Florence Toussaint, Proceso 1588
La televisión es más que un medio de entretenimiento. A través de su narrativa produce realidades. Moldea lo existente hasta dejarlo en una forma tal que sea susceptible de servir a los intereses de su creador. El género favorito que subyace en casi todas las narraciones es el melodrama en episodios. El control de los aparatos para difundir a largas distancias y enormes públicos hacen el resto. Así es como el mundo se considera bien informado.
El ejemplo más reciente es el de los marinos ingleses detenidos en Irán. Para un ciudadano común y corriente es casi imposible saber la verdad. Por tanto, las partes en conflicto ponen, cada una, una versión al aire. Sin embargo, hay que decir que los iraníes lo están haciendo mucho mejor que Blair y Bush juntos. Día a día han ido construyendo el relato de cómo fueron detenidos: en aguas patrimoniales, con armas en dos lanchas con bandera inglesa. Luego se dijo que eran espías. La única mujer fue retratada con un pañuelo en la cabeza, a la usanza musulmana, y fumando. Primero se aseguró que sería liberada. Luego se retractaron. Enseguida apareció una carta firmada por ella, aseguraba que, en efecto, lo que sus captores decían era cierto. Días después el resto fue grabado con apuntador en la mano y un mapa de fondo. Explicaron el modo de aproximarse a territorio iraní y el lugar en que se les detuvo. El porqué y para qué de su misión. Sin sonido, con subtítulos en iraní. En Occidente se difundió doblado al inglés y con subtítulos en los idiomas locales.
A lo anterior agregaron vistas de la población en las calles apoyando al presidente y rechazando la intervención extranjera. Circularon, además, versiones del inminente bombardeo estadunidense de docenas de sitios estratégicos en Irán.
Mientras tanto, Blair hablaba a cámara, desmintiendo el que se hubieran rebasado las líneas fronterizas. Pidió, exigió y al final lanzó amenazas para que los soldados fueran liberados inmediatamente y sin condiciones. Bush vino a reforzarlo, con la misma prepotencia de sus actuaciones frente a los países árabes. Ambos sin argumentos sólidos, más allá de que la patrulla se encontraba todavía en aguas iraquíes.
Para los medios, y en especial la pantalla chica, el regodeo en una historia concreta, de seres humanos, de culturas, religiones y hasta vestimenta diferentes, atrae como la miel a las abejas a millares de espectadores. Están presentes el suspenso, el posible desenlace trágico, la dosificación de datos, el misterio que envuelve a los malos. En este caso Occidente, Inglaterra y Estados Unidos, lo son para el conglomerado árabe; Irán y los musulmanes, para los occidentales.
Los motivos que explican las situaciones bélicas no aparecen en las noticias de los hechos cotidianos, éstos carecen de rating y al relegarlos poco a poco se olvidan. Importan los protagonistas y los acontecimientos, nada más. El público conforma su imaginario con dichos elementos y se resigna a saber si los prisioneros son bien tratados o no, si lograrán la libertad o van a encontrar una cruel muerte a manos de los señalados de infieles.
Detrás del montaje están las verdaderas razones, esas que los analistas o los periodistas que reportean a fondo son los únicos en señalar. La guerra es un negocio, se benefician las grandes compañías fabricantes de armas y municiones, de carros y tanques, de aviones y misiles. Estos fabricantes le venden a todos los países o grupos beligerantes. Sin importar la ideología, las creencias o los objetivos. Igual que la tecnología necesaria para producir armas nucleares. La crisis de los marinos no es sino una cortina de humo para esconder los preparativos de reeditar la Guerra Fría mediante la fabricación en Irán de armas atómicas, con el apoyo de Rusia y China, aprovechando también la ayuda de Estados Unidos que proveyó a Irán de un Centro de Investigación Nuclear en 1967 y un reactor de investigación.
La diplomacia sigue operando, las negociaciones reales se llevan a cabo en secreto, mientras que para consumo mundial están los noticiarios televisivos, la radio y los periódicos, salvo algunas excepciones. Hoy que el globo terráqueo está intercomunicado por completo, es decepcionante y frustra saber que en realidad no sabemos nada, que asistimos diariamente a una puesta en escena cuya calidad varía de acuerdo con la historia y el relator. También, que el verdadero peligro estriba en la confrontación por un bien escaso: el petróleo.
