Bajo Reserva
Lo ocurrido ayer en el Consejo Nacional del PRD representó a todas luces un revés para los radicales de ese partido y, en particular, para Andrés Manuel López Obrador.
Lo que fue una instrucción, casi una orden del ex candidato presidencial el pasado domingo 1 de julio en el zócalo, quedó en una mera sugerencia. Y es que el sábado en el consejo perredista se determinó, por mayoría, aunque parezca increíble, participar en las reuniones de Comisiones Legislativas del Congreso, para cabildear su propuesta de reforma fiscal. No sólo se rechazó de manera virulenta la orden de “cero negociación” impuesta por López Obrador, para entrarle a este tema, sino que también se echó para abajo la propuesta de no participar en las elecciones federales de 2009, de no lograrse la remoción de los consejeros del IFE. “Sin querer queriendo”, parafraseando a un personaje de la televisión mexicana, algunas de las propuestas lopezobradoristas han dividido a los perredistas, abriendo la zanja entre “duros” y “moderados”. Alfonso Ramírez Cuéllar, ex diputado federal y miembro del Consejo del PRD, criticó abiertamente a López Obrador, y dijo a militantes que en el partido hay un problema fundamental: “Nuestra resistencia a los cambios nacionales”.
Bien decía el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, Ricardo Alarcón, quien consideró que los “signos de tormenta” con México están por pasar. Y es que todo avanza hacia la normalización de la relación política entre México y Cuba, y como muestra de ello, se espera que próximamente el gobierno de Felipe Calderón otorgue el beneplácito a Manuel Aguilera de la Paz, como nuevo embajador cubano en este país. Se conoció que en la pasada reunión interparlamentaria en La Habana, se trató el tema de la llegada a México del viceministro cubano de Relaciones Exteriores, quien tiene la instrucción de dar un nuevo impulso a la relación bilateral.
Por cierto, en la novena edición de la reunión de legisladores mexicanos y cubanos, que concluyó el pasado viernes, destacó la participación de la ex canciller mexicana y ahora senadora de la República, Rosario Green Macías, quien negoció puntos clave de la Declaración Conjunta. Logró que la parte cubana se desistiera en su intención de incluir referencias radicales antiestadounidenses y, a cambio, se diera más peso a las referencias de “amistad y fraternidad” entre México y Cuba. Tan influyó, que así se redactó el documento final del encuentro.
La resolución de la Secretaría de la Función Pública sobre el presunto quebranto de más de mil 700 millones de pesos en Pemex se ha retrasado. Las expectativas de Germán Martínez, secretario de la Función Pública, de resolver el asunto en la primera semana de julio, prácticamente se han esfumado. Los abogados del ex director de la paraestatal Raúl Muñoz Leos han logrado postergar la decisión. Sin embargo, desde esta semana, el Órgano Interno de Control de Pemex envió el expediente a la sede central de la secretaría, por lo que es de esperar que pronto haya noticias del caso. Los días por venir serán decisivos en este caso. Mientras Muñoz Leos se dice tranquilo y refiere que el que “nada debe nada teme”.
En Los Pinos se siguió de cerca el anuncio que llegó desde Portugal sobre la incorporación de Chichén Itzá, a la lista de las nuevas 7 Maravillas del Mundo Moderno. Y aunque festejaron el hecho, se aguantaron las ganas de emitir alguna comunicación para celebrarlo. El gobierno de México se deslindó de la promoción de esta zona arqueológica, aunque existen las evidencias de que canalizaron esfuerzos y recursos hacia este esfuerzo.
Fuente: LOS PERIODISTAS DE EL UNIVERSAL, 8 de julio de 2007.
Una izquierda para la democracia
¿Comprometerse con la democracia y la libertad o alejarse de ellas? Este es un dilema profundo que se juega en las divisiones de esa gran fuerza en constante inestabilidad: Partido de la Revolución Democrática.
La historia de este bloque político y sus ramificaciones sociales es inseparable de la historia de la democracia en México. De hecho, el primer paradigma distributivo del poder político en México, así haya sido mínimo, nació de la ingobernabilidad de una izquierda antiinstitucional y violenta que abrió sin proponérselo el camino a una izquierda comprometida con la democracia.
Es el caso del Partido Comunista Mexicano. Desde muy temprano se singularizó entre sus pares en el resto del mundo por su actitud crítica hacia la Unión Soviética y su ruptura con ella a raíz de las invasiones de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968). Esta postura la aisló, pero se benefició de ello al tener que compenetrarse con las particularidades de la sociedad mexicana para conseguir apoyo en ella más allá de las simplificaciones del marxismo vulgar, abundante en el comunismo de la época.
Con el desarrollo de este y otros partidos de la izquierda se formó una corriente amplia, diversa, y que llegó a hacer inseparables las reivindicaciones sociales con la exigencia de reemplazar el autoritarismo por un sistema democrático.
