desde luego ofrecer la oportunidad del diálogo, pero con la disposición para escuchar y replantear la solución.
Uno de los aspectos negativos de la globalización es la oscuridad que genera al pretender global lo que no lo es. No todos los pies tienen la horma de la zapatilla de cristal. La diversidad cultural de México implica una profunda reflexión sobre lo que cada región del país requiere para integrarse al desarrollo y al progreso. Pretender un modelo global ocasionará la mutilación por un lado y la inconformidad por el otro. La participación activa de la ciudadanía en la búsqueda de la solución de los problemas es el único camino viable para evitar la confrontación o la imposición que, desafortunadamente, nos están llevando a la ingobernabilidad. La participación ciudadana permite procesar un volumen mayor de información real, entrecruza valores diferentes, es más flexible y permite una mayor adaptación. También es cierto que, en tanto que ese nuevo equilibrio se aprende, implicará mayores dificultades, un mayor gasto de tiempo en la toma de decisiones, una voluntad de aumentar el trabajo horizontal, una labor educativa que brindará sus efectos a mediano plazo y una obligación de articular las respuestas concretas en el escenario social conjunto (individuo, barrio, municipio, región, Estado, etc.).
En ese sentido no hay problema alguno en entender que al gobierno que corresponde la fase actual de mundialización le toca incorporar mayor flexibilización organizativa e informacional; mientras que al ámbito estatal central corresponderá un mayor diálogo con los sectores municipal, regional y supranacional, así como con los diferentes actores de la sociedad civil.
Las sociedades actuales, principalmente las occidentales, se caracterizan por la llamada complejidad, esto es debido a que cada parte de la sociedad actúa y se reclama como miembro diferenciado de la sociedad, es decir, como entidades especiales que poseen peculiaridades propias no reductibles a categorías generales. Lo simple y permanente dio paso a lo múltiple, lo temporal y lo complejo. Frente a las certidumbres del pasado las sociedades actuales están atravesadas de incertidumbre. Ya no hay puntos de vista omniscientes sino que la mirada también transforma al observado. El determinismo, que pretende que mismas causas produzcan mismos efectos, ha dejado su lugar a sistemas sensibles que reaccionan a los estímulos de una manera no predecible.
“La complejidad de los problemas y la diversidad de la sociedad civil son hoy tales que el modelo de la democracia representativa no constituye ya una fuente de inspiración suficiente. El proceso de reforma deberá por necesidad abrirse a opciones innovadoras” (Lebessis y Paterson, 1999).
La tarea democratizadora del siglo que se inicia implica el rearme de una sociedad civil fuerte que no sea el ámbito de lo privado. Se trata de recrear las tensiones que han existido en el desarrollo de la modernidad entre Estado, mercado y comunidad, dándole mayor presencia a la comunidad por haber sido también la menos favorecida. No se trata de oponer “voz” y “salida” (Hirschman), sino de entender que la ciudadanía quiere oír su voz sin tener como única alternativa marcharse fuera del orden social. Ese tipo de democracia es la única posibilidad de hacer de la convivencia social un
ejercicio de cotidianeidad. A principios del siglo XX la respuesta ofrecida por Max Weber a los movimientos de masas fue la parlamentarización de los conflictos, situar en la sede institucional la transformación social.
Hoy nos encontramos con la novedad de que los movimientos sociales (zapatismo, movimiento sin tierra, foros sociales, colectivos por otra globalización, vías campesinas, etc.) no reclaman, como entonces, el fin del sistema sino su transformación democrática. Por eso, la respuesta ya no puede ser la simple parlamentarización sino que hay que avanzar hacia formas novedosas donde ese nuevo impulso se vea satisfecho. No se trata de una integración formal sino de la solución de las demandas desde la nueva óptica que sabe que ya no hay soluciones definitivas. Se trata de asumir que no hay lugar para príncipes caprichosos ni para hormas homogéneas que tengan detrás privilegios.
Para concluir cito la propuesta de Pierre Bourdieu: “Frente a un modo de dominación tan refinado, en el que el poder simbólico tiene un lugar tan importante, hay que inventar nuevas formas de lucha social. Dado el lugar particular de las “ideas”, los investigadores tienen un papel eminente que desempeñar. Para ello deben contribuir a dar a la acción política nuevos fines- la demolición de las creencias dominantes- y nuevos medios- armas técnicas, basadas en la investigación y el dominio de los trabajos científicos, y armas simbólicas capaces de socavar las creencias comunes dando una forma sensible a las adquisiciones de la investigación”.
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