México inicuo | por Felipe Díaz Garza | Grupo REFORMA | 6 agosto 200744.7 millones de mexicanos son pobres patrimoniales que tienen un ingreso inferior a mil 625 pesos mensuales en áreas urbanas y a mil 86 pesos en las rurales, lo cual les impide cubrir requerimientos básicos de alimentación, salud, educación, vestido, calzado, vivienda y transporte público. Dos de cada 10 mexicanos -alrededor de 14.4 millones- son pobres alimentarios con un ingreso total menor a 810 pesos en el área urbana y menor a 599 pesos en el área rural.
El Reporte de Cifras actualizadas de pobreza por ingresos, del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), a partir de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2006, realizada por el INEGI, consigna lo anterior y señala algunos avances. La pobreza por ingresos en México, en todos sus niveles, muestra una reducción entre 2004 y 2006. Para ese periodo, la pobreza de patrimonio pasó de 47.2 a 42.6 por ciento de la población, es decir, de 48.6 millones de personas a 44.7 millones. El número de pobres alimentarios disminuyó de 17.4 a 13.8 por ciento, o sea, de 17.9 millones a 14.4 millones de personas.
Se aprecia una reducción de la pobreza en el área rural en todos los niveles, mas la disminución no es estadísticamente significativa. En cambio, la pobreza alimentaria en las zonas urbanas se redujo de 11 a 7.5 por ciento, es decir, pasó de 7.1 millones de personas a 5 millones, y el número de pobres patrimoniales pasó de 26.5 millones a 23.6 millones. Sin embargo, el Coneval subraya la persistencia de la desigualdad en México: "El 10 por ciento de las personas con menores ingresos corrientes concentran 1.6 por ciento de los ingresos corrientes totales, mientras que el 10 por ciento de las personas con mayores ingresos del País acumulan 39.3 por ciento de los ingresos totales corrientes".
Semejante fórmula social es explosiva, especialmente si su iniquidad se mantiene, diríase que irreversiblemente, mientras que el padrón de la pobreza se reduce sin impacto real en el bolsillo, la salud, la educación, la vivienda, el vestido y calzado, el transporte y el estómago de los pobres, el 60 por ciento de los mexicanos, de los que dos de cada 10 simplemente no tienen para comer.
Coincido con usted en que la solución no es Hugo Chávez, ni Fidel Castro, ni Evo Morales, ni Andrés Manuel López Obrador, ni ningún otro enfoque gubernamental de corte izquierdista, estatizante o revolucionario. Pero si no queremos que las cosas deriven en un régimen expropiador o en algo peor, como una revolución, alguien debería avisarles a esos 60 millones de pobres, en decrecimiento no significativo, que la salida no es por el lado de la expropiación o la guerrilla. Alguien debería avisarles eso, le digo, y al mismo tiempo anunciarles la estrategia farmacéutica de emergencia con la que cambiaremos la formula letal con la que hoy está compuesta nuestra inicua sociedad.
Lo malo es que nadie se atreve a anunciarles a los pobres que la salida no es la revolución, quizás porque quien tiene que hacerlo es el Gobierno y, por las trazas, los gobiernícolas, al menos Calderón, no parecen estar tan convencidos de que el camino no es la expropiación de la riqueza inicua, que en un país como éste toda riqueza es inicua. Y en cuanto a la reformulación del tejido social, que también debe tener el liderazgo gubernamental, las proposiciones del Gobierno, desde hace muchos regímenes, son tan pobres y desfasadas que se desmoronan antes de ser megafoneadas.
En un universo como el que nos muestran los rayos X del reporte del Coneval, es clara la interacción que se da entre dos vertientes del problema, a mi juicio las principales, que establecen un círculo vicioso en el que hemos estado atrapados desde hace décadas. Esos dos factores, concomitantes uno del otro, son pobreza y educación, "mala educación", habría que adjetivar, pues así como no hay una ley específica que prohiba la pobreza y obligue la riqueza, sí hay una que obliga la educación, y consecuentemente, prohibe la ignorancia.
Pero, de allí lo de adjetivar, la educación mexicana es mala e improductiva, la obligada oficial en una proporción mayor que la obligada privada, pero no inocente de cargo esta última. Además, debido casi siempre a su pobreza o a la irresponsabilidad de sus padres o a la inaccesibilidad física de los planteles con respecto a sus hogares, hay muchos niños y jóvenes en edad escolar que no pueden ejercer su derecho constitucional a la educación.
Estamos hablando de millones de mexicanos sin educación o con mala educación, así como hablamos, con los números del INEGI en la mano, de 60 millones de mexicanos pobres patrimonialmente, casi 15 millones de ellos en pobreza extrema, tan extrema como sus millones de estómagos vacíos. Y usted y yo sabemos perfectamente que no hay desarrollo posible sin educación, que no es posible abatir la pobreza si no hay desarrollo y que la pobreza impide la educación.
Si no quiere usted a Chávez en Los Pinos (yo tampoco), si no quiere una guerra civil (yo tampoco), si no quiere que la situación convierta a Calderón en expropiador de izquierda o dictador de derecha (yo tampoco), pongamos a trabajar el corazón, la cartera y la inteligencia para buscarle una salida a la iniquidad de nuestra radiografía social. Ahora, que ya es tarde.
COMENTARIO: Hasta las plumas alquiladas de Alejandro Junco sienten los pasos.
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