Al concluir el receso del Congreso de Estados Unidos se reanuda la confrontación de los demócratas –acompañados por algunos republicanos-- con la Casa Blanca: en primer plano Medio Oriente y, en particular, la nueva política para Irak que contempla el retiro de tropas para 2008.
El gobierno de George W. Bush enfureció con la gira por Medio Oriente que realizó Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes. Y es que ella se entrevistó con figuras al más alto nivel: el primer ministro de Israel, Ehud Olmert; el presidente de los palestinos, Mahmoud Abbas; el rey Abdullah de Arabia Saudita, y el presidente de Siria, Bashar al-Assad.
Pelosi impulsa las propuestas del Grupo de Estudios de Irak, que Bush desechó. Éstas incluyen, por cierto, un calendario para el retiro de las tropas estadunidenses de Irak.
En el frente interno continuará el choque en diversos asuntos pendientes: el despido de ocho fiscales por motivos políticos y las audiencias pendientes a la que será sometido el procurador Alberto Gonzáles, cuya cabeza podría rodar, y fuertes presiones para que comparezca Karl Rove, el principal asesor de Bush; los abusos del gobierno a través del FBI en el espionaje de llamadas telefónicas, y mensajes de Internet.
A pesar de las amenazas de vetar diversas leyes aprobadas por el Congreso, los legisladores demócratas esperan abrir nuevos frentes contra el presidente después del receso de primavera. Entre los frentes más destacados estaría la petición para cerrar la cárcel de Guantánamo y el rechazo a la intrusión en la privacidad de las personas y las violaciones a libertades civiles permitidas por la Patriotic Act.
El golpe más duro
La semana anterior al receso de primavera, el Congreso --controlado por los demócratas-- asestó al presidente Bush el más duro golpe político en sus seis años como presidente: aprobó dos proyectos de ley, en los que establece para 2008 el retiro de las tropas estadunidenses de Irak, pero –incluido en los mismos proyectos-- autoriza fondos adicionales solicitados por Bush para las guerras de Irak y Afganistán por 124 mil millones de dólares.
Bush se enfrenta a un dilema: si veta la ley impedirá que exista una fecha límite para el regreso de las tropas, pero debilitará el financiamiento para las mismas.
Esta decisión del Congreso representa el más poderoso reto al poder del presidente para llevar adelante una guerra desde que la enmienda Case-Church prohibió todo involucramiento adicional en Vietnam en 1973, según recuerda la revista The Economist.
Ni ahora ni nunca Bush reconocerá que la guerra en Irak está perdida, que no hay victoria posible. El principio del fin de la guerra de Bush podría estar iniciando en Washington. El asalto del Congreso coincidió con el cuarto aniversario de la guerra de Irak, con las protestas y marchas en varias ciudades pidiendo el retiro de Estados Unidos de ese país.
La confrontación entre el Legislativo y el Ejecutivo es sobre todo un asunto político. Demuestra que en la guerra de Irak el Congreso tiene algo que decir y que el presidente debe escuchar. Así, la guerra deja de ser un asunto exclusivo del presidente, aunque lo sea constitucionalmente. El Congreso resuelve, aprueba, pesa políticamente, se pone a tono con la demanda de los votantes en las elecciones de noviembre pasado de poner fin a la guerra, coincide con la mayoría de las encuestas, aunque sus resoluciones sobre el retiro de las tropas sean no vinculantes (no obligatorias) para Bush.
Hay cambios. La oposición del Congreso no es algo menor, está destruyendo el poder absoluto que Bush ejerció durante seis años en la presidencia. Ambas cámaras aprobaron sendos proyectos de ley, en los que demandan el retiro de las tropas de Irak, aunque con fechas distintas. La Cámara de Representantes fijó la fecha límite del l de septiembre de 2008, mientras el proyecto aprobado por el Senado pide que las tropas inicien su retiro el 31 de marzo de 2008.
Existe también una diferencia en los montos aprobados: 124 mil millones por la Cámara de Representantes, y 122 mil millones por el Senado. Bush se mantiene firme y exige el financiamiento adicional solicitado.
Comisiones de ambas cámaras deberán conciliar los dos proyectos de ley para convertirlos en uno solo, que nuevamente pasará a votación para posteriormente ser enviado a Bush para su firma. La Casa Blanca inició ya una ofensiva para derrotar la ley.