El desprendimiento de la Corriente Democratizadora del PRI en 1985 le dio a la izquierda un impulso inusitado. La campaña electoral de Cuauhtémoc Cárdenas, a la que se adhirió el Partido Mexicano Socialista cuando Heberto Castillo declinó en su favor. Gracias a este hecho coyuntural y a la fuerza acumulada en el pasado, las elecciones de 1988 cimbraron a lo largo y a lo ancho todo el sistema político.
La izquierda mostró que estaba ahí para gobernar y no sólo para resistir. Se había roto virtualmente aquella frase de don Jesús Reyes Heroles: “Lo que resiste apoya”, implícita en la fórmula de la reforma política de 1977.
A partir de 1988, Carlos Salinas encabezó un cambio económico y político del Estado que metió el acelerador para modernizar la economía y reducir la influencia del sector público en ella. Además, trató de levantar la bandera del “liberalismo social” como divisa para renovar al partido en el poder. Si bien consiguió una privatización económica sin precedentes, su segundo objetivo se hizo añicos con el levantamiento zapatista en Chiapas y con la bala que mató a Colosio y neutralizó su proyecto de mantenerse como hombre fuerte en el sistema político. Fracasó, así, el intento de restaurar al PRI como partido dominante.
Puestos ya sobre la mesa los elementos para un nuevo paradigma político, no fue sino hasta que sobrevino la peor crisis económica del México contemporáneo cuando se llegó a los acuerdos que hicieron factible la alternancia en el poder. El año 1996 representa una ruptura con la doctrina de la reforma de 1977. Al dar plena autonomía al órgano electoral, jurisdicción completa al tribunal en la materia, y eliminar la cláusula de gobernabilidad, se dio paso a la alternancia en el poder.
Desde entonces, la pluralidad política ofreció a los ciudadanos el poder real para poner y quitar a las autoridades electas. Así armados, cambiaron el mapa político de México. El año 2000 constituye un momento culminante: mientras que el PAN gana la Presidencia, el PRD se confirma en la plaza mayor de la política nacional, el Distrito Federal.
Pero también se llega entonces a una situación paradójica. Izquierda y derecha, al tomar las riendas del poder político en los diferentes espacios conquistados en las urnas, descubren que el sistema de gobierno está hecho para ejercer el poder autoritariamente. La arbitrariedad, el secreto, la corrupción, la componenda tras bambalinas, la ausencia de mecanismos para el acuerdo entre poderes y niveles de gobierno ofrecen un doble y contradictorio reto: mantenerse en el poder y democratizarlo. Ni izquierda ni derecha pasaron la prueba de ácido de la consolidación democrática, ambas corrientes políticas optaron por mantenerse en el poder y ejercerlo casi intacto, como lo heredaron del priato.
Se detuvo así la reforma institucional que inició en 1996. Una vez llegados a los pasillos de palacios, cabildos y legislaturas, se trocó la brújula democrática por el seguro autoritario.
En este contexto, la izquierda, y en particular los grupos decisivos en el PRD, sustituyó el aliento de cambiar políticas e instituciones por una utopía regresiva: un proyecto “alternativo” de nación. Cuando el voto no les dio la razón, Andrés Manuel López Obrador pronunció la inolvidable frase “al diablo con sus instituciones”. Las mismas instituciones que el PRD contribuyó a crear y las mismas reglas del juego con las que aceptó jugar.
Desde entonces, la pugna interna en el PRD no es solamente entre facciones por mantener o hacerse del control del partido. Es también una lucha por patear el tablero o quedarse en el terreno de juego con los desafíos que éste implica.
El mayor de ellos es reafirmar la vocación democrática original; recoger la brújula olvidada en los salones del poder, porque conlleva una autocrítica que hasta ahora sigue pendiente. Compromiso con la consolidación de la democracia, que es impensable sin hacerse cargo de la reforma de las instituciones del sistema de gobierno: municipio, legislaturas, Congreso, Presidencia, Justicia.
La ciudadanía no va a renunciar a su avance en el control de la política para entregarlo a una vanguardia iluminada. Al contrario, quiere más. Para ello necesita que los partidos que aspiran genuinamente a representarla le den la centralidad del soberano. No hay nada más lejano a esto que “mandarla al diablo”, con todo y sus instituciones.
No hay duda, se requiere una izquierda para la democracia. La ansiedad que embarga a muchos es si la vamos a perder por largo tiempo.
Fuente: Francisco Valdés Ugalde
Para pensar un poco...
- No, francamente no hay nada que pensar el PRD ha sido claro, o el PRD burgues, no van a acatar la voz del Presidente Legítimo, es una pena, pero bien, sigamos luchando como ciudadanos.
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