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05 agosto 2007

Migrantes Mexicanos en las Entrañas del Monstruo

Por Federico Campbell Peña (Coney Island, NY)

Decenas de ellos (migrantes mexicanos) dirigen el negocio de las fritangas: la venta de hot dogs, tacos, sodas, y cerveza Corona para los cientos de vacacionistas en Coney Island, playa del sur de Brooklyn: todos y todas son en su gran mayoría, migrantes poblanos.

Se pasean bajo el poderoso sol de tramo a tramo entre los bañistas gritando "soda, bear, fresh water, mango". Ellas y ellos, de Atlixco, Huejotzingo, Azúcar de Matamoros, de Tlaxcala también.

Con siete años establecida, en un local junto a la feria del parque de diversiones, doña Toña y su familia, todos de Puebla, le hacen la competencia a los restoranes rusos del otro lado de la playa: vende más barato, a dos dólares el hot dog, a dólar el agua fría o la coca cola, a dos dólares el helado, a tres la Corona.

El negocio es de ellos, no como el café de un coreano en que despachan dos paisanas de Atlixco en la estación de trenes de Washington DC, con hijos nacidos ya en Estados Unidos y que se niegan a hablar español fuera de su casa, según ellas mismas cuentan.

Para los migrantes, el patrón judío o coreano son los más explotadores, ya que les pagan a 7 dólares la hora, por eso prefieren tener un patrón gringo, que llega a pagar más. Por citar un ejemplo, a Albertino, de la tienda de abarrotes de la calle 96 y Broadway en Manhattan, el coreano le da 350 dólares por semana, con un horario de toda la noche para atender la tienda.

Días antes en Woodbridge Virginia, don Celestino, emigrado hace 22 años como indocumentado, hoy residente con opción a la ciudadanía resume (mientras bebe y bebe cerveza Modelo): "me siento 100% más de aquí que de allá. He vuelto a Piaxtla pero ya es diferente, me quedo unos días y me urge regresar para atender mis negocios".

Por cierto que ya no es difícil conseguir Modelo, Corona, Atún Dolores, Maseca: en todos Market, propiedad de un salvadoreño y otros almacenes se venden los productos importados de México en esta zona de Virginia, un espacio del TLC.

Los sobrinos de Celestino juegan fútbol hablando inglés entre ellos. Sólo usan el español para contestar las preguntas de los mayores, pero para integrarse, en la escuela y con sus amigos, hablan en inglés. Niegan que el soccer sea más difundido que el beisbol, como dicen sus tíos. Rechazan ir a las asambleas de migrantes que organizan sus tíos. Ellos quieren ser no sólo ciudadanos estadounidenses, sino estadounidenses integrados, a pesar de que sufran discriminación por su color de piel morena.

Festejan todos el 15 de septiembre, Navidad, el 5 de mayo pero también el Día de Acción de Gracias en Otoño, como el resto de los gringos.

Celestino tiene tres restoranes mexicanos en Fredericksburg, Woodbridge y Dumfries, en el condado de Prince William donde la organización Mexicanos Sin Fronteras que coordina su cuñado Alejandro Juárez, acaba de reunir a 4 mil migrantes mexicanos y latinoamericanos, en tres asambleas la semana pasada, para frenar la reciente aprobación de una ley discriminatoria que restringiría los derechos sociales a los sin papeles.

Es así como las tres sucursales de "Taco México", decoradas con la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y el mapa de Puebla, junto con sombreros y zarapes, se han convertido en un centro de activismo para la causa migrante en los alrededores de Washington DC.

Pionero de los empresarios mexicanos, don Celestino ayudó también a Alejandro a fundar su empresa de construcción de casas: "Home Improvement" hace 10 años.

Ahora, ambos dan empleo a los paisanos que llegan cada vez con más dificultades para cruzar, siendo más caro el paso con el coyote, ante la vigilancia de la Patrulla Fronteriza y la Guardia Nacional.

Y si no que le pregunten a Munser, de Jalapa del Marques Oaxaca, quien perdió un dedo en la tortura a la que los coyotes lo sometieron en una "casa de seguridad" en Arizona hasta que su familia les envió 36 mil pesos para que lo dejaran libre y pudiera seguir su paso al norte.

Muchos de estos migrantes desempleados, día con día, se colocan en el Seven Eleven de céntrica avenida, a pesar de que un joven poblano de 23 años fue asesinado allí hace meses por dos jóvenes afroamericanos por odio racial, a pesar de que la migra amenaza con redadas, a pesar de todo, para ganarse la vida y mandar remesas ya sea por Western Union o por otro banco que les cobra 10 dólares por envío.

En esa ocasión, Mexicanos Sin Fronteras logró repatriar el cuerpo a Puebla con un costo de 7 mil dólares, cifra que en parte dio el consulado de México en Washington DC.

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