Alinear a los políticos republicanos
Visiblemente molesto, Bush afirmó que, de llegar la ley a su escritorio, no la firmará. Habrá veto, y desde ahora pretende que el Congreso pague los costos por ahogar el financiamiento para las guerras.
De acuerdo con una resolución de la Suprema Corte, el presidente no puede vetar una parte de la ley y aprobar otra. Si rechaza el retiro de las tropas de Irak, tampoco habrá financiamiento adicional. La estrecha mayoría en el Congreso no podría derrotar el veto presidencial.
Bush se burló del liderazgo demócrata en ambas cámaras y definió su estrategia a partir de una amenaza: “el pueblo estadunidense sabrá a quién hacer responsable sobre el financiamiento”. Nancy Pelosi respondió. Le pidió “calmar las amenazas. Hay un nuevo Congreso. Respetamos su papel constitucional; respete el nuestro”.
Bush pretende alinear a sus aliados republicanos para cambiar la coyuntura contra el curso de la guerra. Insiste en que es posible ganar, en que salir así sería catastrófico, aunque debiera saber que todos los escenarios son catastróficos, tanto para Estados Unidos como para Irak.
En una reunión en la Casa Blanca con legisladores republicanos advirtió que está dispuesto al veto de una ley que limite su derecho a proseguir la guerra y solicitó, ordenó, a sus desgastados aliados apoyar sus políticas bélicas. “Tenemos comandantes que hacen un enorme esfuerzo sobre el terreno y esperamos que no se les coloque en situación de mayores tensiones”, dijo. Toda la semana pasada reclamó al legislativo haber tomado el receso y dejar a las tropas sin decidir el financiamiento.
Los demócratas no bajarán la guardia. Harry Reid, líder del Senado, considera que será Bush el que pague el costo del veto que disminuiría el apoyo a los militares, incluyendo miles de millones para los veteranos destinados al cuidado de su salud y otros beneficios. “Si el presidente veta la ley, será un asterisco en la historia. Impondrá un récord debilitando a las tropas más de lo que ningún otro presidente lo haya hecho jamás”, declaró. El Congreso apoyó el financiamiento que el veto presidencial echaría abajo.
Para Bush, este puede ser el principio del fin de sus políticas de guerra en Irak. Si la Casa Blanca se mantiene en su posición, ¿lo harán también los demócratas? Para ellos, fijar una fecha de salida de las tropas representa forzar al gobierno iraquí, dominado por los chiitas, a llevar adelante los compromisos necesarios para asegurar la estabilidad.
La otra interpretación es que, cuando se sepa que Estados Unidos se retira, los chiitas se prepararán para purgar los barrios sunitas.
Apoyar a Bush puede tener costos políticos. Las reacciones de dos destacados republicanos aspirantes a la candidatura a la presidencia por el Partido Republicano dejó ver la división dentro del partido del presidente: John McCain –senador y el más fuerte candidato a la presidencia-- le puso nombre al proyecto del Senado Fecha definida para el acta de rendición, y dijo: “No debemos rendirnos justo en el momento en que las cosas comienzan a cambiar en Irak”.
Por el contrario, para el senador Chuck Hagel, la guerra de Irak se lleva adelante como “una arrogante reminiscencia de Vietnam”. Consideró que esa guerra está destruyendo a los militares y, refiriéndose al gobierno de Bush, afirmó que “probamos en una ocasión la monarquía… no está hecha para América”. Hagel no sólo criticó a Bush, también votó a favor de la ley que establece la retirada de las tropas estadunidenses de Irak. No será sencillo mantener la unidad de los republicanos.
Los costos de la guerra
Iniciada la guerra interna, el espectáculo continuará en las próximas semanas. El costo de las guerras en Irak y Afganistán es un gran peso sobre la economía estadunidense. De marzo de 2003 a la fecha, la guerra en Irak ha costado entre 410 mil millones y 450 mil millones de dólares. La primera guerra contra Irak (1990-1991) tuvo un costo de 90 mil millones; la de Vietnam (11 años, de 1964 a 1973) costó 640 mil millones de dólares.
