José Martí
1853 — 1895
Cuando José Martí, después de los años de destierro que pasó en España y Francia, llegó a México, en febrero de 1875 , fue a vivir, con sus padres y hermanas, junto a la casa, propiedad de don Ramón Guzmán, que en la calle de la Moneda, ocupaban el licenciado Manuel A. Mercado, su esposa doña Dolores Parra y sus hijos. Antes que llegara, había empezado ya la amistad entre el padre de Martí, don Mariano, y don Manuel, que por entonces —después de haber sido diputado al Congreso de la Unión—tenía a su cargo la Secretaría del Gobierno del Distrito.
Martí—que se reveló en México, al mismo tiempo, como conferenciante y autor dramático—, antes de conocer a la que sería su esposa, cortejó insistentemente a Rosario de la Peña, entre cuyos admiradores figuraban, además de Manuel Acuña, Ignacio Ramírez y el poeta preferido por ella: Manuel M. Flores.
Don Manuel A. Mercado, como funcionario, se contaba entre los simpatizadores del presidente Lerdo de Tejada, que había sido reelecto. El periódico en que escribía Martí era Lerdista. Cuando la oposición, representada por el general Porfirio Díaz, triunfa en Oaxaca, Lerdo y sus partidarios abandonan la capital, en noviembre de 1876. Martí escribe en El Federalista, en diciembre, y después se embarca en Veracruz, para La Habana, al principiar el año de 1877, con nombre compuesto: Julián Pérez —su segundo nombre y apellido materno. Tras corta estancia en Cuba vuelve a México, para seguir el viaje rumbo a Guatemala, donde va a ejercer el magisterio: ha determinado que sus padres y hermanas regresen a Cuba, y lo consigue a pesar de la salud precaria.
En México había conocido a Carmen Zayas Bazán: don Ramón Guzmán, el amigo del licenciado Mercado, estaba casado con Rosa. Hermana de aquélla. Martí regresa de Guatemala, ese mismo año, para unirse con Carmen.Martí sufre una desilusión en su lucha en Guatemala, donde no fue comprendido por quienes podían ayudarlo, a pesar de su deseo de ser útil. Marcado se encarga de publicar Guatemala. Parte Martí, con su esposa, hacia Honduras; radicado en La Habana, domina, hasta que nace su hijo, los ímpetus de libertador; pero después conspira y lo destierran a España, de done sale por Francia.
A principios de 1880, Martí arriba a Nueva York, donde apenas consigue que su esposa y su hijo vayan a acompañarlo; pero la actividad revolucionaria y otras razones sobre las que él guardó silencio, los separan. Ella, con el hijo, va a Cuba. Martí emprende un viaje a Venezuela; probablemente la escasez de comunicación le impide escribir hasta que vuelve de regreso a Nueva York
Son años duros aquellos de 1881 a 1885, en que su voluntad sufre pruebas más crueles. Acepta diversos empleos, fuera de las actividades intelectuales, sin dejar de escribir en periódicos de los Estados Unidos y de la América del Sur: La Opinión Nacional, de Caracas; La Nación de Buenos Aires. Hay para él una pausa de tranquilidad: regresa Carmen, con el hijo amado. Traduce obras escolares.
En 1886, la posición de Martí vuelve a ser difícil. Cónsul interino del Uruguay, ve oscuro el mañana, cuando concluya tal interinato. Pide ayuda a los amigos de México—don Pablo Macedo, preferentemente—. En México se responde al llamado angustioso: será corresponsal y agente, en Nueva York, de un diario mexicano: El Partido Liberal —El Partido, sencillamente, como él lo llama. Allí escribe un poeta y prosista elegante, fino: Manuel Gutiérrez Nájera. Martí no se sentirá solo.
El año de 1887 comienza para él con luto: muere el padre de Martí. Lo anuncia lacónicamente, en carta que el gran dolor no le deja firmar. Con su duelo de hijo admirable, se hunde en el trabajo; otras colaboraciones —de temas áridos como las de El Economista Americano— le permiten sostenerse. La vida le brinda luego una compensación: la presencia de la honrada madre, con el alma ya entrada en majestad, como él dice. La ha llamado, y su visita le sirve de estímulo, para realizar, pensando en el México de otros días, la traducción de la novela de Helen Hunt Jackson: Ramona. Su colaboración con El Partido termina en 1890.
En 1894, Martí —ya dispuesto a ir al sacrificio—vuelve a México, por una semana. Pide apoyo al Presidente Porfirio Díaz, para la revolución y liberación de Cuba. Mercado le aloja en su propia casa. La última carta dirigida al amigo de México quedó inconclusa: la comenzó a escribir en víspera de que cayera muerto, en su patria, bajo los disparos enemigos. Es aquella que le dice profético: “Sé desaparecer, pero no desaparecerá mi pensamiento…”
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