La televisión es más que un medio de entretenimiento. A través de su narrativa produce realidades. Moldea lo existente hasta dejarlo en una forma tal que sea susceptible de servir a los intereses de su creador. El género favorito que subyace en casi todas las narraciones es el melodrama en episodios. El control de los aparatos para difundir a largas distancias y enormes públicos hacen el resto. Así es como el mundo se considera bien informado.
El ejemplo más reciente es el de los marinos ingleses detenidos en Irán. Para un ciudadano común y corriente es casi imposible saber la verdad. Por tanto, las partes en conflicto ponen, cada una, una versión al aire. Sin embargo, hay que decir que los iraníes lo están haciendo mucho mejor que Blair y Bush juntos. Día a día han ido construyendo el relato de cómo fueron detenidos: en aguas patrimoniales, con armas en dos lanchas con bandera inglesa. Luego se dijo que eran espías. La única mujer fue retratada con un pañuelo en la cabeza, a la usanza musulmana, y fumando. Primero se aseguró que sería liberada. Luego se retractaron. Enseguida apareció una carta firmada por ella, aseguraba que, en efecto, lo que sus captores decían era cierto. Días después el resto fue grabado con apuntador en la mano y un mapa de fondo. Explicaron el modo de aproximarse a territorio iraní y el lugar en que se les detuvo. El porqué y para qué de su misión. Sin sonido, con subtítulos en iraní. En Occidente se difundió doblado al inglés y con subtítulos en los idiomas locales.
A lo anterior agregaron vistas de la población en las calles apoyando al presidente y rechazando la intervención extranjera. Circularon, además, versiones del inminente bombardeo estadunidense de docenas de sitios estratégicos en Irán.
Mientras tanto, Blair hablaba a cámara, desmintiendo el que se hubieran rebasado las líneas fronterizas. Pidió, exigió y al final lanzó amenazas para que los soldados fueran liberados inmediatamente y sin condiciones. Bush vino a reforzarlo, con la misma prepotencia de sus actuaciones frente a los países árabes. Ambos sin argumentos sólidos, más allá de que la patrulla se encontraba todavía en aguas iraquíes.
Para los medios, y en especial la pantalla chica, el regodeo en una historia concreta, de seres humanos, de culturas, religiones y hasta vestimenta diferentes, atrae como la miel a las abejas a millares de espectadores. Están presentes el suspenso, el posible desenlace trágico, la dosificación de datos, el misterio que envuelve a los malos. En este caso Occidente, Inglaterra y Estados Unidos, lo son para el conglomerado árabe; Irán y los musulmanes, para los occidentales.
Los motivos que explican las situaciones bélicas no aparecen en las noticias de los hechos cotidianos, éstos carecen de rating y al relegarlos poco a poco se olvidan. Importan los protagonistas y los acontecimientos, nada más. El público conforma su imaginario con dichos elementos y se resigna a saber si los prisioneros son bien tratados o no, si lograrán la libertad o van a encontrar una cruel muerte a manos de los señalados de infieles.
Detrás del montaje están las verdaderas razones, esas que los analistas o los periodistas que reportean a fondo son los únicos en señalar. La guerra es un negocio, se benefician las grandes compañías fabricantes de armas y municiones, de carros y tanques, de aviones y misiles. Estos fabricantes le venden a todos los países o grupos beligerantes. Sin importar la ideología, las creencias o los objetivos. Igual que la tecnología necesaria para producir armas nucleares. La crisis de los marinos no es sino una cortina de humo para esconder los preparativos de reeditar la Guerra Fría mediante la fabricación en Irán de armas atómicas, con el apoyo de Rusia y China, aprovechando también la ayuda de Estados Unidos que proveyó a Irán de un Centro de Investigación Nuclear en 1967 y un reactor de investigación.
La diplomacia sigue operando, las negociaciones reales se llevan a cabo en secreto, mientras que para consumo mundial están los noticiarios televisivos, la radio y los periódicos, salvo algunas excepciones. Hoy que el globo terráqueo está intercomunicado por completo, es decepcionante y frustra saber que en realidad no sabemos nada, que asistimos diariamente a una puesta en escena cuya calidad varía de acuerdo con la historia y el relator. También, que el verdadero peligro estriba en la confrontación por un bien escaso: el petróleo.
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