De acuerdo con un estudio realizado por el premio Nobel Joseph Stiglitz y la profesora invitada de Harvard, Linda Bilmes, citado por El País, el costo total del conflicto se elevaría a dos billones de dólares si se tiene en cuenta el dinero que solicita Bush para la guerra, así como los gastos que, a mediano y largo plazo, se utilizarán para recomponer a las fuerzas armadas, los cuidados y pensiones de los veteranos y las demás facturas que vayan surgiendo. Esto suponiendo que los costos de la guerra fueran nulos en tres años.
Los costos mayores serán los políticos, crecientes para quienes apoyan a Bush. También los votantes republicanos están cansados de la guerra. Una reciente encuesta de Gallup señala que el 60 por ciento de los estadunidendees está a favor de la salida de las tropas de Irak, otras encuestas sitúan en 65% esta posición. Una mayoría similar se opone a que se nieguen fondos para aumentar tropas. Bush los llevó a un pantano, pero los demócratas ¿podrán sacar a Estados Unidos de ahí? Y como el síndrome de Vietnam revive, la oposición en el Congreso quiere terminar con la guerra antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2008.
El presidente en guerra no acepta límites, ni plazos; tampoco acepta cambios a su política en Irak. Envía más soldados sin que se detenga la guerra civil entre chiitas y sunitas.
Cerca de un callejón sin salida, ¿podría llevarse adelante en los próximos días una negociación entre la Casa Blanca y el Congreso? Difícilmente, porque eso supondría que ambos tendrían que ceder algo. Muy difícilmente cuando se trata del retiro de las tropas de Irak y del reconocimiento o no de que esa guerra está perdida. Asunto durísimo no sólo para Bush, sino para la mayor potencia militar en el mundo.
La mayoría demócrata en el Congreso crea una nueva situación política con la que Bush deberá lidiar en la última etapa de su mandato. Se acabó la presidencia todopoderosa; hay un nuevo equilibrio de poderes. La guerra de Irak está en el centro de los problemas de Bush. Está también en el corazón de los problemas del Partido Republicano porque los demócratas podrían ganar la Presidencia en 2008. El final del sexenio de Bush será turbulento: el Congreso, controlado por los demócratas, meterá las narices, abrirá audiencias, ordenará comparecencias, ventilará asuntos incómodos, opinará y emitirá dictámenes.
La administración de Bush se hunde más profundamente en sus múltiples pantanos, afirma Paul Krugman columnista del New York Times.
Fuente: enriqueta cabrera , agencia Apro.
El gobierno de George W. Bush enfureció con la gira por Medio Oriente que realizó Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes. Y es que ella se entrevistó con figuras al más alto nivel: el primer ministro de Israel, Ehud Olmert; el presidente de los palestinos, Mahmoud Abbas; el rey Abdullah de Arabia Saudita, y el presidente de Siria, Bashar al-Assad.
Pelosi impulsa las propuestas del Grupo de Estudios de Irak, que Bush desechó. Éstas incluyen, por cierto, un calendario para el retiro de las tropas estadunidenses de Irak.
En el frente interno continuará el choque en diversos asuntos pendientes: el despido de ocho fiscales por motivos políticos y las audiencias pendientes a la que será sometido el procurador Alberto Gonzáles, cuya cabeza podría rodar, y fuertes presiones para que comparezca Karl Rove, el principal asesor de Bush; los abusos del gobierno a través del FBI en el espionaje de llamadas telefónicas, y mensajes de Internet.
A pesar de las amenazas de vetar diversas leyes aprobadas por el Congreso, los legisladores demócratas esperan abrir nuevos frentes contra el presidente después del receso de primavera. Entre los frentes más destacados estaría la petición para cerrar la cárcel de Guantánamo y el rechazo a la intrusión en la privacidad de las personas y las violaciones a libertades civiles permitidas por la Patriotic Act.
El golpe más duro
La semana anterior al receso de primavera, el Congreso --controlado por los demócratas-- asestó al presidente Bush el más duro golpe político en sus seis años como presidente: aprobó dos proyectos de ley, en los que establece para 2008 el retiro de las tropas estadunidenses de Irak, pero –incluido en los mismos proyectos-- autoriza fondos adicionales solicitados por Bush para las guerras de Irak y Afganistán por 124 mil millones de dólares.
Bush se enfrenta a un dilema: si veta la ley impedirá que exista una fecha límite para el regreso de las tropas, pero debilitará el financiamiento para las mismas.
