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06 agosto 2007

Bucareli: ‘Pecunia non olet’

Jacobo Zabludovsky (El Universal)

Todavía no le acercan la lumbre y ya se les está haciendo bolas el engrudo.

La discusión sobre la reforma hacendaria entró el miércoles en su etapa final cuando el doctor Guillermo Ortiz expuso ante diputados el punto de vista del autónomo Banco de México, que él gobierna, y provocó reacciones de toda índole. Ortiz dijo que el manejo de las finanzas públicas es una de las políticas centrales de cualquier país, y los impuestos afectan decisiones de individuos, empresas y organismos oficiales y que, finalmente, los recursos recaudados deben elevar la actividad productiva y el empleo, y abatir los rezagos sociales. Y pasó a explicar cómo se puede lograr eso: con eficiencia económica, transparencia que incluye lucha contra la corrupción y rendición de cuentas.

El doctor Ortiz es uno de esos funcionarios raros a quienes se les entiende cuando hablan. Pero en este caso lo entendieron de muy diversas maneras tanto dentro como fuera del Congreso. La Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados anunció que va a perfeccionar la Contribución Empresarial a Tasa Única (CETU), una de las bases de la reforma fiscal, y a modificarla en otros cinco temas. El Centro de Estudios de Derechos e Investigaciones Parlamentarias de la Cámara de Diputados afirma que la CETU viola la Constitución, atenta contra los principios de equidad y proporcionalidad en el pago de impuestos garantizados por la Constitución. La Comisión de Educación de la Cámara de Diputados denuncia una disminución en la partida para actividades educativas y sólo ganancias en cinco estados. El Consejo Ejecutivo de Empresas Globales solicita cambios a la propuesta inicial para ampliar el universo de contribuyentes.

Enrique Castillo, presidente de la Asociación de Bancos de México, dice que si se aplica textualmente la CETU la banca sería afectada. Santiago Creel, coordinador de los senadores del PAN, acepta que la CETU se fije en 16%. Los empresarios señalan que no debe ser más de 12. Alejandro Werner, subsecretario de Hacienda, opina que la CETU es la adecuada para 2008 y aumentará cada año hasta alcanzar 19%. Creel agrega que este impuesto debe ser el único y tal vez en dos años se elimine el ISR. Juan Manuel Pérez Porrúa, titular de la Unidad de la Política de Ingresos de la Secretaría de Hacienda, dice que no se pueden establecer impuestos arbitrarios con deducciones absurdas. Manlio Fabio Beltrones, coordinador de los senadores del PRI, declaró: “No tenemos prisa”. Emilio Gamboa, líder de los diputados del PRI, aseguró que habrá reforma fiscal, todo a su tiempo.

Es evidente, pues, que en materia de recaudación de impuestos y distribución de lo recaudado cada cabeza es un mundo, como las formas de cobro, los sistemas fiscales, monto de las contribuciones, como usted lo quiera llamar, porque desde la prehistoria el cobro de impuestos agobia al pobre ser humano.

Una rápida consulta a los archivos de la memoria nos enfrenta a personajes y situaciones ligados a los impuestos. Fue Vespasiano, el emperador, quien exigió a los romanos pagar impuestos sobre los escusados públicos.

Su hijo era el único capaz de corregirlo y lo acusó de crueldad por sacar provecho económico de un acto tan humano como defecar. Vespasiano le dijo: “Pecunia non olet”. El dinero no huele. Pedro el Grande obligó a los rusos, todos barbones, a pagar por sus barbas. En el siglo XVIII algunos varones alemanes establecieron el impuesto de 12 golondrinas y quien no las entregara vivas o muertas pagaría 12 kreuzer.

En la antigua Grecia se establecieron las liturgias que eran contribuciones. Y en Roma se llamaban publicanos los cobradores de impuestos en las provincias del imperio. San Mateo, apóstol y evangelista, fue uno de éstos, un recaudador de impuestos destinados a una nación extranjera, hasta que el Divino Maestro le dijo: “Ven y sígueme” y Mateo salió de Cafernaúm y se metió a los evangelios. A lo largo de la historia se han decretado pagos que se explican por sus nombres: el de la mano muerta, el diezmo, el de pernada que era en especie, a las ventanas, por el casamiento de una hija, por armar caballero a un hijo, el llamado portazgo, la alcabala establecida por los árabes sobre compra o venta de cualquier producto, a los dueños de olivares y viñedos se les obligaba a entregar parte de su cosecha. Y en México los aztecas cobraban impuestos a los pueblos sometidos exigiéndoles águilas, bolas de caucho o jóvenes para arrancarles el corazón.

En el siglo XVI los reyes españoles don Carlos y don Felipe vendieron plazas de recaudadores de impuestos en la Nueva España. Vasallos, vecinos, todos tenían que pagar el quinto, es decir, la quinta parte de los minerales obtenidos en cualquier provincia. Y en Escocia, para llevar los impuestos a la desesperación, se estableció uno sobre el whisky escocés: dos chelines y ocho peniques por cada pinta.

Y esto me conduce a la consecuencia más notable del establecimiento de un impuesto: la mayor potencia del mundo actual nació por un problema de impuestos que el gobierno inglés pretendía hacer pagar por el té a los habitantes de 13 colonias americanas. Y de las epopeyas libertarias venimos a caer, dos siglos más tarde, en la vulgaridad del delito ligado, otra vez, al whisky. Al Capone nunca pudo ser capturado por Eliot Ness, que se vengó derrotándolo cada semana en la televisión; tuvo que ser algún anónimo agente fiscal el que amurara (lunfardo: poner entre muros) al cara cortada que salió del bote al panteón.

En fin, este asunto de los impuestos es más viejo que andar a pie, pero no por eso deja de ser molesto. Qué digo molesto: pagar impuestos es una de las obligaciones más irritantes e injustificadas para millones de personas. Muchas dedican su vida entera a buscar formas de evitar cumplir este deber. Algunas pagan con su libertad o su vida. Otras encuentran una rendija y por ahí se van, porque al fin y al cabo el que hace la ley hace la trampa.

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