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10 abril 2007

La Palabra En La Memoria

Cuando yo era niña, mis libros de historia siempre tenían enormes huecos: de un plan pasaban a otro, de una guerra a otra, de una ley a una constitución y de nuevo empezaban otra vez.

y yo me preguntaba, ¿estos hombres nunca comen? ¿Qué hacen cuando no dirigen?

Intrigada escudriñé hasta la última palabra pronunciada en los diferentes actos conmemorativos de la Revolución, pero ahí nunca encontré la parte humana de los héroes.

Yo insistí en querer conocer a don Emiliano, platicar con él como en los pueblos los hombres y las mujeres viejos aún lo hacen, cuando el ocaso del día llega. Escuché que le dio por cabalgar de nuevo, dicen los viejos que porque está enmuinado y me fui al horizonte, esperando encontrarlo, pero cuando yo iba él no cabalgaba:

Entonces decidí platicar con él a través de quienes lo conocieron, con quienes él platicó y escuchó, al menos ellos tendrían su palabra retenida en la memoria y el corazón.

Ahí sí lo encontré y a veces vi su sombra desaparecer en la oscuridad de la noche justo C1uando los abuelos terminaban su relato. Siempre con la desesperanza de quien ya se va y aún tiene una tarea que cumplir; enseñamos lo que los pueblos saben y los libros de historia callan. Yo se los cuento como los abuelos me lo contaron: ¿por qué don Emiliano se ocultó y sólo unos cuantos lo pueden ver?

El siguiente es el testimonio de un abuelo de 94 años de Tepoztlán, Morelos:

"Guajardo puso en conocimiento a toda su tropa, todos le dispararon a él. Ahí, pues, cayó, ahí lo levantaron; lo trajeron a Cuautla, ahí lo tendieron y luego llamaban a la gente.
-Pasen a verJa, pasen a verJa, pero van a decir que él es. El que diga que no, tiene que morir aquí. Así es que ya saben.
- Todo el estado lo conocimos como no lo hemos de conocer y las señas que tenía, al muerto le faltaban, a Emiliano le faltaban dos dedos y tenía un lunar de este lado y yo lo juí a ver y sus manos estaban completas, el lunar no lo tenía. Nos preguntaban:
- Ya lo vieron bien, ¿si es o no es?
-Pues sí, sí es.
Pero ya todos sabíamos que teníamos que decir que sí para que no nos mataran, pero no fue él. Así fue pero si el gobierno me llama y alguno me pregunta:
-¿Cómo sabes que no murió?
-Pues yo lo sé, así como lo estoy platicando ¡y lo aseguro! Pero cuando dicen que lo mataron y dicen los guachos, entonces mejor decir que sí."

Las abuelas cuentan que una vez que fueron a ver a sus hombres a un campamento el general Emiliano les dijo:

-Dentro de veinte años mi ejército estará formado por mujeres, ya no habrá hombres en Morelos.
Y ellas dicen, ciertamente, si el gobierno no se hubiera retirado, así sería.

Cuando crecí, escuché que allá en Zacatepec, en otros tiempos hubo un salteador, un mitotero, un robavacas que había andado por ahí en el cerro, causando perjuicios. Volví a preguntar, las abuelas contestaron, sus relatos fueron iluminando ese rostro oculto, desdibujado por la prensa, ignorado por la historia. Sus voces hablaron:

"Fue en 1919 cuando traicionaron al general, hubo un diluvio chiquitito llovió y llovió cuatro días y cuatro noches, pero así jue11e, juerte, sin truenos, sin nada y los ríos crecieron grandes el de Amacuzac, el de Apatlaco. Ya entonces reconoció Obregón el Plan de Zapata, pasaban los trenes repletos de puro gobierno pa' México, ya entonces me acuerdo, volvimos a sembrar la milpa.
Pero después el gobierno regresó, volvió la injusticia al estado. Y don Rubén se levantó, ahora él, se juntaron en el cerro hartos hombres, y él les dijo:
Es tiempo muchachos de desenterrar la carabina y jalarnos pa'l cerro.
y pues sí así jue, no le dejaron otra. Mucho lo perseguían los del gobierno.
Otra abuela continúa:

-Cuando don Rubén se jue pa'l cerro pasaron por aquí, nomás se oían los cascos de los caballos y hasta adelante un ahijado de don Rubén con la bandera. Entonces pasa y nos dice:

-Ahora es el tiempo, ahora o nunca.