Esta decisión del Congreso representa el más poderoso reto al poder del presidente para llevar adelante una guerra desde que la enmienda Case-Church prohibió todo involucramiento adicional en Vietnam en 1973, según recuerda la revista The Economist.
Ni ahora ni nunca Bush reconocerá que la guerra en Irak está perdida, que no hay victoria posible. El principio del fin de la guerra de Bush podría estar iniciando en Washington. El asalto del Congreso coincidió con el cuarto aniversario de la guerra de Irak, con las protestas y marchas en varias ciudades pidiendo el retiro de Estados Unidos de ese país.
La confrontación entre el Legislativo y el Ejecutivo es sobre todo un asunto político. Demuestra que en la guerra de Irak el Congreso tiene algo que decir y que el presidente debe escuchar. Así, la guerra deja de ser un asunto exclusivo del presidente, aunque lo sea constitucionalmente. El Congreso resuelve, aprueba, pesa políticamente, se pone a tono con la demanda de los votantes en las elecciones de noviembre pasado de poner fin a la guerra, coincide con la mayoría de las encuestas, aunque sus resoluciones sobre el retiro de las tropas sean no vinculantes (no obligatorias) para Bush.
Hay cambios. La oposición del Congreso no es algo menor, está destruyendo el poder absoluto que Bush ejerció durante seis años en la presidencia. Ambas cámaras aprobaron sendos proyectos de ley, en los que demandan el retiro de las tropas de Irak, aunque con fechas distintas. La Cámara de Representantes fijó la fecha límite del l de septiembre de 2008, mientras el proyecto aprobado por el Senado pide que las tropas inicien su retiro el 31 de marzo de 2008.
Existe también una diferencia en los montos aprobados: 124 mil millones por la Cámara de Representantes, y 122 mil millones por el Senado. Bush se mantiene firme y exige el financiamiento adicional solicitado.
Comisiones de ambas cámaras deberán conciliar los dos proyectos de ley para convertirlos en uno solo, que nuevamente pasará a votación para posteriormente ser enviado a Bush para su firma. La Casa Blanca inició ya una ofensiva para derrotar la ley.
Alinear a los políticos republicanos
Visiblemente molesto, Bush afirmó que, de llegar la ley a su escritorio, no la firmará. Habrá veto, y desde ahora pretende que el Congreso pague los costos por ahogar el financiamiento para las guerras.
De acuerdo con una resolución de la Suprema Corte, el presidente no puede vetar una parte de la ley y aprobar otra. Si rechaza el retiro de las tropas de Irak, tampoco habrá financiamiento adicional. La estrecha mayoría en el Congreso no podría derrotar el veto presidencial.
Bush se burló del liderazgo demócrata en ambas cámaras y definió su estrategia a partir de una amenaza: “el pueblo estadunidense sabrá a quién hacer responsable sobre el financiamiento”. Nancy Pelosi respondió. Le pidió “calmar las amenazas. Hay un nuevo Congreso. Respetamos su papel constitucional; respete el nuestro”.
Bush pretende alinear a sus aliados republicanos para cambiar la coyuntura contra el curso de la guerra. Insiste en que es posible ganar, en que salir así sería catastrófico, aunque debiera saber que todos los escenarios son catastróficos, tanto para Estados Unidos como para Irak.
En una reunión en la Casa Blanca con legisladores republicanos advirtió que está dispuesto al veto de una ley que limite su derecho a proseguir la guerra y solicitó, ordenó, a sus desgastados aliados apoyar sus políticas bélicas. “Tenemos comandantes que hacen un enorme esfuerzo sobre el terreno y esperamos que no se les coloque en situación de mayores tensiones”, dijo. Toda la semana pasada reclamó al legislativo haber tomado el receso y dejar a las tropas sin decidir el financiamiento.
Los demócratas no bajarán la guardia. Harry Reid, líder del Senado, considera que será Bush el que pague el costo del veto que disminuiría el apoyo a los militares, incluyendo miles de millones para los veteranos destinados al cuidado de su salud y otros beneficios. “Si el presidente veta la ley, será un asterisco en la historia. Impondrá un récord debilitando a las tropas más de lo que ningún otro presidente lo haya hecho jamás”, declaró. El Congreso apoyó el financiamiento que el veto presidencial echaría abajo.
Para Bush, este puede ser el principio del fin de sus políticas de guerra en Irak. Si la Casa Blanca se mantiene en su posición, ¿lo harán también los demócratas? Para ellos, fijar una fecha de salida de las tropas representa forzar al gobierno iraquí, dominado por los chiitas, a llevar adelante los compromisos necesarios para asegurar la estabilidad.
La otra interpretación es que, cuando se sepa que Estados Unidos se retira, los chiitas se prepararán para purgar los barrios sunitas.
Apoyar a Bush puede tener costos políticos. Las reacciones de dos destacados republicanos aspirantes a la candidatura a la presidencia por el Partido Republicano dejó ver la división dentro del partido del presidente: John McCain –senador y el más fuerte candidato a la presidencia-- le puso nombre al proyecto del Senado Fecha definida para el acta de rendición, y dijo: “No debemos rendirnos justo en el momento en que las cosas comienzan a cambiar en Irak”.
Por el contrario, para el senador Chuck Hagel, la guerra de Irak se lleva adelante como “una arrogante reminiscencia de Vietnam”. Consideró que esa guerra está destruyendo a los militares y, refiriéndose al gobierno de Bush, afirmó que “probamos en una ocasión la monarquía… no está hecha para América”. Hagel no sólo criticó a Bush, también votó a favor de la ley que establece la retirada de las tropas estadunidenses de Irak. No será sencillo mantener la unidad de los republicanos.
Los costos de la guerra
Iniciada la guerra interna, el espectáculo continuará en las próximas semanas. El costo de las guerras en Irak y Afganistán es un gran peso sobre la economía estadunidense. De marzo de 2003 a la fecha, la guerra en Irak ha costado entre 410 mil millones y 450 mil millones de dólares. La primera guerra contra Irak (1990-1991) tuvo un costo de 90 mil millones; la de Vietnam (11 años, de 1964 a 1973) costó 640 mil millones de dólares.
De acuerdo con un estudio realizado por el premio Nobel Joseph Stiglitz y la profesora invitada de Harvard, Linda Bilmes, citado por El País, el costo total del conflicto se elevaría a dos billones de dólares si se tiene en cuenta el dinero que solicita Bush para la guerra, así como los gastos que, a mediano y largo plazo, se utilizarán para recomponer a las fuerzas armadas, los cuidados y pensiones de los veteranos y las demás facturas que vayan surgiendo. Esto suponiendo que los costos de la guerra fueran nulos en tres años.
Los costos mayores serán los políticos, crecientes para quienes apoyan a Bush. También los votantes republicanos están cansados de la guerra. Una reciente encuesta de Gallup señala que el 60 por ciento de los estadunidendees está a favor de la salida de las tropas de Irak, otras encuestas sitúan en 65% esta posición. Una mayoría similar se opone a que se nieguen fondos para aumentar tropas. Bush los llevó a un pantano, pero los demócratas ¿podrán sacar a Estados Unidos de ahí? Y como el síndrome de Vietnam revive, la oposición en el Congreso quiere terminar con la guerra antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2008.
El presidente en guerra no acepta límites, ni plazos; tampoco acepta cambios a su política en Irak. Envía más soldados sin que se detenga la guerra civil entre chiitas y sunitas.
Cerca de un callejón sin salida, ¿podría llevarse adelante en los próximos días una negociación entre la Casa Blanca y el Congreso? Difícilmente, porque eso supondría que ambos tendrían que ceder algo. Muy difícilmente cuando se trata del retiro de las tropas de Irak y del reconocimiento o no de que esa guerra está perdida. Asunto durísimo no sólo para Bush, sino para la mayor potencia militar en el mundo.
La mayoría demócrata en el Congreso crea una nueva situación política con la que Bush deberá lidiar en la última etapa de su mandato. Se acabó la presidencia todopoderosa; hay un nuevo equilibrio de poderes. La guerra de Irak está en el centro de los problemas de Bush. Está también en el corazón de los problemas del Partido Republicano porque los demócratas podrían ganar la Presidencia en 2008. El final del sexenio de Bush será turbulento: el Congreso, controlado por los demócratas, meterá las narices, abrirá audiencias, ordenará comparecencias, ventilará asuntos incómodos, opinará y emitirá dictámenes.
La administración de Bush se hunde más profundamente en sus múltiples pantanos, afirma Paul Krugman columnista del New York Times.
Fuente: enriqueta cabrera , agencia Apro.
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