Contestamos: -Compadre, uste afuera y nosotros adentro. Y así jue.
En todo el tiempo que él estaba en los cerros, íbamos a llevarles agua y tortillas.
L1enabamos unos chiquiguites grandes con t011illa y encima le poníamos hartas flores, si era tiempo de cempasúchil iban los canastos repletos de flores amarillas, y llevábamos también caballos cada uno con cuatro cántaros de agua y los íbamos jalando por todo el camino. No había peligro, sólo en la carretera para cruzarla y si en esa pasada no nos vieron, entrando a los matorrales, ya no había miedo."
Esto es lo que cuentan las abuelas y los abuelos. Cuando el ocaso del día llega, atrapar esas voces plasmándolas en letras es como podemos ir llenando los huecos de nuestra historia cotidiana, por eso creo que trabajar historia oral es la única manera de encontrar respuesta a las inquietudes por hacer de la historia mi historia, del pasado mi pasado. No fue suficiente aprender las fechas, las batallas, los planes políticos, los manifiestos, todo eso se mostraba con una sucesión de hechos' desarticulados de actividades y funciones: ¿qué cohesionaba dichas actividades? Para contestar estas preguntas busqué a las mujeres. Las ausentes e innombradas, pero no a las supermujeres, ni las heroínas, sino a las mujeres cotidianas, a las que tuvieron miedo, dudaron y creyeron porque sólo con ellas podía entablar un diálogo donde mi miedo, mi duda y mi fe tuvieron cabida. Con ellas compartí ese cotidiano espacio que poco nombramos y también olvidamos: ese espacio de la vida diaria.

Con cada una, a través de sus palabras me remonté al cerro y sentí el cansancio después de caminar horas y horas, huyendo de los caminos para Ilevarle a Rubén y a culetazos la abrían, buscándolo, buscándola, buscándome. Sentí la solidaridad y la calidez de otras compañeras y compañeros que nos abrieron sus puertas, cuando perseguidas, muy noche, brincando tecorrales y escondiéndonos en los patios y en las huertas, buscábamos huir de la represión. Participé con ellas en los mítines y me contagiaron su valentía, su arrojo, su heroísmo, tan grandes, tan inmensos que servían para cubrir el cuerpo de Rubén. También me angustié con ellas cuando no tenían dinero suficiente, cuando debían: con sus parientes y sus hijos que crecían con muchas carencias. Comprendí su soledad de mujeres por decisión propia, por viudez o porque ellos se encontraban remontados en el cerro defendiendo con las armas un proyecto de vida.

Aprendí también la decisión y entrega de creer en lo que hicieron: ellas que no saben leer ni escribir, tienen el dominio de la palabra, a través de ella sostuvieron la vida de los hombres y por ende la estructura que le da fuerza y razón a dicho movimiento.

Cada palabra hablada rompe la palabra delgada del olvido y abre de nuevo esa enorme herida que sana aún. Rompe el dique y fluye el llanto. Ese acto de comunicación doloroso, recupera, restaura y reinventa un ayer, con el cual ellas acceden al presente, y yo a mi pasado.

Es a través del rescate de testimonios y tradiciones orales corno podemos apreciar la historia corno experiencia humana. La gente quiere cambiar, cambiar para recuperar, no para romper su vínculo con un pasado que guarda la certidumbre de la propia identidad, los pueblos siguen aspirando a que se respete el consenso de la voluntad general.

Esa despreciada voluntad popular que en su momento eligió al general Zapata como general en jefe del Ejército Libertador del Sur, corno calpulelque, el depositario de la fe, la confianza y la palabra de los pueblos de Morelos.

Esta misma voluntad popular volvió a seguir a don Rubén por los cerros de la zona cañera en la perseverante búsqueda del ideal revolucionario.

Los abuelos y las abuelas del estado de Morelos no olvidan que tienen una historia propia que contar que rompe la imposición de una historia oficial, homogénea y enajenada, que quiere borrar la experiencia individual y colectiva de una memoria histórica popular. La que sabe que el general Emiliano cabalga y a don Rubén aún le llora la tierra; porque nunca habrá distancia suficiente que calle las palabras de los pueblos que todavía siguen sumando muertes injustas cuando por hablar de democracia los callan.

García Velazco, María Guadalupe. "La palabra en la memoria" en Oralidad y Cultura. La identidad, la memoria, lo estético y lo maravilloso. Jermán Argueta y Ernesto Licona (Coordinadores). México, Colectivo Memoria y Vida Cotidiana Editores - CONACULTA, Culturas Populares, 1994; páginas 30 a 32.

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